Por: Guadalupe González , Lucero López y Lourdes Valenzuela 4° IMVA – Ignacio Varea y Felipe Floridia 4° IENM
La memoria de Daniela Farías y el deporte son parte de una línea que se traza desde el mismo punto. Es imposible disociar una cosa de otra, porque el atletismo no solo se trata de una disciplina en la que se inició a los seis años, sino que también se convirtió en su estilo de vida.
Hija de profesores de educación física, creció entre clases, el ruido de las corridas y los silbatos en los patios. Las pistas, los entrenamientos y las competencias fueron parte de su rutina.
Con una madre entrenadora de natación y un padre entrenador de atletismo, tanto ella como sus tres hermanos se transformaron en alumnos. Y como si eso no fuera suficiente el propio paisaje conspiró a favor de su relación con el atletismo.
Daniela transitaba sus diez años cuando su familia se mudó a una casa junto a un cañaveral. Así, la pequeña Farías comenzó a sacar cañas del río para usarlas como garrochas improvisadas. Las clavaban en la calle y saltaban hasta la vereda. Era una travesura, un juego, un curioso lazo entre lo lúdico y el destino.
Entonces el padre de Daniela observó que su hija empezaba a saltar cada vez más alto. Primero superó el metro sesenta. Después llegó a los dos metros. Y un día, cuando tenía alrededor de once o doce años, saltó 2,20 metros. En poco más de un año Daniela pasó de ser la niña que jugaba a saltar con una caña hasta la vereda a convertirse en la dueña de un récord provincial.

La caña, sin embargo, tenía un límite. Para continuar, necesitaba una garrocha profesional de fibra de vidrio, un elemento costoso que por entonces solo podían conseguir en Estados Unidos. La solución apareció de manera colectiva: familiares, amigos y personas cercanas hicieron una colecta hasta reunir el dinero necesario para traerla. Con el tiempo llegaron los títulos, los viajes y la camiseta de la selección argentina.
De la caña a la camiseta argentina
El crecimiento fue rápido. Primero llegaron las competencias en el barrio; después, los torneos provinciales. Los títulos locales abrieron las puertas de los nacionales y, más tarde, de los campeonatos internacionales. En el camino, Daniela obtuvo siete títulos nacionales y dos medallas en Sudamericanos.
Uno de los momentos que más recuerda ocurrió cuando tenía apenas 13 años. Viajó a Bogotá, Colombia, para representar por primera vez a la Argentina y consiguió una medalla de bronce en salto con garrocha. Era su primer viaje en avión y también la primera vez que salía del país. “Eran muchas emociones juntas”, recuerda.
En una carrera que creció a pasos agigantados, el 2014 la encontró formando parte de la preselección continental para los Juegos Olímpicos de la Juventud en los 400 metros con vallas. Allí, sufrió el duro golpe de no conseguir la clasificación. Sin embargo, aquella aventura significó acercarse como nunca antes a un Juego Olímpico.
El entrenamiento y su enorme versatilidad y capacidad atlética la convirtieron en una deportista de dos especialidades: es garrochista y vallista. En la garrocha encuentra la destreza y la posibilidad de desafiarse en cada salto. En los 400 metros con vallas aparece otra sensación: la adrenalina de una carrera que dura apenas un minuto y exige todo de principio a fin.
De esta manera, reconoce algunas de sus propias fortalezas: se considera audaz y destaca su fuerza; como también la resistencia a la velocidad. Actualmente, Daniela entrena en el Estadio Kempes, donde está la única colchoneta específica para salto con garrocha de la provincia, según relata.

Es un nuevo comienzo
“La llegada de la pandemia y el fallecimiento de mi papá fueron un quiebre. Nadie más en mi familia quiso entrenar. Yo tampoco, no quería saber nada”, cuenta Daniela sobre una de las etapas más duras que le tocó enfrentar.
Dejó el atletismo, formó una pareja y fue madre en 2022. Una etapa llena de cambios y emociones desbordantes que la mantuvo fuera de las pistas, hasta que en 2025 decidió volver.
El regreso no fue simplemente retomar la práctica. Había cambiado su cuerpo, su rutina y sus responsabilidades. Ya no era la adolescente que podía organizar su vida alrededor de las competencias. Ahora tenía trabajo, pareja, hijos y una casa que sostener.
Al respecto, confiesa: “Ser atleta desde este lugar es mi gran desafío”. En ese camino volvió a competir en las dos pruebas que la acompañaron durante buena parte de su trayectoria.
La competencia más reciente fue el Nacional de Mayores, uno de los torneos más importantes del año. A partir de ahora, su calendario será más acotado: quedan algunas competencias hacia fin de año, principalmente en Córdoba y provincias cercanas.
En tanto, la vuelta al alto rendimiento no resulta una tarea simple. Para Daniela implica -entre otros aspectos- aceptar que la respuesta física ya no es la misma que a los 16 años. Sin embargo, los años de aprendizaje nunca resultan en vano y la ateta considera que la maduración deportiva puede extenderse hasta los 30 o 35 años.
Al mismo tiempo, admite que el retorno luego de haber sido mamá supone empezar de nuevo en muchas cosas y entonces el desafío no tiene que ver sólo con lo físico sino también con lo organizativo.
“Uno puede tener un millón de cosas que pasan en el medio”, dice Daniela, sin dejar siquiera que se cruce por su cabeza la idea de echar por tierra aquello que la apasiona.
Soñadora pero centrada, la deportista no hace más que confirmar que si algo aprendió después de tantos años saltando, corriendo y volviendo a levantarse, es que el atletismo nunca fue solamente una competencia. Fue una manera de aprender a ser constante, responsable y a perseguir un objetivo incluso cuando el camino cambia. Ahora, después de varios años, vuelve a correr. Y, por supuesto, a saltar.
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