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Myriam Stefford: ochenta años de misterio

La muerte de la intrépida aviadora suizo-argentina en 1931 conmovió a la opinión pública y siguió resonando en los oídos de los argentinos por más de 80 años. Pero lo que la historia oficial rotuló como un accidente, para la historiadora aeronáutica Carina Villafañe, fue un asesinato. 

  • Por Lucía Argüello | luciaarguello@elmilenio.info

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La historia de amor, locura y muerte que rodea al personaje de Myriam Stefford y su marido, Raúl Barón Biza, es una de las más populares del imaginario cordobés. Ella, joven, hermosa e intrépida. Él, millonario, excéntrico y polémico. Se conocieron en Europa y se casaron. Pronto comenzaron a compartir el gusto por la aviación que el 26 de agosto de 1931 llevaría a Stefford a la muerte y en cuyo honor su marido construyó “El Ala” de Alta Gracia, un monumento más alto que el Obelisco donde actualmente descansan los restos de la joven aviadora.

Hasta ahí, todo parece el relato de una gran pasión que termina en tragedia, pero una investigación reciente ha tejido un manto de dudas en torno al supuesto accidente que mató a Myriam y a su instructor de vuelo, Ludwig Fusch, mientras intentaban completar “el raid de las 14 provincias”. Así lo revela el documental “Agosto final”, dirigido por Eduardo L. Sánchez.

A casi 86 años del fatídico episodio, El Milenio dialogó con Cariña Villafañe, historiadora aeronáutica cordobesa que ha seguido desde joven la pista de Myriam Stefford y que actualmente trabaja en el Área de Material Río Cuarto. Sus descubrimientos no sólo forman parte del documental que podrá verse estos días, sino que también están siendo actualmente investigados por la Justicia Federal en pos de descubrir la verdad sobre la muerte de la aviadora.

Del romance a la tragedia

Hija de padres italianos, Rosa Martha Rossi Hoffmann nació el 30 de octubre de 1905 en Berna, Suiza. Su gran belleza y simpatía natural la llevaron a dedicarse a la actuación bajo el seudónimo de Myriam Stefford, primero en los teatros y luego en varias películas alemanas del estudio UFA.

En 1928, a los 23 años, conoció en Venecia al argentino Raúl Barón Biza. Nacido el 4 de noviembre de 1899 en Villa María, Barón Biza era un político y escritor millonario cuyas opiniones y escritos solían suscitar polémica y que, a medio siglo de su muerte, sigue envuelto en una bruma de misterio y escándalo. Tras un romance de película, se casaron el 28 de agosto de 1930 con una fastuosa ceremonia en la basílica de San Marcos, en Venecia.

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Myriam Stefford y Raúl Barón Biza, una pareja de película.

Después de vivir algún tiempo en Europa, la pareja se afincó en Argentina, alternando la residencia porteña con la estancia familiar de los Barón Biza, “Los Cerrillos” (rebautizada “Myriam Stefford”), situada en Alta Gracia. La joven dejó la actuación a pedido de su esposo, pero comenzó a cultivar otra pasión: la aviación.

Con la ayuda de su instructor de vuelo, Ludwig Wilhelm Fuchs, ingeniero aeronáutico y piloto alemán destacado de la Primera Guerra Mundial, Myriam Stefford consiguió su brevet de piloto en tiempo récord y decidió lanzarse a recorrer las 14 capitales provinciales de aquel entonces en lo que se denominó “El raid de las 14 provincias”. Iba a ser la primera mujer en Sudamérica en completar tal proeza.

El avión era un pequeño monoplano biplaza alemán modelo BFW M-23b con motor de 80 caballos de fuerza construido con madera de pino al que Myriam había bautizado “Chingolo”. “Yo confío en mi Chingolo, que sabrá comportarse como un águila, a pesar de sus pequeñas proporciones”, había declarado al diario La Razón el día antes de partir.

El 18 de agosto de 1931, Stefford y Fuchs despegaron del autódromo de Morón. Querían completar el raid de 4100 kilómetros en cuatro días. La primera etapa concluyó esa misma tarde cuando llegaron a Corrientes. Al día siguiente, viajaron a Santiago del Estero y, en la tercera etapa, a Jujuy. Sin embargo, al aterrizar chocaron contra un alambrado que destruyó parcialmente el avión. En su determinación, Myriam aceptó una aeronave similar que otro piloto les ofreció para continuar y desde allí volaron a Salta, Tucumán y La Rioja.

