Pedro Bedmar encontró el Edén

Pedro Bedmar es director de cine y vecino de Mendiolaza. Con siete producciones audiovisuales ya en hombro, y con el honor de haber dirigido a Miguel Iriarte con apenas dieciséis años, tiene como referentes a Lisandro Alonso y Lucrecia Martel. El cineasta le dijo a El Milenio: “Encontrar el Cine Club Municipal fue como encontrar el Edén: una institución donde no existían normas estrictas, solo arte cinematográfico”.

Por Mirco Sartore | mircosartore@elmilenio.info

El cineasta intimo con El Milenio.

El Milenio: ¿Cómo empezó tu amor por el cine? Sabemos que desde los quince años ya asistías a diversos talleres relacionados con la producción cinematográfica.

Pedro Bedmar: Empezó a los doce, trece años. Una vez a la semana, mi padre, con los vecinos del frente, realizaba reuniones gastronómicas, que, en esa época, siempre terminaban con todos viendo un film de culto. Resulta que películas como The Wall, escrita por Roger Waters y dirigida por Alan Parker; La naranja mecánica de Kubrick; Birdy, también de Parker, entre muchas otras, son las primeras que  aparecen cuando intento recordar que películas vi de chico. La cuestión es que, más allá del impacto que generan The Wall o La naranja mecánica en un pre-adolescente, se me abrieron con ellas las puertas a un arte complejo, un arte que moviliza emociones.

La combinación de emoción y liberación se convirtió en amor y pasión. En ese estado,  encontrar el Cineclub Municipal fue como encontrar el Edén: una institución donde no existían normas estrictas, solo arte cinematográfico. Estaba Daniel Salzano como director del mismo e, inspirado por la cinemateca francesa,  quiso tener la mayor cantidad de películas posibles en la videoteca para que los interesados pudiésemos recorrer laberintos infinitos. En esos caminos, fue que a temprana edad conocí los lenguajes profundos del Arte y Antropología que se encontraban en el cine de Werner Herzog, por ejemplo. Descubrí el dinamismo, la Revolución, la Belleza, la Cultura y Filosofía en Jean Luc Godard, la emoción y pasión en Francois Truffaut; entre tantos otros. La cuestión es que cada película que veía, cada paso hacia adelante, era acercarme más hacia la luz y un paso más lejos del fin de la caverna (si nos remitimos al concepto de Platón).

EM: Ingresaste en el sistema académico de la UNC para estudiar cine, pero te decepcionaste de la metodología educativa y te fuiste. ¿Puedes contarnos más sobre eso? ¿En qué crees que debería mejorar la Escuela de Cine y TV de la UNC?

PM: Básicamente, me sentía como un pájaro enjaulado. Había estructuras que sentía como límites. Esto, claro, es una mirada personal. Tuve una experiencia con la facultad  previa a terminar el colegio secundario. Antes de terminarlo, cursaba dos materias de Cine: Fotografía e Historia del Cine y una de Bellas Artes, que era Historia del Arte.  Además estuve en múltiples curso de cine y teatro.

En resumen: tenía conocimientos y una base práctica que había puesto en práctica desde antes de entrar a la academia, puesto que había realizado dos cortos uno como guionista y otro como director. Es último fue  Al rojo vivo, donde tuve la oportunidad de dirigir a Miguel Iriarte.

En la escuela de Cine los problemas académicos eran muchos. La historia argentina de las décadas   del 70, 80 y 90 dejaron sus sombras en la realización audiovisual y, sobre todo, en la educación de la misma. Cuando curse, hace más de diez años atrás, la frustración estaba latente en varias cátedras. Por otro lado, la orientación de materias troncales, como es Guión Cinematográfico,   estaban direccionadas de una forma que para mi punto de vista era errada, ya  que se apuntaba a construir estructuras narrativas  de acuerdo al modelo norteamericano.

