CULTURA
Por: Cruz Romero y Valentino Zuliani 4° IMVA; Emilio Citto y Uma Salto 4° IENM.
¿Cuánto se puede decir de la multitud? ¿Cuánto hay para relatar en la foto o en la imagen en la que los cuerpos se encuentran, casi fusionados y las caras se pierden en la muchedumbre? Probablemente aquello dependa del ojo que mira. Desde chico, Mario Guastella se sintió atraído por las masas. No necesariamente en el sentido sociológico, sino plástico.
“Siempre me llamó la atención cuando dibujaba figuras humanas el hecho de qué sucede cuando tenés a varias personas unidas. La masa me llamaba mucho la atención —cuenta—. Mi tío me llevaba a la cancha cuando tenía diez años y me impactaba ver eso: la multitud, lo que provoca.”
Esa fascinación se convirtió con los años en una búsqueda estética. En “Tres son multitud”, el vecino de Unquillo retomó ese impulso infantil y lo tradujo en una serie de obras donde el desafío técnico y el conceptual se cruzan.
Al respecto, narra: “Empecé buscando fotos, bajando información, conectando con la gente para dibujarla junta. Y en ese proceso apareció la empatía: mirar al personaje, imaginar su historia. Uno nace y muere solo, pero en el medio necesitamos del par”.
Así, el punto de partida es siempre el mismo: la observación. Se detiene, mira, encuadra una escena como si abriera una pequeña ventana en medio del ruido. “A veces hacía un cuadrado en un papel grande para que la vista no se me fuera”, cuenta. Suena casi paradójico, pero en definitiva, para Mario dibujar la multitud no es otra cosa que hacer foco.
Del lápiz al óleo: una vida entera en el trazo

“Dibujo desde los tres años —dice—. Me llevaron al médico porque no hablaba, y el doctor le dijo a mi mamá: no tiene nada, dejalo que dibuje, ya se va a largar a hablar solo.”
Esa anécdota resume algo de su relación con el arte: la práctica como forma de lenguaje.
Por lo tanto, en su obra conviven todas las técnicas. En este marco, confiesa: “Para mí es lo mismo la lapicera, el óleo, el acrílico, la tinta, el crayón o la tiza. Me gusta mezclarlas. Hay materiales que no se pueden combinar, pero a veces los hago dialogar igual. Es parte del juego”.
Bajo esa premisa, enseña dibujo y pintura hace quince años en el taller que construyó detrás de su casa. “Fue un sueño hecho de a poco. Me llevó 4 o 5 años. Cuando lo abrí para mi fue como ver a un bebé que nace”, cuenta el artista.
Allí recibe alumnos de todas las edades. “He tenido gente grande que nunca había agarrado un crayón. Y cuando los ves dibujar, son chicos de nuevo y eso nunca deja de maravillarme. O chicos con autismo, que es otra cuestión que me obligó a investigar y aprender sobre el tema”, reflexiona.
Y agrega: “El proceso no es el dibujo, es la persona. Que se anime, que tenga seguridad, que cambie la forma de verse, que no sea tan exigente consigo misma. Yo veo a un alumno, veo el dibujo y ya le veo la vida”, describe.
Asimismo, remarca las posibilidades que abre el arte para canalizar crisis. Asegura que “en los peores momentos es cuando uno más dibuja”. “Cuando te pasa algo fuerte es cuando emerge lo mejor del arte”, indica.
Bancate ese defecto
En la misma línea, Guastella señala: “A veces en la adversidad hay que exigirse más”. A su vez, en su relato, el error aparece una y otra vez como un punto de inflexión y afirma que “es crecimiento y enseña a mirar distinto”.
“Junto a la frustración, son parte del aprendizaje, lo que te hace crecer”, agrega y relata una anécdota que le gusta repetir: durante la pandemia, dibujó una planta durante horas, pero al agregar el fondo la arruinó.
“Estuve seis horas dibujando, me dolían las piernas. Me frustré. Me bañé con agua fría, me acosté, no podía dormir -recapitula-. A la noche vi al perro, lo dibujé y salió espectacular. Entonces entendí: cuando algo sale mal, hay que redoblar la apuesta.”
Para Mario, esa lección excede el arte. “Yo tengo esa visión. Me mantengo atento a los detalles todo el tiempo. Y la madurez de esa visión lleva años. Incluso las cosas que hice fuera de la pintura me formaron. Entendí que lo importante es canalizar y dejar fluir. Fui muy tímido, y para sobrevivir tuve que trabajar en atención al público. Eso me ayudó a soltarme. Siempre tuve dos trabajos, hasta que hace veinte años pude dedicarme de lleno a esto y sé lo difícil que es”, valora.
Actualmente, no separa el dibujo de la pintura y detalla: “Empecé a dibujar con pincel, con tinta china. Veo como pintor y veo como dibujante. Si estoy en una charla, pienso cómo pintaría la luz o el color de una camisa, por ejemplo”. Finalmente, cierra entre risas: “Creo que me voy a morir con un pincel”.

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