Por: Victoria Allende y Renata Lovey 6° IENM – Guadalupe Giavazzi y Mora Mariño 6° IMVA
Su vínculo con la fotografía comenzó a los 12 años, cuando su mamá y su papá la ayudaron a comprar su primera cámara, después de haber experimentado con una pequeña que le prestaban sus familiares. “Empecé en realidad como un hobby, solamente por el gusto de sacarle fotos a la naturaleza”, recuerda.
El potente zoom de aquel primer equipo la llevó a interesarse cada vez más por las aves. En su casa había una guía de especies que despertó aún más su curiosidad y marcó el comienzo de un camino que, con los años, se convertiría en su trabajo.
En marzo de 2020, cuando estaba por cumplir 15 años, la pandemia cambió sus planes. Al respecto, repasa: “Ya teníamos con mi familia, más o menos, todo organizado. Pero cómo continuó el aislamiento obligatorio, en vez de festejar mi cumple de 15 con esa plata mis papás decidieron regalarme una cámara un poco mejor”.
A partir de entonces realizó distintos cursos de fotografía y comenzó a profundizar sus conocimientos. También empezó a imprimir sus fotografías en papel, postales y stickers para venderlas. Para mejorar su equipo, trabajó como niñera y ayudante en clases de acrobacia en tela. “No era un hobby barato para una niña de 15 años”, reconoce. Así, entre trabajos y pequeños emprendimientos, fue ahorrando para comprar nuevos lentes y continuar desarrollando su actividad.
Actualmente, no solo se dedica a la fotografía de manera profesional, sino que es creadora de “Aves”, un juego de memoria que busca acercar a niños y adultos a la diversidad de especies que habitan en distintos ambientes de Argentina.

De esta manera, la fotografía de naturaleza también la llevó a viajar por distintos rincones del país para conocer y registrar la diversidad de animales. Pero su interés va más allá de capturar una imagen: está ligado a una manera particular de observar el entorno, buscando captar “los detalles que muchas veces pasan desapercibidos a simple vista” -explica-.
El arte de la paciencia
Según explicó la joven fotógrafa, una de las claves de esta profesión es la paciencia. “Mi característica es no quedarme con la primera foto, sino seguir buscando diferentes ángulos y luces, porque en ese juego sobre la misma escena es donde salen las mejores imágenes”, valora.
Esa perseverancia la llevó a ganar su primer premio en España, con la fotografía titulada “Claroscuro”, de una chuña de patas rojas. “Yo tenía la cámara manual y me rodeó; ahí el sol estaba detrás de mí -rememora-. Cuando se puso en un lugar que le daba mitad luz y mitad sombra, quedó un lado de la cara totalmente iluminado y otro totalmente en sombra, y el fondo todo oscuro”.
De esa experiencia recuerda cómo el ave no le tuvo miedo, sino que se acercó. Tomó tantas imágenes hasta que apareció la que consideró perfecta y, posteriormente, otra vez decidió invertir el dinero del premio en su pasión y cuenta: “Como yo era menor y no podía recibir premios en euros, pedí un dron”.

Un juego para aprender a mirar
Mientras cursaba quinto año de la secundaria, Cuyén encontró una manera de unir su afición por la fotografía con otra inquietud: crear un juego de memoria protagonizado por aves. El primer diseño lo realizó ella misma, utilizando los conocimientos básicos de Photoshop que había adquirido. Su formación en una escuela con especialidad multimedia y el manejo de programas como Lightroom, que utilizaba para editar sus fotografías, le permitieron desarrollar las primeras versiones del producto.
“Imprimí 50 mazos primero y se vendieron. Después imprimí 50 más”, rememora. En aquella primera etapa, la producción era completamente artesanal: imprimía las fotografías y las cartas, compraba las cajas por Mercado Libre. Luego, las armaba colocando stickers en cada lado.
Al comprobar que el producto tenía buena recepción, decidió profesionalizarlo. Con la recomendación de algunos profesores y el apoyo de su familia, contrató a un diseñador que desarrolló la identidad visual actual y comenzó a producir los juegos mediante impresión offset.

Cada mazo es un juego de memoria, o memo test, compuesto por 12 pares de cartas —24 en total— y una carta adicional con las instrucciones. Pero la propuesta no termina ahí: la idea es que sean coleccionables y puedan combinarse entre sí.
Todos los juegos tienen el mismo dorso, mientras que en el frente de las cartas aparece un pequeño círculo cuyo color coincide con el de la caja. “Se puede jugar con un mazo, se puede jugar con dos mezclados, con tres”, explica Cuyén.
Actualmente la colección cuenta con cuatro mazos: dos de Aves de Monte, Aves de de Laguna y Aves del Pastizal. Hasta el momento, vendió más de 2.500 juegos en todo el país, desde Misiones hasta Tierra del Fuego, e incluso algunos llegaron a España y Chile.
Pero detrás del juego hay también un propósito que excede lo comercial: “Es una forma de que niños y grandes aprendan un poco de la fauna que nos rodea, que es muchísima y generar conciencia sobre su cuidado”, reflexiona.

La respuesta de las familias es, para Sláma, una de las mayores satisfacciones y celebra que recibe “videítos, fotitos de nenes de dos años que ya saben todos los mazos y los reconocen”. Con esa misma intención, en septiembre lanzó “Aves de Humedales (bañados y esteros)” y “Aves Urbanas”, dos nuevos mazos pensados para quienes viven en las ciudades y quizás no reconocen las especies que aparecen en las colecciones anteriores. La propuesta también apunta a convertirse en una herramienta para trabajar en las escuelas.
Actualmente, además de fotógrafa de naturaleza, Cuyén se dedica a dar talleres y cubrir eventos, realizar fotografías de productos y sesiones. También se ha formado en diseño gráfico y marketing, trabajó en agencias y proyecta continuar dando clases y workshops de fotografía de naturaleza.
Las redes sociales se convirtieron en otra herramienta fundamental para mostrar su labor y hacer crecer sus propuestas. En tan solo un año pasó de tener 3.000 a casi 25.000 seguidores en Instagram y remarca que “estar activa en redes ayuda a difundir el trabajo”.
Sin embargo, detrás de los trabajos, los talleres y los miles de mazos vendidos permanece aquella motivación inicial: salir en busca de una imagen y encontrarse con la naturaleza. Y aunque el proyecto creció, la sensación frente a una buena escena sigue siendo la misma. En este sentido, concluye: “Me pongo a sacar fotos y me olvido de todo”.

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