Por otro lado, el cine es un arte joven y no se lo debe encuadrar como una ciencia exacta. En algunas materias, que tienen base en la química, la física o la matemática como es la Técnica Fotográfica o el Sonido, es entendible, pero en materias como Guión, Producción o Realización se debe dar lugar a la experimentación.

Creo que es importante que se apueste más a la práctica, con tiempos más relajados para las entregas  que deben realizar los alumnos y que exista una mayor integración entre las materias para las realizaciones. Actualmente,  desconozco las nuevas reformas que ha tenido Cine y TV, pero sé que a nivel infraestructura y presupuesto ha mejorado la situación, ya que la Escuela de Artes pasó a ser una Facultad. Además, tengo entendido que ha tenido lugar un recambio en los titulares de varias cátedras.

Creo que lo mejor que se puede hacer es romper moldes, hacer lenguajes propios. Los nuevos buenos aportes que podría hacer la Escuela de Cine y Tv es apoyar la distribución local y nacional, renovar equipamiento, generar más congresos internacionales, apuntar a una construcción de contenido y metodologías de examen que se abran de vez en cuando a la opinión y participación de los alumnos. La  mirada de los alumnos puede enriquecer mucho la metodología actual.

EM: Tienes seis producciones audiovisuales en donde trabajaste de director: Al rojo vivo, El baño, Nube Negra, Consuelo, Ocaso del deseo y tu primer largometraje: Amor Naranja. ¿Nos puedes contar como fue la realización de cada uno? ¿En qué se diferencia hacer un largometraje de la hechura de un mediometraje o un corto?

PM: Ahora salió uno nuevo, que es el cortometraje 7 ½ . También como director he realizado varios videoclips y algunas instalaciones artísticas donde el video era base de las mismas. Con respecto a los que mencionas, dirigí  Al rojo vivo con dieciséis años por medio de un taller de realización llamado Cortos de Genios. Los compañeros del taller me seleccionaron como director, un trabajo simple,  donde lo que más me gusto fue dirigir a Miguel Iriarte. El baño fue un trabajo que nació para el cursillo de la Escuela de Cine y TV: nos lo tomamos con mucho entusiasmo y mucho trabajo técnico,  pero con poco tiempo.  Fue una experiencia interesante por el uso de croma (la pantalla verde)  y combinación de vídeo con dibujos de quién ahora es mi mujer: Lucía Contato.

Nube Negra, Consuelo y Ocaso del Deseo fueron otro cantar: algo más serio y con una especie de sello propio. Nubenegra lo hice con un gran amigo mío, Diego Díaz, y fue un trabajo poético con un marco de ensueños en las Salinas Grandes de Córdoba, locación que tiene en común con Consuelo y Ocaso del Deseo. Consuelo fue un trabajo muy largo de hacer y rehacer hasta dejarlo a gusto y lo hice también de muy joven, sólo con 19 años de edad. Había muchos actores implicados y muchas locaciones, con danza, con jóvenes de capacidades especiales, músicas originales complejas de Adrian Guevara y Simona Martínez…Fue un trabajo muy personal, de características surrealistas que en el fondo revelan y ayudan a liberar cuestiones de mi constelación familiar.

Ocaso del Deseo fue un trabajo muy poético, realizado íntegramente en la hostilidad de las salinas con un grupo humano hermoso y sólido. La realización de ese trabajo fue un ensueño que me dio mayor pasión por la construcción comunitaria de Cine-Arte.

Amor naranja es un largometraje de 82 minutos. Te soy sincero: realizarlo fue un parto, pero a la vez fue interesante. Era un trabajo de compromiso social,  puesto que trabajamos sobre la trata de personas y también un trabajo de compromiso con el Arte y no tanto con el comercio del cine. Hacer un largometraje es como hacer muchos cortos a la vez, la preparación mental es muy grande, la investigación es clave. Hacer un largometraje con muy poco dinero debe ser como remar en dulce de leche, pero una vez que lo logras es una gran, gran satisfacción.

