Por: Benjamín Martina y Pedro Nuñez 4° IMVA; Nicolás Rodríguez y Mauro Greco 4° IENM.
- Inicios fortuitos: Comenzó en el básquet por casualidad tras colarse en un encuentro en el club Huracán de barrio La France mientras su hermana competía en gimnasia rítmica.
- Formación profesional: A los 15 años se sumó a Atenas, donde integró el plantel campeón de la temporada 2001/2002 junto a figuras como Marcelo Milanesio y Héctor Campana.
- Capitán histórico: Fue el líder del equipo de Instituto que logró el ascenso a la Liga Nacional con récord de victorias.
- Versatilidad técnica: Como ala-pivote, combinaba un fuerte juego físico bajo el aro con una precisión quirúrgica en el tiro de tres puntos, lo que lo llevó a destacarse en el Torneo de Triples del Juego de las Estrellas.
- Especialista en remontadas: Fue protagonista de ascensos memorables con 9 de Julio de Río Tercero, Sionista de Paraná e Instituto, muchas veces revirtiendo amplias desventajas en el marcador.
- Retiro por pandemia: Su carrera profesional terminó de forma abrupta debido a la suspensión de torneos por la pandemia, lo que lo obligó a priorizar otros caminos económicos.
- Filosofía de vida: Considera que el aprendizaje más valioso de su carrera es el trabajo en equipo y la falta de egoísmo, valores que aplica hoy en su vida familiar y laboral.
A sus diez años, Emiliano Martina no imaginaba que el básquet sería su destino. “La verdad es que al principio no me gustaba”, recuerda entre risas. Martina jugaba casi por defecto. Tenía un gran tamaño y una notable capacidad para capitalizarlo, aun siendo un niño. Pero el deporte no aparecía como una vocación, sino como un entretenimiento: en la escuela, en el barrio y en la cotidianeidad de su propia familia.
Jugaba al fútbol en el colegio y miraba de reojo el aro que había en el patio. El hilo conductor hacia el básquet pareció fortalecerse como un giro inesperado. Así, aunque muchas de las historias que conectan a los grandes deportistas con su disciplina están signadas por una vocación temprana y contundente, no fue el caso de Emiliano. En cambio, las coincidencias lo llevaron a ver un torneo de gimnasia rítmica en el que competía su hermana, en Huracán de barrio La France.

En la cancha aledaña había un encuentro de básquet y Emiliano decidió colarse. Un profesor del club lo vio y lo invitó a probar suerte en “Los Luminosos”. Desde ese momento, su vínculo con el deporte cambió por completo. El joven tenía las condiciones necesarias para marcar la diferencia y, ahora, también contaba con la determinación para abrirse paso en los tablones.
Lo que le faltaba era dar un salto aún mayor en su juego, y eso fue precisamente lo que encontró cuando, a los 15 años, lo llamaron para jugar en Atenas, el club de básquet más grande del país.
Martina no solo entendió que era capaz de elevar su nivel a la par de un entrenamiento que le proponía una exigencia diametralmente mayor, sino que también comprendió que podía dedicarse profesionalmente a la disciplina. Cuando terminó la secundaria, la decisión estaba tomada. Viajó, entrenó doble turno y empezó a vivir como jugador.
Una carrera hecha de mudanzas, ascensos y afectos
Martina jugó también en Pico Fútbol, Sionista de Paraná, Central Entrerriano, La Unión de Formosa, San Martín de Marcos Juárez, 9 de Julio de Río Tercero,, Quimsa, Barrio Parque, Tucumán Básquet, Bell Ville e Instituto.
En este último, fue capitán del equipo que logró el ascenso a la Liga Nacional con récord de victorias, sembrando las bases de lo que luego sería la consolidación de “La Gloria” como uno de los máximos contendientes de la Liga Nacional de Básquet.

Asimismo, afirma que “cada lugar dejó algo distinto”. Y amplía: “Río Tercero me marcó mucho. Ahí nació Benjamín, el primer hijo que tuve con mi mujer. Y además la gente me hizo sentir un cariño enorme”.
Sin embargo, ningún lugar caló tan profundo en su trayectoria como “El Griego”, donde no solo se convirtió en profesional, sino que tuvo la fortuna de coincidir con algunas de las máximas figuras de la historia del básquet argentino. El conjunto verde contaba con emblemas de la talla de Marcelo Milanesio, Héctor Campana y las jóvenes promesas del básquet nacional de principios de los 2000: Bruno Lábaque y el medallista de oro Leonardo Gutiérrez.
Formar parte del plantel campeón 2001/2002 le dio a Emiliano una certeza. “Quería vivir y sentir la gloria de esto -cuenta-. Ese campeonato me mostró lo que se siente al lograr un objetivo tan grande”.
Como ala-pivote, Martina se definía por una versatilidad que lo volvía un jugador interior muy adaptado a las tendencias que empezaban a transformar al deporte en la última década. De esta manera, contaba con una precisión quirúrgica para el tiro de tres puntos, que lo diferenciaba de la mayoría de sus colegas de principios de los 2000.

En este marco, fue convocado para el Juego de las Estrellas de la Liga Nacional, donde se destacó en el torneo de triples. Aun con un tiro de tres afinado, Emiliano nunca dejó de ser una potencia en la llave: tenía oficio para afrontar el duelo físico y carácter para defender al interno rival.
“Dentro de mi cabeza me decía que no había nadie más fuerte que yo abajo del aro”. En tanto, su punto débil, admite, era la relación con los árbitros. “Perdía la paciencia muy rápido; era algo que siempre quise mejorar, ese aspecto mental”, reflexiona.
El brillo y la memoria compartida
A lo largo de su carrera vivió varios ascensos que todavía nombra con orgullo. Con 9 de Julio jugó lesionado la final: “Tenía un desgarro importante, pero logramos remontar yendo desde atrás por 15 puntos”. Con Sionista ocurrió algo similar. Y con Instituto, en Ferro, otra vez el mismo guión: desventaja de doble dígito, remontada y triunfo clave.
No los recuerda solo por su mérito individual —aunque fueron grandes actuaciones—, sino por lo colectivo: “No existen rendimientos individuales si el equipo no acompaña”. A su vez, Martina, llevar la camiseta de Córdoba o de la selección juvenil fue un orgullo difícil de comparar. “Jugar los Sudamericanos de Chile y Colombia fue un privilegio”, comenta.



En Atenas e Instituto encontró dos formas distintas de pertenencia: la tradición de un gigante fundador de la Liga y la construcción de un club que ascendió a base de esfuerzo, del que fue capitán en un año histórico.
El retiro llegó sin aplausos ni cierre deseado. La pandemia frenó el torneo y la necesidad económica lo obligó a buscar otros caminos. Al respecto, reconoce: “Creía que podía jugar algunos años más, sobre todo por mis hijos, pero tuve que elegir”.
Finalmente, de todos los aprendizajes, se queda con uno: trabajar en equipo. Y en ese sentido destaca: “El básquet me enseñó que nada se logra solo. El éxito personal depende del equipo. Lo mismo ocurre en la familia o en el trabajo: si no hay unión, compromiso y buena comunicación, no se llega a ningún lado. También aprendí que los egos y la falta de solidaridad perjudican a todos. En cualquier grupo humano, las buenas relaciones son la base para que las cosas funcionen”.

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