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El 26 de agosto de 1931 partieron hacia San Juan, pero mientras sobrevolaban el paraje semidesértico de Marayes en el rebautizado Chingolo II, lo que hasta ahora siempre se consideró un accidente aéreo, terminó con la vida de ambos. Myriam no llegó a cumplir los 26. Se escucharon rumores de sabotaje, pero las pesquisas no avanzaron y el caso murió ahí.

En el lugar, un monolito instalado por Barón Biza reza: “Un buen morir honra toda una vida”. El viudo no se conformaría con este pequeño gesto y, en 1935, mandó a construir el inmenso mausoleo que se levanta como una flecha gris sobre la ruta que une Córdoba con Alta Gracia y que es popularmente conocido como “El Ala”.

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Monolito en honor a Myriam Stefford en el sitio de Marayes donde murió.

El origen

Durante mucho tiempo, la idea de que Myriam Stefford había muerto en un accidente de aeronave fue algo que nadie cuestionó, y aunque en su momento algunas personas dudaron, nunca se probó nada. Sin embargo, una investigación reciente expone una serie de elementos sospechosos en torno al fallecimiento de la aviadora suizo-argentina.

Se trata del trabajo llevado a cabo por Carina Villafañe junto al Suboficial Mayor Luis Eduardo Médici, gran pionero, instructor y piloto de la Fuerza Aérea Argentina, miembro de la Junta de Investigación de Aviación Civil y fundador de la Junta de Accidentes, en torno a cuya figura se centra el documental “El precio de la lealtad” (también dirigido por Eduardo L. Sánchez).

Una investigación que, además, marcó el ingreso de Villafañe al campo de la historia aeronáutica.

El Milenio: ¿Cómo te convertiste en historiadora aeronáutica?

Carina Villafañe: Mientras estaba en el secundario, con mi hermana hicimos una investigación de Luis Roberto Altamira con la cual ganamos el primer premio en un concurso de jóvenes historiadores de Córdoba. En ese entonces, el director del concurso, el licenciado Armando Duarte, me dijo que, si yo quería continuar el mundo de la historia, y ya que me interesaba la aviación, que había dos personalidades sobre las que no se había escrito casi nada: Carola Lorenzini y Myriam Stefford. Yo no sabía ni quién era una ni quién era otra. Elegí a Myriam Stefford porque me atrajo más el nombre.

En 1992, después de hacer dos años de abogacía y estando trabajando en la parte de prensa del Colegio Alemán, me entero que el diario La Nación lanzaba un certamen para jóvenes periodistas o investigadores que estuviesen interesados en escribir sobre algún tema en particular entonces decido, por consejo del licenciado Duarte, escribir sobre Myriam Stefford.

Voy al archivo del diario La Voz del Interior y me encuentro con las cuatro fotos del accidente, en las que se ven los restos del avión y sus cuerpos. Me conecto con la Escuela de Aviación Militar y conozco al Suboficial Mayor Médici. Al ver las fotos, él (habiendo peritado muchos accidentes aéreos) nota algunas incongruencias con la historia oficial que dan pie a una larga investigación. En ese momento, con 22 años, para mí era nada más que un certamen, pero me encontré con lo que no tenía que ver y eso cambió todo.

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En 1996 presentamos la investigación titulada “El raid de las 14 provincias” en un congreso internacional de historia aeronáutica organizado en Chile, donde fue evaluada por los peritos e investigadores. A partir de ahí empiezo a formar parte de la Federación Internacional de Estudios Históricos Aeronáuticos y Espaciales y, tiempo después, del Instituto de Investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile, del Instituto de Historia Aeronáutica de Bolivia y, por último, del Bayerische Flugzeug Historiker de Alemania. Con su apoyo, la investigación continuó durante muchos años más.

Que parezca un accidente

A medida que Villafañe y Médici avanzaban en su indagación sobre las circunstancias que rodeaban la muerte de Myriam Stefford, más elementos los hacían sospechar que no se había tratado de un accidente.

EM: ¿Cómo fue la investigación y qué descubrieron en ella?

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CV: El Suboficial Médici inicia la investigación y empezamos a viajar a Marayes, una localidad en medio del desierto sanjuanino a tres kilómetros de donde murieron Myriam Stefford y Ludwig Fuchs. Marayes es un lugar bastante desolado e inaccesible, por suerte tuvimos un gran apoyo de los pobladores de la zona, si no, hubiera sido imposible.

Comparando las fotos y el lugar nos damos cuenta de varias cosas. Primero, el accidente ocurre cerca de las 9:00 y, por la sombra del fotógrafo que se observa en una de las imágenes, las fotografías fueron tomadas a las 10:30, aunque la policía recién arribó al lugar cerca de las 14:00. Es un sitio remoto, ningún poblador de Marayes podría haber llegado en tan poco tiempo. Aparte la primera cámara de la que se tiene conocimiento en la localidad apareció recién un año más tarde y en la sombra que aparece en la foto se ve una persona de saco y sombrero, que no es una indumentaria propia del lugar.

Entonces la pregunta es: ¿quién sacó las fotos? Sólo pudo hacerlo alguien que estaba allí con anterioridad, que sabía lo que iba a suceder. Las imágenes se publican en el diario La Voz del Interior el 31 de agosto de 1931 y en el artículo aclara que no son fotos propias y no hay ninguna precisión sobre la fuente.

En segundo lugar, el avión era de madera y tela, como todos los de esa época, por lo cual si se hubiese estrellado y prendido fuego, como se dijo, no debería verse la cola y otras partes íntegras, como aparecen en las fotografías, ya que se hubieran consumido; al igual que el pelo de ambos, que no obstante se aprecia en la imagen. Además, otro detalle llamativo es que Myriam y Fuchs están vestidos de civil y no con el traje específico para volar.

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En el 2001, la policía peritó estas fotos y un oficial me aconsejó que hiciera la denuncia en la fiscalía porque él veía impactos de bala en el rostro de ambos. Los cuerpos estaban destrozados y repartidos por el sitio, según nos contó un testigo presencial del hecho hace veinte años. Hay más explicaciones técnicas, pero no se puede revelar mucho por el secreto de sumario. Hoy en día hay una investigación en la fiscalía con fecha de entrada el 7 de marzo del 2015 donde los peritos están trabajando para saber qué pasó realmente.

EM: ¿Y cuál es su teoría?

CV: Para Médici, la destrucción se produjo de forma manual, fue un accidente aéreo simulado. Ellos tenían previsto parar en Marayes, entonces la teoría es que aterrizan y luego alguien termina con sus vidas. Nadie sabe cómo llegan a ese estado, hay algo muy macabro en todo esto. Yo estoy convencida que Myriam Stefford y Ludwig Fuchs fueron brutalmente asesinados. Sobre el cómo hay varias suposiciones que se confirmarán o no con la pericia judicial.

EM: ¿Cuál es tu conclusión tras tantos años de investigación?

CV: Primero, que hubo un gran silencio. Todos los medios del momento dijeron al mundo que había sido un accidente y eso nunca se cuestionó realmente, nunca se investigó. ¿El error cuál fue? Publicar las fotos, porque sobre esas pruebas trabaja el fiscal actualmente.

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Segundo, que ella fue una gran aviadora. Es muy difícil volar, más en esa época, con esos aviones, y se necesita gran valor para hacerlo. En el imaginario popular se instaló que ella no era buen piloto y por eso se accidentó, cuando en realidad la aeronave era de doble comando, o sea que manejaba Fuchs también, un piloto de primera clase que es quien tenía el salvoconducto (permiso legal) para realizar el raid.

Amores que matan

Aunque nunca se probó nada, desde el momento de la tragedia de Myriam Stefford, las miradas apuntaron a su controvertido y poderoso marido. “Lo que se dice es que ella y Fuchs tuvieron una relación sentimental y Barón Biza montó en cólera. Y su cólera era muy peligrosa, como demostraron los hechos posteriores”, señaló Villafañe, refiriéndose a los sucesos que marcaron la historia del hombre después de la muerte de su esposa.

Myriam Stefford y Raúl Barón Biza.
Myriam Stefford y Raúl Barón Biza.