Hoy por hoy,  para mí hacer un corto es algo relativamente simple, similar a hacer una poesía, pero hacer un largometraje es como escribir una novela y, en ambos casos, llevarlo a una realización audiovisual que no es solo cámara y sonido, sino también es vestuario, escenografía, búsqueda de locaciones, búsqueda de recursos, caracterización de personajes, habilitaciones municipales, bajadas de luz, iluminación, pensar un estilo de movimiento de cámara, postproducción de imagen y sonido y varias cosas más.

EM: ¿Cómo fue que llegaste a ser presidente de la Comisión de Jóvenes de la SALAC?

PM: Fue un poco de causalidad. Para los que no sepan que es SALAC , les comento que es la Sociedad Argentina de Letras, Artes y Ciencias. Fui presidente de la Comisión de Jóvenes por casi dos años., La cuestión es que me hice amigo de Anita, que es la mujer que estaba a cargo del lugar por aquella época. Me pasé tardes hablando con ella y leyendo libros de su antigua biblioteca. Un día,  quien era presidente de aquella época, cerca del 2011, me pidió que fuera presidente de la Juventud. Era una institución de larga data, con su sede central en Córdoba y con filiales en todo el país, pero la verdad que muy venida a menos de su gloria en los 60.

Cuando entré, ese espacio solo albergaba libros y encuentros de lectura de gente mayor. Con los jóvenes ayudamos a aclarar un poco el panorama y a renovar la institución,  pero duro poco.

EM: ¿Cuáles son tus influencias a la hora de dirigir?

PM: Llevo dirigiendo desde hace doce años: las influencias cambiaron con el paso del tiempo. Actualmente, mis grandes referentes son, en primer lugar, la naturaleza; en segundo lugar, el  conocimiento ancestral de pueblos americanos y también de los chinos y  en tercero,  el cuerpo.  Es necesario decir que el amor es la influencia más intensa que puede tener un humano, junto con la libre voluntad.

EM: ¿Qué cineastas argentinos te han influido?

PM: La verdad sea dicha, no muchos cineastas argentinos me influyeron. Sin embargo,  sí me ha movilizado la narrativa de Lisandro Alonso y algo de  lo que hicieron Leonardo Favio y Eliseo Subiela.

EM: ¿A qué cineastas argentinos de tu generación admiras?

PM: La verdad es que me considero joven, ya no llego a los treinta años y  los cineastas  que admiro son  diez, quince ó veinte años más grandes que yo. Entre ellos están Lisandro Alonso y Lucrecia Martel. Mis colegas son los profesionales a los más admiro: el director de fotografía y camarógrafo Diego Díaz, el sonidista y músico Gustavo Valerga, el actor Guiomar Peñafort…

EM: ¿Cómo es tu relación con Mendiolaza? ¿Has grabado en la zona?

PM: Sí, he filmado muchas tomas de mi último trabajo que es el cortometraje 7 ½, un trabajo donde la base es la naturaleza y el cuerpo humano en danza. Mi relación es de habitante, amo Mendiolaza. Particularmente, donde vivo, he preservado la naturaleza. En general, es una hermosa vecindad.

EM: ¿Qué consejo le darías a un joven cineasta que quiera empezar a hacer sus propias obras?

PM: Le diría que es importante hacer obras para trascender cuestiones internas propias, pero que es muy importante generar mensajes que finalmente sean un aporte a la comunidad.

La cuestión es, sobre todo, ser sincero: buscar el área que realmente te gusta adentro de la realización y darle para adelante contra viento y marea; que no abandone el camino aunque se tenga que ganar la vida de otra cosa.

EL MILENIO

[elmilenio.info] Sitio Web de Noticias – Director: Guillermo E. Risso – Propietario: Fundación Josefina Valli de Risso - Domicilio de la publicación: Crucero General Belgrano, b° Los Talitas – Unquillo – Tel: 03543 480349 [Copyright Ⓒ 2017 Fundación Josefina Valli de Risso]

ESTAMOS SEGUROS QUE TE VA A GUSTAR

Comentarios en Facebook

Conectate con Sierras Chicas
A %d blogueros les gusta esto: