26 septiembre, 2022

El Milenio

Noticias de Sierras Chicas

De lluvia en lluvia, de lucha en lucha

El lunes 15 de febrero, a un año de las inundaciones de Sierras Chicas, los miembros de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados marcharon hacia El Panal para recordar a las víctimas y seguir los reclamos.

El lunes 15 de febrero, a un año de las inundaciones de Sierras Chicas, los miembros de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados marcharon hacia El Panal para recordar a las víctimas y seguir los reclamos. 

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Por Mirco Sartore | periodico@elmilenio.info

 Lunes 15 de febrero. 17:50 horas. Un autobús rojo pálido y azul pasa por la estación Shell de Villa Allende. Tras él, van un grupo de diez autos y, más atrás, cerrando la marcha, otro autobús, éste de un blanco cremoso. Dentro de los vehículos van los miembros de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Sierras Chicas. Se dirigen hacía El Panal de Córdoba – Centro Cívico – para conmemorar el aniversario de las inundaciones, rendirle tributo a las víctimas, seguir la protesta y reclamar lo que se les debe a todos los vecinos de Sierras Chicas.

Después de las inundaciones se tejieron redes entre las distintas asambleas locales, y allá por marzo del 2015 surgió la nombrada asamblea general. Dentro del autobús blanco está Fernanda, vecina de Barrio Sarmiento de Río Ceballos, asambleísta, psicóloga y ambientalista, que admite: “Solos no podíamos, el aparato provincial es muy grande.”

17 personas ocupan el autobús blanco. En el fondo no hay nadie y los de adelante no charlan con nadie. Rosario, bajita y de ojos saltones, aún más saltones por sus gruesos anteojos, prepara un mate en un pocillo de metal con dos agarraderas que parecen orejas cuadradas. Es una infusión de yerba, manzanilla, boldo y menta. Es delicioso y cambia de manos con mucha rapidez.

Atrás, Adrián Flores, esposo de Gabriela, la coordinadora del grupo, bromea con Fernanda. Ronda los cuarenta y pico, es corpulento, tiene canas y una portentosa barba. Se parece al filósofo eslovaco Slavoj Zizek, sólo que habla claro y sin tics. Rosario prepara otro mate mientras gruesas gotas del termo se escapan y caen al suelo. Adrián se estira y consigue agarrarlo sobre la cabeza de Myriam, mientras ésta charla por teléfono.

Los asambleístas usan camisetas que dicen: “Si no hay justicia para el pueblo, no hay paz para el gobierno”. Pero, ¿qué hay de los otros responsables? Nos reunimos con Tagle-comenta Myriam-Nos dijo que no estaba desmontando. Que lo googleasemos. Como buen samaritano -dice con ironía- nos regaló ocho metros del terreno para ensanchar el río”.

A las seis y media llegan al Centro Cívico. Apenas se bajan son recibidos con aplausos de otros vecinos y las cámaras de los medios cordobeses. Las puertas del Panal se encuentran cerradas, con policías custodiando desde el otro lado. Ya hay otros asambleístas circulando, miembros de medios serranos y provinciales, políticos y militantes. En el lugar, no hay más de 250 personas en total.

Más cerca de la calle se encuentra un maniquí sin brazos de piel gris y una canoa roja. Fernanda y otros asambleístas ponen de pie al muñeco y lo visten con una campera para la lluvia. Ponen al maniquí al lado de la canoa, se reúnen a su lado y los otros vecinos sacan fotos. Un par de hombres tiran agua con barro dentro y al frente de la canoa. “¿Qué es esto?”, pregunta una mujer. “Esto es lo que tomamos ese día”, exclama uno de los hombres.

Una periodista de Canal 10 empieza a hablar frente a la cámara y con los vecinos de fondo. “Si la montaña no va a Mahoma -dice- Mahoma irá a la montaña”. La montaña, o el castillo -que es lo que parece El Panal- no emiten respuesta. “Es simbólico que esté vallado este lugar -comenta Esteban, periodista que EcosCórdoba- Aleja a la gente”. Pero los vecinos están decididos a hacer lo que vinieron a hacer, no esperaban respuesta tampoco.

Ya con nubes grises amenazando en el horizonte, Gabriela y una compañera de lucha toman los micrófonos y comienzan a hablar. La gente se acerca. Empieza la lectura del documento de la asamblea.

Turnándose, las oradoras recuerdan que las Sierras Chicas han sido olvidadas por los gobiernos y que sólo recibieron anuncios y promesas por parte de los gobernantes. Hacen memoria de otras inundaciones en Córdoba: la de Punilla, la de Bell Ville, Las Varillas, Obispo Trejo, Traslasierra, la que también asoló Sierras Chicas el 3 de enero pasado: “Ninguno de los puentes fue reconstruido, ninguna de las 181 viviendas fue entregada, no estableció un sistema de alerta efectivo. El problema de fondo son los desmontes. El único tsunami que enfrenta Sierras Chicas es el tsunami de los emprendimientos inmobiliarios”.

“Los tres puntos que reclamamos -dice Flores- son la declaración de la emergencia ambiental, qué se detenga la expansión inmobiliaria y que se cree la reserva única”. Según explica, al unificar las reservas locales desde Ascochinga a La Calera se pueden conseguir las otras dos cosas, esto sin olvidar la cuestión infraestructural de las ciudades serranas (puentes, lagunas de contención, sistemas de alertas). Si se siguen urbanizando los alrededores de las distintas reservas, se van a perder las funciones que estas tienen.

Las nubes ya cubren todo el cielo y son de un color azul cargado. Truenos retumban, pero no se ve ningún relámpago. Dos músicas de Sierras Chicas, Priscila Weht y Gabriela Sánchez, toman los micrófonos y comienzan a tocar algo que parece una combinación de rock con reggae con mucha fuerza y ritmo. «Creo que la principal fuerza para superar esto está en los vecinos -dice Gabriela-. Los partidos políticos están partidos. Yo busco una unidad. La gente”.

Priscila y Gabriela terminan de tocar con un estruendo y el micrófono saturado. Ya son más las ocho de la noche y empiezan a caer las primeras gotas desde allá arriba. Rápidamente, estas se convierten en vendaval y los vecinos dan por concluido el acto homenaje. “¿Quién se va en la canoa? Es único que tiene Defensa Civil que sirve”, dice uno riendo.

Adrián sigue de buen humor cuando sube al autobús blanco. Mientras pasa lleva una pechera sobre los hombros, como una capa. Le gritan “Eh, ¡Súper 15F! ¿Cómo andas?” Está contento con el resultado. Esperaban menos gente. Sin embargo, mitad del cronograma quedó sin presentar y faltó pasar los vídeos de la asamblea. Se va al fondo a charlar con un hombre de 63 años llamado Raúl Valls, quien es asambleísta de Malvinas Argentinas. Es de estatura media, rasgos afilados y frondosos cabellos y barba blanca que hacen juego con una camisa y pantalones del mismo color. Si se afeitara la barba y se cambiase la camisa por un traje blanco con un moño, podría pasar perfectamente por un imitador de Mark Twain.

El autobús pasa por la Castro Barros a duras penas. Lo que era hace minutos una calle, ahora es un río. En donde estaban las tapas de los desagües, ahora hay manantiales de agua podrida.  La historia se repite un año después, ahora en Córdoba. Los vecinos abren las ventanas para que viciado aire del autobús se renueve y las tienen que cerrar porque la lluvia es demasiado fuerte. A Rosario se le acabó el mate y va repartiendo criollos de una bolsa. Son salados y están húmedos. Casi nadie quiere uno. El autobús parece transitar por un túnel donde lo único que se ve son las luces de los autos al final del camino y lo único que se siente es el olor a humedad y el deseo de llegar a casa.

Sentada en frente de Raúl está Liliana Roca, vecina de Barrio San José de Río Ceballos. Ella también sufrió en carne propia la inundación: “A las cuatro de la mañana veíamos que no paraba de llover, por lo tanto entramos todo a la casa. Al mediodía llegó la corriente sin aviso previo de Defensa Civil. Nuestra casa quedo completamente inundada”. Liliana abre la ventana, ve los ríos que fueron calles y suspira. Su rostro está tenso y sus ojos zigzagueantes recorren de punta a punta el autobús como buscando más de una salida: “Yo me bajaría”, dice con voz ahogada. “No seas tonta -le responde Gabriela- te va a llevar el agua”.

Una chica de unos quince años se pone al lado de Liliana y le da masajes en los ojos para calmarla: “Vení, Fernanda, vos que sos psicóloga. Tranquilizala”, dice. Fernanda se acerca, le agarra la mano a Liliana y ve Córdoba por la ventana: “Esto demuestra que no es sólo Sierras Chicas. Ahora también pasa aquí”. Desde adelante, una voz pregunta: “¿Querés un clonazepam, Liliana? “No -responde ella- todavía tengo que pasar por el agua para llegar a mi casa”.