Su vida siguió entre la agitación política y literaria y, en 1935, se casó con Rosa Clotilde Sabattini, la hija del ex gobernador provincial Amadeo Sabattini, quien sólo tenía 17 años. En 1963 se separaron. Mientras firmaban los papeles, en presencia de los abogados, Barón Biza arrojó ácido sulfúrico al rostro de su segunda esposa, produciéndole gravísimas quemaduras y dando pie a uno de los escándalos más memorables de la historia cordobesa y argentina. “Eso te da una idea de hasta dónde él era capaz de llegar. Con su poder y dinero, no tenía límites”, dijo la historiadora aeronáutica.

Al poco tiempo, el 17 de agosto de 1964, Raúl Barón Biza se suicidó. Años después, su ex esposa y dos de sus hijos sufrirían el mismo destino (uno de ellos, Jorge, lo hizo saltando desde el piso 12 de un edificio de Nueva Córdoba, tras dedicar su vida a la literatura y al periodismo). Hoy, los restos del controvertido millonario descansan bajo un olivo sin lápida o identificación alguna, a pocos metros del lugar donde yace Myriam Stefford y su monumental ala.

“Myriam Stefford era una posesión para él, una muñequita, la colmaba de regalos costosísimos, le pagaba todo. Hoy en día hay muchos Barón Biza, como supo decir el historiador cordobés Efrain Bischoff. Con todo lo que vivimos actualmente, esta historia deja un mensaje muy importante para la juventud y las próximas generaciones, de saber decir que no”, apuntó Villafañe refiriéndose a la cruzada contemporánea contra la violencia hacia la mujer.

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En búsqueda de la igualdad

Para Carina Villafañe, la lucha por la igualdad y el reconocimiento de las mujeres no es algo ajeno. “La realidad es que el campo aeronáutico es muy duro. Es un área casi exclusivamente masculina y muy militarizada donde hay una gran subestimación hacia la mujer, como que si no sos hombre, no tenés nada que decir o hacer ahí. Me ha tocado enfrentar eso en muchas ocasiones”, contó la historiadora, que actualmente trabaja en el Área de Material Río Cuarto, una de las bases de la Fuerza Aérea Argentina, en la restauración de un avión alemán que llegó a la Argentina en 1938, el Junkers JU 52 4043.

“El proyecto estuvo frenado un año porque un superior del área no creía que yo pudiera hablar alemán y me dijo en la cara que él quería un hombre. Hay una gran desestimación hacia los conocimientos y capacidades de las mujeres. Y, aunque estamos en democracia, hay ciertas cosas de las que no se habla, hasta que viene un hecho de violencia y ahí sí aparece en todos lados”, continuó la historiadora.

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Carina Villafañe junto a algunos documentos de su investigación.

Nuevamente, el ejemplo de la vida de Myriam Stefford parece ser un reflejo atemporal de la realidad actual. “Ella era una gran aviadora en una época en que las mujeres no podían hacer esas cosas, pero el mundo aeronáutico nunca le dio el reconocimiento que merecía. Con el paso de los años, se la despreció por su belleza. Ella era una muñeca y, por ende, manejaba mal. Muchos la han tomado por poco más que una chica de la calle a quien le pagaron los cursos de aviación y se le dio por volar. Es exactamente lo mismo que ocurre ahora, 80 años después, con la violencia de género. Por eso es importante que las nuevas generaciones aprendan a respetar el trabajo femenino”, concluyó Villafañe.

En la pantalla grande

“Agosto final” es un documental dirigido por Eduardo Luis Sánchez y producido por Pepe Tobal que bucea entre los mitos y leyendas que rodean a la novelesca pareja de Myriam Stefford y Raúl Barón Biza. Filmado con apoyo del INCAA y de la Secretaría de Cultura de la provincia, se estrenó en octubre del año pasado y se proyectará durante el viernes, sábado y domingo en el Cine Teatro Municipal Rivadavia de Unquillo.

El film cuenta con la particularidad de que el director es nieto de Annie Schramme, la novia de Ludwig Fuchs, quien además siguió trabajando con Barón Biza tras la tragedia que se llevó a su prometido. Así, la película se convierte en una búsqueda histórica y personal en clave de thriller que en muchos momentos parece convertirse en una investigación policial.

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EM: ¿Cómo desembocó tu investigación en “Agosto final”?

CV: En el 2007, Eduardo Sánchez me contacta porque él también estaba investigando sobre Myriam Stefford. Después se une Pepe Tobal como productor y trabajamos juntos casi diez años. La película aborda una parte de la investigación que hicimos Médici y yo, no toda. También incluye trabajos de otros investigadores e historiadores.

EM: ¿Ustedes contactaron con los familiares vivos de Myriam Stefford?

CV: Sí, la embajada de Suiza los localiza y en 1997 ellos vienen a Buenos Aires, en silencio y sin prensa. Ellos aceptaron la idea de que podría haber sido un asesinato y querían saber más. En su momento se planteó la idea de hacer un documental suizo, pero finalmente no se realizó.

EM: ¿Cómo ha sido la reacción del público hasta ahora?

CV: En Córdoba tuvo una respuesta muy buena de la gente. Hace poco la pasaron en San Juan y pronto se presentará en Buenos Aires también. Es una película que se hizo con mucho esfuerzo y con un valor histórico que no siempre se da en el cine. Creo que lo más importante es que se instala la duda con respecto al accidente y se revela toda una cuestión familiar compleja en torno a Barón Biza y ella.


El diamante maldito

Raúl Barón Biza era una persona que no escatimaba en lujos y excentricidades. Para celebrar su compromiso, le regaló a su esposa el anillo Cruz del Sur, que llevaba engarzado un diamante de 45 quilates. Pero se dice que la piedra preciosa estaba maldita y cargaba con una larga y fatal historia que el escritor y amigo de Barón Biza, Segundo Gauna, publicó en la revista Caras y Caretas en 1932.

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Myriam Stefford luce su diamante de 45 quilates “Cruz del Sur”.

Según cuenta, su primer dueño fue un esclavo que, al encontrarlo dentro de una mina en África, se abrió el vientre para esconderlo y poder comprar su boleto a la libertad. Sin embargo, acabó con una infección que lo llevó a la muerte. Cuando examinaron el cuerpo, oh sorpresa, encontraron la gema. Terminó con un joyero apellidado Brown, que fue asaltado en su negocio y murió asesinado.

De allí pasó a manos de Zulma, una de las mujeres del harén del Rey de Indore (India), que apareció ahogada en uno de los estanques del palacio. La nueva propietaria fue una bailarina estadounidense apodada Miss Ketty, quien apenas regresó a Nueva York, fue asesinada por su esposo. La siguiente fue una condesa europea quien, arruinada en la mesa de juego, se suicidó en un casino de Montecarlo.

La última en usar el anillo del diamante maldito fue Myriam Stefford y la leyenda popular dice que hoy se esconde junto al resto de sus joyas bajo su sepulcro en Alta Gracia, custodiado por explosivos y seis metros de hormigón.


Una tumba faraónica

La llamada “Ala” de Alta Gracia es uno de los íconos más populares del paisaje cordobés. Se encuentra dentro de los antiguos terrenos de la estancia de Raúl Barón Biza, por donde hoy pasa la ruta provincial N° 5. La construcción del gigantesco mausoleo de hormigón estuvo a cargo del ingeniero Fausto Newton y cien obreros polacos. Fue inaugurado el 30 de agosto de 1936 con una gran fiesta.

Se trata de una tumba faraónica: tiene 82 metros de altura (14 más que el Obelisco) y 15 metros de cimentación. En su cripta, tras 402 escalones, se encuentran los restos de Myriam Stefford. Hasta hace un tiempo, el casco de la aviadora, el timón de la nave y su reloj de vuelo descansaban en una pequeña vitrina, junto a fotos de la joven.

En el sepulcro, una placa reza: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas” y otra, menos amable, dice: “Maldito sea el que profane esta tumba”. Curiosamente, se comenta que en realidad la forma del monolito no pretende ser un ala, sino que remite a un jeroglífico egipcio que simboliza la eternidad.

Durante muchos años, el mausoleo estuvo abierto al público (muchos recordarán la tortuosa escalera que llevaba hasta la cima), pero al fallecer su cuidador, el vandalismo de la gente y un suicidio obligaron a cerrarlo definitivamente. Hoy el sitio es objeto de debates judiciales e intentos de expropiación, mientras languidece en manos del abandono, la tumba de un misterio sin develar.

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