El cambio de paradigma hacia una educación libre de violencias invita a ver a los y las niñas como sujetos de derecho. Sin embargo, en el afán por alejarse del autoritarismo, muchas familias caen en la trampa de la permisividad extrema.
Recientemente, muchas familias comenzaron a hablar de crianza respetuosa, un cambio de paradigma en la forma de vincularse con las infancias. Este modelo deja atrás la idea de que el menor es un objeto de mando para reconocerlo como un sujeto de derecho, con sus propias necesidades, emociones y voz.
De hecho, UNICEF la define como “una crianza libre de violencias que, a partir del trato respetuoso desde la educación, cuenta con mejores probabilidades para ser efectiva, saludable, adecuada y promover, no solo los aprendizajes necesarios, sino el bienestar psicológico de los hijos e hijas”.
Siguiendo esta línea, existen tres pilares principales sobre los que se sostiene esta nueva forma de entender la crianza:
Validación emocional: Se basa en aceptar lo que el niño/a siente, transmitiendo que sus emociones son normales y válidas. Por ejemplo, en vez de gritarle y exigirle que “no llore”, se le puede preguntar: “¿Cómo dibujarías lo que sientes?” o “¿Qué color crees que expresa mejor tu estado de ánimo en este momento?”. De esta forma, se busca que el niño/a razone, comience a calmarse y aprenda a manejar sus propios sentimientos.
Comunicación y diálogo: Se prioriza la escucha activa, el dar explicaciones sobre el porqué de las cosas y buscar el consenso en lugar de la imposición arbitraria. Por ejemplo, si el menor quiere vestirse por su cuenta, se le pueden ofrecer opciones de prendas y colores para que sienta que tiene control sobre la situación.
Equilibrio entre firmeza y amor: Se asemeja al estilo de crianza “democrática”, donde se fomenta la independencia dentro de límites claros, brindando apoyo para superar los conflictos que vayan apareciendo. En este enfoque, se busca evitar el trato meramente punitivo o de “castigo”. En su lugar, se dialoga con el niño/a sobre las consecuencias de sus acciones para que entienda que, ante ciertas situaciones, habrá resultados específicos, enseñando que los límites no suceden de manera arbitraria o injustificada.
Los roles de los y las adultas y de las infancias también cambian drásticamente. En la educación tradicional, el adulto o la adulta ejerce un poder incuestionable y distante, mientras que el niño o la niña es moldeado mediante la obediencia. A diferencia de esto, la crianza respetuosa propone a un adulto en el rol de guía (encargado de proveer contención y protección), donde el niño/a siempre es visto/a como una persona integral.
Así, este modelo se diferencia de la crianza tradicional al ser menos autoritario. Por ejemplo, se evita subir la voz o recurrir a los gritos como método para “quebrar” la voluntad del menor; en su lugar, se apuesta por un diálogo relajado y pautas basadas en la lógica y el cuidado.
Los desafíos en la práctica
Diversos estudios señalan que, al tratarse de un modelo en constante desarrollo, aún existen barreras y problemas por resolver para asegurar su completa eficacia.
Un trabajo de investigación de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), titulado “Estilos de crianza vinculados a comportamientos problemáticos de niñas, niños y adolescentes” (Córdoba, J. 2013), advierte sobre un fenómeno común: los padres de hoy, educados en su mayoría bajo normas autoritarias, a menudo se van al extremo permisivo, atribuyendo al hijo un «papel central» desmedido.
Esto los lleva al riesgo de confundir libertad con falta de reglas, convirtiendo la flexibilidad en una tolerancia excesiva. Como resultado, puede generarse una falta de control, conductas desconsideradas y dificultades para manejar la frustración cuando el niño debe enfrentar el mundo sin sus figuras paternas y/o maternas.
Otro problema latente es generar en el menor una ansiedad derivada del exceso de libertad, especialmente cuando se ve obligado a tomar decisiones o discernir entre demasiadas opciones a una edad temprana.
Asimismo, puede producirse un choque negativo con el sistema escolar tradicional. A estos niños/as puede costarles más acostumbrarse a la masividad de las aulas, seguir horarios estrictos o respetar a autoridades ajenas al ámbito familiar íntimo.
Por último, un aspecto crucial a considerar es que este estilo de crianza, llevado a su máxima expresión, termina siendo un «lujo» de sectores con alto poder adquisitivo. Su aplicación no es una realidad masiva, ya que requiere de un contexto socioeconómico que permita a los cuidadores dedicar «mucho cuerpo», tiempo y recursos emocionales, elementos que muchas veces no están disponibles en entornos más vulnerables o para familias con jornadas laborales extenuantes.
En conclusión, la crianza respetuosa no es un manual perfecto, sino un cambio de mirada. Desafía tanto a las familias como a las instituciones educativas y al Estado, que debe proveer las condiciones para que maternar y paternar con paciencia no sea un privilegio de pocos. El objetivo final no es criar niños que simplemente obedezcan, sino formar futuros adultos críticos, empáticos y emocionalmente sanos.
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