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El milenio

10 años conectando Sierras Chicas

Más que un pura sangre

Martín Quevedo lleva más de treinta años vinculado con el Polo. En su recorrido pasó desde el deporte amateur hasta los torneos profesionales, conociendo Europa y Norteamérica, a galope de los mejores caballos de mundo.


Por Ignacio Parisi | ignacioparisi@elmilenio.info

Colaboradores: Daniel Calvo y Jorge Burton. 4°A IMVA


Pocos deportes en el mundo se presentan ante condiciones tan particulares como el polo. Esta disciplina que llegó a nuestro país de la mano de los ingleses en el siglo XIX, fue explotada al máximo en el suelo argentino. Tal es así que Argentina lleva tiempo siendo la máxima potencia del polo mundial.

Se trata por supuesto de un deporte de elite, cuyos orígenes se dispersan en unos pocos registros históricos, que lo ubican hace más de dos mil años, en Asia Central. Si bien en la actualidad su práctica es exclusivamente deportiva, los comienzos del polo parecen estar vinculados con el entrenamiento de los más sofisticados guerreros de antaño.

Los ejércitos, a lo largo de la historia, han utilizado a los caballos como fuerza de choque, y el polo aparece como una de las variantes más utilizadas en la antigua Persia, con el objetivo de entrenar a las unidades de caballería. Hoy en día, no conserva la guerra como fin, pero sí la asociación directa con la nobleza, la clase alta y la milicia.

El juego se extendió con el paso del tiempo hacia toda Asia, parte de Europa, y algunos países al sur de África. Sudamérica, lejos de ser la excepción, generó un gran folklore en el polo, y en poco más de un siglo se constituyó como un deporte tradicional en países como Paraguay, Chile, y por supuesto, Argentina, con algunos de los torneos más importantes que puedan existir, incluyendo el gran Abierto de Palermo.

“El polo es un ambiente familiar, muchos lo practican por ese lado también. Los entrenamientos de los sábados son los más lindos, porque van los parientes, los amigos, y se toman unos mates”, cuenta Martín Quevedo.

El Milenio: ¿Cómo empezó tu relación con los caballos?

Martín Quevedo: Mi relación con los caballos arrancó cuando yo era chico, porque mi papá era militar, me prestaban siempre caballos y teníamos un poni. Cuando no quería comer me subían arriba del poni, ya que esa era la única forma de que comiera.

A los treces años fue cuando comencé a andar realmente a caballo, en parte gracias a mi hermano. Él empezó a jugar al polo, y yo lo acompañaba, hasta que un día vino cansado y me dijo, ‘¿querés jugar vos?’.  En ese momento le contesté que no sabría qué hacer en la cancha, a lo que me respondió, ‘vos entrá y seguí la pelota’. Apenas la toqué, por primera vez, supe que eso era lo mío. Por suerte toda mi vida tuve caballo, gracias a mi padre.

EM: ¿Cómo es esto de entrenar con el caballo? ¿Qué vínculo se genera?

MQ: Es un vínculo importantísimo el que uno entabla con el caballo. Principalmente hay que darle a la montura un estado físico, siempre se lo hace alternar: caminata y trote durante espacios de quince minutos, y su trabajo, en lo que refiere a lo atlético, es más importante que el del jinete. Nosotros solo golpeamos la pelota.

EM: ¿En dónde radica el hecho de que Argentina sea semejante potencia en el polo mundial, teniendo en cuenta que en nuestro país es un deporte amateur?

MQ: Yo creo que el polo puede venir más por tradición. En otros países, por las características mismas del lugar, cuesta mucho criar y cuidar un caballo. El espacio tiene mucho que ver, y acá en Argentina hay muchas familias de polo, y muchos campos grandes, en los cuales el caballo  puede crecer.

EM: ¿Tuviste que practicar equitación para jugar al polo?

MQ: En mi caso no. Mucha gente empieza a jugar al polo sin practicar equitación previamente. Lo que sí, es clave, es saber relacionarse con el caballo, y aprender a sentirse cómodo arriba de cualquier montura. Nosotros en un solo partido podemos llegar a usar hasta seis caballos, y en el alto hándicap se usan muchos más. Esto sirve para mejorar el rendimiento del animal.

EM: ¿Cuál es tu relación con el polo en este momento?

MQ: Hoy en día estoy dando clases de polo en frente de Las Corzuelas. Se llama Equitanía la academia, y hace poco que la he abierto. Juego tres veces a la semana, practico, y participo en algún torneo. Siempre voy a estar vinculado, el polo es mi pasión.

EM: Jugaste en equipos de polo en el exterior. ¿De qué manera funcionan?

MQ: Sí, he jugado en Alemania. Allá funciona así: Un particular, te reúne a vos y a otros polistas para armar su equipo. Esa misma persona te paga, y te inscribe en un torneo. Es como un trabajo, y muchas veces se pueden encontrar las ofertas en internet. Los torneos generalmente no duran más que un fin de semana. Jugás viernes, sábado, y el domingo la final. Otra cuestión importante es que se pueden llegar a jugar hasta diez partidos por día.

EM: ¿Aquí también se da esa dinámica de mucha competencia?

MQ: Sí, ahora justamente comienza la segunda temporada en septiembre, y ahí están todos los torneos de los clubes más importantes.

EM: ¿Entre los que practican polo, van incorporando de a poco a sus hijos en la tradición?

MQ: Sí, el polo es un ambiente familiar, muchos lo practican por ese lado también. Los entrenamientos de los sábados son los más lindos porque van los parientes, los amigos, y se toman unos mates. Mi familia cuando era chico me acompañaba muchísimo, y ahora los que me acompañan son mis hijos. Sacarlos a dar una vuelta en el caballo para mí es algo muy lindo.

EM: ¿Se te lesiónó algún caballo durante un partido? ¿Suele ocurrir?

MQ: Sí, ocurre. Yo tuve mucha suerte y solamente una yegua se me lesionó, por negligencia mía. Ella no estaba en estado, la cancha estaba muy dura, y yo era un joven inexperto de 17 años. No tenía en ese momento los conocimientos precisos sobre qué podía pasar en esas condiciones. Así que nos largamos a correr, el terreno era muy duro y la yegua se rompió un tendón de la pata. Volvió a jugar más tarde, pero ya no era lo mismo. Fue una de las mejores yeguas que tuve en mi vida.

EM: ¿Qué te llevas del polo?

MQ: Entre las mejores experiencias que me ha brindado el polo están los viajes. Pude conocer Irlanda, vivir en Estados Unidos cuatro años, y volver a Alemania, donde viví un par de años en mi niñez por el trabajo de mi padre como militar. La verdad es que cuesta generarse un lugar, que te den un caballo, y sepan que realmente podés cuidarlo, no cualquiera se sube a un caballo de polo. Yo la verdad tuve mucha suerte, y la oportunidad de compartir prácticas con jugadores magníficos, de muy alto hándicap. Creo que eso también queda entre los momentos más lindos que el polo me permitió vivir.

Otra experiencia inolvidable para mí, fue tener de maestro, aunque sea por unas horas a Gastón Dorignac, una eminencia del polo mundial, un tipo que ganó más de veinte veces el Abierto de Palermo. Es como jugar con Messi.

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