18 junio, 2026

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La Confianza como Puente entre el Miedo y la Acción

En la columna de opinión de esta semana, Mónica Barrera, Licenciada en Artes Visuales y Coach Ontológico, se centra en el tema central es la “confianza”, definida como el atreverse a dar un paso sin tener todas las certezas.

Confiar es atrevernos a dar un paso sin tener todas las certezas. Es elegir creer, incluso cuando algo dentro nuestro tiembla. La confianza no es ingenuidad: es una decisión que se cultiva. Y como toda semilla, necesita tierra fértil, cuidado y tiempo.

A menudo, buscamos la confianza fuera de nosotros, pero no es algo que los demás nos otorgan, sino una raíz que nace en lo profundo de nuestra autoimagen. La palabra, de hecho, viene del latín confidere: «creer con» o «tener fe junto a». Es caminar con fe compartida, primero, con nosotros mismos.

La Verdadera Confianza no es «Saber que todo saldrá bien»

Muchas veces creemos que confiar es tener la garantía de un buen resultado. Pero la verdadera confianza no depende del resultado, sino de saber que, pase lo que pase, voy a poder sostenerme.

No es un acto de fe ciega, sino la consecuencia de vivir en coherencia. No es la ausencia de miedo; es la decisión de seguir avanzando con el miedo de la mano.

La desconfianza, en cambio, nace del miedo al futuro. Cuando nos anticipamos a los problemas, dejamos de confiar en nuestra capacidad de afrontarlos. Como decía el filósofo Séneca: «El hombre que sufre antes de que sea necesario, sufre más de lo necesario».

La confianza nace precisamente cuando soltamos la ilusión de controlar lo externo y nos enfocamos en lo que sí depende de nosotros: nuestros pensamientos, actitudes y decisiones. Se trata de alinearnos con la vida, sabiendo que podemos responder con sabiduría.

¿Cómo se Cultiva la Confianza?

La confianza es un compromiso que se renueva a diario. Te propongo algunas prácticas para fortalecerla:

1. Confiar en uno mismo es recordar quién sos. La autoconfianza crece cuando te reconocés: cuando honrás tus logros, tus valores y tus aprendizajes. No se trata de sentirte invulnerable, sino de reconocer tu historia como un mapa de resiliencia.

  • Ejercicio: Cada noche, anotá tres cosas que hiciste bien o con amor. Es un modo de decirte: «Sí, puedo».

2. La confianza se alimenta de coherencia. Cuanto más actuamos de acuerdo con lo que sentimos y pensamos, más confianza interna se genera. La incoherencia nos divide; la coherencia nos integra.

  • Pregúntate cada día: «¿Estoy siendo fiel a mí misma en lo que hago, digo y decido?»

3. Confiar también es saber pedir ayuda. A veces pensamos que confiar en uno mismo significa hacerlo todo solos. Pero la confianza más madura es la que se apoya, la que reconoce sus límites y pide acompañamiento. Confiar en otros es abrir el corazón a la red que nos sostiene.

4. Confiar en la vida es practicar el soltar. No todo se puede controlar. La confianza espiritual es dejar espacio para que la vida también haga su parte.

  • Práctica diaria: Cada mañana podés decirte: «No sé cómo será el día, pero confío en mi capacidad para atravesarlo». Esta frase cambia tu vibración interna: pasás del control a la apertura.
  • Respiración de aceptación: Cerrá los ojos, inhalá y repetí mentalmente: «Confío en lo que depende de mí». Exhalá y decí: «Suelto lo que no puedo controlar». Hacelo tres veces y observá cómo tu cuerpo se aquieta.

La confianza es el suelo donde florecen los vínculos y los proyectos. No se trata de tener todas las respuestas, sino de dar un paso y permitir que la vida te sostenga.

Porque cuando confiás, algo dentro tuyo se expande… y la vida también confía en vos.


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