5 abril, 2026

El Milenio

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Clown social: una herramienta para acompañar desde la risa

Raúl Burgos, ingeniero civil jubilado y clown social, utiliza el humor como herramienta terapéutica y pedagógica para conectar emocionalmente con personas vulnerables. Su enfoque se basa en la empatía, el respeto y la escucha activa, promoviendo un intercambio donde el otro se convierte en protagonista. A través del clown, busca generar espacios de conexión y transformación personal.

Por: Paula Raimo, Bianca Ramos, María Luz Marchetti y Hanna Baghin 4° IENM.


Darse permiso para reírse de uno mismo puede ser un acto profundamente transformador. En el caso del clown social, esa risa no busca el aplauso ni el entretenimiento, sino habilitar un encuentro distinto con el otro, especialmente con quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad. 

Desde ese lugar trabaja Raúl Burgos, vecino de Unquillo, de 69 años, jubilado, ingeniero civil de formación y referente del clown comunitario en la región. “Mi profesión inicial es la ingeniería”, explicó Burgos, aunque rápidamente aclara que su camino tomó otro rumbo. 

Tras ejercer durante algunos años, se volcó al trabajo social, se formó en gestión de ONG y realizó una maestría en investigación social. Esa elección no fue casual ni tardía: “Ya desde los años 80 venía con una vocación por el trabajo social”, señaló.

El encuentro con el clown llegaría mucho después, en 2011, cuando acompañó a uno de sus hijos a un taller de clown en La Beba Teatro, en Río Ceballos y ese espacio abrió una puerta inesperada. “No es un método, se habla del lenguaje del clown”, afirmó, y reconoció que allí descubrió una herramienta de gran potencia personal y colectiva.

Desde ese proceso nació Abrojo, su clown, que no funciona como un personaje sino como una extensión exagerada y absurda de sí mismo. Según explicó, una de las claves del clown social es que no se trata de actuar para otros, sino de exponerse, fracasar y habilitar al otro desde la ternura y la ingenuidad. “El bufón se ríe de los demás, mientras que el clown se ríe de sí mismo”, resumió. Su objetivo es descentralizarse, generar un espacio donde el otro pueda ser protagonista y, desde allí, abrir un proceso de conexión emocional.

Para Burgos, el clown es una herramienta terapéutica y pedagógica que solo tiene sentido cuando se inscribe en procesos sostenidos y respetuosos de las comunidades. “No es que te digan ‘andá mañana de clown a tal lugar’ y uno va”, advirtió. Antes, es necesario conocer el contexto, escuchar y sumarse a lo que ya está en marcha. 

El Milenio: ¿En qué espacios y proyectos concretos comenzaste a intervenir desde el clown comunitario, y cómo fue ese recorrido?

Raúl Burgos: Empecé a vincularme con un grupo de payasos que conformamos en el lugar de formación, que le llamábamos el Laboratorio de Payasería. Nos reunimos una vez por semana en Córdoba,y somos 12 payasos que trabajamos todo lo que es la técnica del clown. Después se buscan espacios de participación en distintos eventos que se organizan como La noche de los museos o la presentación de un libro. En una ocasión la Secretaría de la Defensoría de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (DDNNA) nos contrataron para una presentación en la vía pública. Era sobre una cartilla de los derechos de los niños, niñas y adolescentes, así que nuestra intervención era con el público que pasaba. Entonces, estaba el que te prestaba atención, el que no, pero fue muy interesante. Lo que más tiempo le dediqué desde el laboratorio de payasería, fue la intervención en el Hospital de Niños y en el Hospital Infantil y después con otras dos compañeras armamos un proyecto para presentarlo en residencias de personas mayores y le llamamos Payabuelos.

Acá en Sierras Chicas tuve 3 ó 4 intentos de presentar el proyecto de Payabuelos en el Centro Cultural de la Municipalidad de Unquillo, pero no es fácil que a las personas mayores les interese sumarse a un taller de payasos porque automáticamente lo asocia a un payaso de circo, a los niños. Entonces fracasé con todo éxito y en muchas oportunidades. 

EM: Hablando un poco más sobre tu trabajo con las ONGs, ¿De qué manera esta experiencia te permitió comprender mejor las dinámicas sociales a las que se puede llegar con la técnica del clown? 

RB: El trabajo con en las organizaciones sociales que estuve fue fundamental. Cuando descubro el clown como una herramienta pedagógica para seguir trabajando e incidiendo en lo que yo quería hacer, siento que puedo trabajar en las perspectivas de la asistencia, la promoción y el desarrollo. Cuando uno va a un hospital o una residencia de personas mayores, son lugares donde las personas tienen un nivel de fragilidad frente a otro, frente al mismo clown, frente a mi mismo. Esas personas están frágiles por la enfermedad, por el abandono, la soledad, el desapego o el desarraigo. Esas personas necesitan ser protagonistas. Cuando nosotros vamos a intervenir como clown, lo primero que hacemos —y esto tiene que ver con las ONG y con mi propio aprendizaje— es intervenir solo cuando el otro nos autoriza. El otro me tiene que autorizar, y para que me autorice no es que le pregunto “¿me da permiso para entrar?”. No es esa la pregunta. El clown entra y se conecta desde la mirada. Tenés que tener una conexión profunda, de tú a tú, con cada una de esas personas para que, desde la mirada, la sonrisa o un gesto, uno perciba si el otro tiene ganas, si se abre, si te acepta. Ahí empieza el proceso de vinculación con ese otro, y ahí aparece el desafío. 

El desafío del clown es no sentirse protagonista. No es nada mío, me debo a esa persona, a los papás que están allí o al adulto que los cuida. Me vinculo también con ellos, primero a distancia, desde el vidrio o con un animal de apego. Yo tengo un oso que era de mi hijo mayor, con el que él dormía, lo tengo recuperado, y para mí tiene un sentido muy profundo. Usar el oso Pepe, el de mi hijo mayor, para mí es casi como un animal de apego, un abrojo, y lo hago con tanta convicción al vínculo con el niño o la niña internada, o con el anciano, que soy tan yo exageradamente, tan yo absurdamente, que el otro entiende qué le estoy queriendo decir o que le estoy queriendo presentar. El clown en las intervenciones arma ficción, arma mundos que no existen. Le digo al anciano o al niño: “Está lloviendo”, saco el paraguas y le doy el paraguas, un paraguas pedorro y chiquitito que tengo, entonces es absurdo lo que le doy, pero le digo: “Protegete, cubrite”, y se cubre. Hay una ficción, un mundo.

EM: ¿Qué impacto tuvo el clown en tu vida personal y en tu manera de habitar distintos espacios?

RB: El clown impactó en mí primero.Vos tenés que sentir que todo lo que hacés no estás actuando, sino que estás siendo vos, esa es la diferencia del payaso o del artista. Entonces cuando a veces uno no tiene ganas, estás desganado, hay que empujar el payaso y el payaso en ese momento tiene que ser yo mismo que está desganado, es una especie de  esquizofrenia. Soy yo con otra persona y estamos ahí interactuando. Yo cuando lo presento a Abrojo, digo, “yo vivo dentro de mi humano, que es Raúl, que ahora no vino y que él me manda a estos lugares muchas veces para determinadas cosas, porque Raúl no se anima”. Ahí juego, me visto o me desvisto como payaso en público, entonces ahí muestro las dos personas. Es muy loco y yo lo disfruto. Algo que fue muy lindo en plena pandemia durante el encierro, es que empecé a hacer videos cortos para chicos en YouTube. Después hicimos con un amigo de Buenos Aires, Juan, unos programas que le llamábamos “Conversaciones que nos hacen bien». Todos los domingos a la noche aparecíamos nosotros. Fue muy loco, porque para mí era una motivación absoluta y para Juan también. Y el público se enganchaba en las conversaciones y delirábamos con los temas. Por ejemplo, Juan me preguntaba qué es el amor y yo empezaba a hablar según lo que Raúl creía que era el amor, pero esto desde la exageración, lo absurdo. Fue muy lindo, muy rico y yo lo disfruté.

EM: ¿Qué tipo de preparación o perfil necesita tener un clown social?¿Por qué el humor puede ser una vía tan potente de conexión?

RB: Tiene que ser empático, tener compromiso social, que «te duela el dolor del otro», diría la hermana Teresa. Me duele el dolor del otro y cuando eso sucede, vos ahí estás descubriendo que dentro tuyo te interpela la situación de otros. Esa sensibilidad es fundamental que la tenga la persona que desarrolla el clown, que no finja ser sensible, que no sea sensiblero tampoco. Es una sensibilidad con compromiso y con respeto del otro, porque la asistencia es «a mí me duele que el otro tenga frío”, entonces saco una colcha y se la doy. Eso es la asistencia, resuelve algo inmediato, pero la promoción y el desarrollo requieren una continuidad acompañando a esa persona para que deje de tener frío y de estar allí y entonces ahí empieza este proceso de acompañamiento para que el otro se ponga de pie y camine. Eso es asistencia, promoción y desarrollo, un proceso de mucho tiempo. Entonces la sensibilidad que tiene que tener una persona, es una sensibilidad que tenga de perspectiva de promoción y desarrollo, no que me genere lástima el otro, me genera dolor en todo caso. Eso me parece que es fundamental. Después, yo creo que tenés que tener una formación, no podés improvisar permanentemente en las intervenciones. No ser invasivo, tiene que ver con el respeto, esto de que yo entro si el otro me deja, ser perceptivo.


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