CULTURA
- Por: Tisiano Valles, Guadalupe Giavazzi y Catalina Sánchez 4° IMVA – Julia Ortiz y Mateo Gómez 4° IENM.
Nadia Recepter encontró en el teatro no solo un hobby, sino una profesión y un modo de vida. Así, se formó tanto en arte escénica, como también en danza y canto, a la par que soñaba con un espacio propio para compartir esas prácticas con otras personas.
Finalmente, pudo materializar su anhelo en Río Ceballos, ciudad en la que vive hace más de diez años. De esta manera, nació El Cosquilleo Centro Cultural, sitio “con las puertas abiertas a toda expresión artística hecha con amor” -tal como se describe en sus redes sociales- y donde pueden encontrarse clases, talleres, seminarios intensivos, ceremonias y espectáculos.
Ubicado, actualmente, en barrio El Caracol, aunque el sitio congrega un amplio catálogo de propuestas, pretende consolidarse en el rubro de espectáculos. En este sentido, su fundadora señala: “Aunque todavía no podamos equiparlo con luces y sonido como nos gustaría, se va construyendo de a poco” y proyecta múltiples funciones teatrales a futuro.

El Milenio: ¿Cómo surgió El Cosquilleo?
Nadia Recepter: “El Cosqui” nació en 2020 como lugar físico, pero el sueño de contar con un espacio donde compartir arte viene conmigo desde muy pequeña. En diciembre de 2019, una amiga me propuso alquilar juntas un espacio para ella tener su proyecto a la mañana y yo el mío a la tarde. Automáticamente le dije que sí. Para mí el arte siempre es comunitario, entonces de entrada arrancar con alguien me daba mucha fuerza.
Inauguramos El Cosquilleo el 7 de marzo de 2020 con mucho impulso y un montón de ideas, pero, como ya sabemos, vino un parate que lo transformó todo. La pandemia fue un gran desafío, aunque todo lo humano que se desarrolló en esa época hizo que podamos sostenernos económicamente.
En 2023, me llegó la oportunidad de comprarme una casa propia, y ahí habilité un pequeño espacio para dar mis clases. Ahí empecé a construir lo que hoy es la sala grande de El Cosquilleo, que inauguró en junio de este año.
EM: ¿Cómo fue cambiando la propuesta del espacio y cómo influyó la infraestructura en ese sentido?
NR: En la primera casa lo que más andaban eran los talleres. Ahora, con la nueva sala, la intención es que El Cosquilleo crezca más hacia los espectáculos. La gente se va a Córdoba a ver obras y la mayoría de los artistas que hacen funciones allá, viven acá. Entonces es cuestión de tener un lugar disponible. Aunque todavía no podamos equiparlo con luces y sonido como nos gustaría, se va construyendo de a poco.


EM: ¿Dirías que la esencia de El Cosquilleo está más apuntada a lo teatral?
NR: Lo que yo creo que venía necesitando Sierras Chicas es una sala de teatro para compartir distintas artes, no solamente obras de teatro, pero sí un espacio para eso, las artes escénicas. Mi intención fue despegarlo un poco de la música, porque siento que ya hay un montón de lugares para eso, pero lo cierto es que hoy albergamos una infinidad de propuestas, desde una ceremonia de cacao hasta un taller intensivo de cerámica.
EM: Hablás en plural porque, si bien es una iniciativa tuya, sigue siendo un equipo el que hay detrás, ¿no?
NR: Hablo en plural porque en realidad una nunca está sola. Si bien el espacio es mío, siempre hay gente alrededor que tiene ese pulso de construir colectivamente. El trabajo comunitario tampoco se hace de un día para el otro, pero estamos en ese caminito. Mi intención es armar un equipo de personas que puedan sentir que el espacio les pertenece.
EM: ¿Cómo se sostiene económicamente El Cosquilleo?
NR: Con el aporte de los talleres: se reparte un 70% para el tallerista y un 30% para el espacio. Con eso sostenemos lo básico, aunque para crecer y equiparnos necesitaríamos el aporte del Instituto Nacional del Teatro (INT) y el Fondo Nacional de las Artes.
Mi intención es conseguir ese apoyo y la primera gestión tiene que ver con el municipio, porque el INT no te da un subsidio sin habilitación municipal. El gran problema que existe hoy en el corredor Sierras Chicas es que no hay legislación específica para espacios culturales. Lo que ofrecen los gobiernos locales es que se habiliten como comercios, con lo cual perdemos la posibilidad de cualquier subsidio. Ahí hay un gran agujero legal que hace rato tratamos de subsanar.

EM: ¿Cómo se ha integrado la participación de la comunidad en el espacio?
NR: Yo creo que es un proceso que estamos transitando. Hoy por hoy el espacio funciona en barrio El Caracol y para mí tener cuatro o cinco niños y niñas de la zona que vienen caminado a las clases, que no tienen que pedirles a sus padres que los lleven a Villa Allende o Córdoba, ya es un montón. Yo empecé a estudiar teatro a los 13 años y para mí siempre fue un tema el dónde, porque vivía en Berazategui, una ciudad de Buenos Aires donde había muy pocos lugares para tomar clases.
Después creo que se trata de estar abierto a lo que la comunidad quiere, que no es simple. Los primeros que llegan son los profes, recibo propuestas constantemente y está siendo un aprendizaje a qué le digo que sí. Lo mismo con los espectáculos. Lo conocido siempre atrae más, pero también apunto a meter cositas nuevas, para que la gente pueda descubrir y darles lugar a los artistas que vivimos acá.


EM: ¿Cómo te gustaría que siga creciendo El Cosquilleo?
NR: A mí me encantaría que haya mucho teatro y muchas funciones, que la gente pueda acercarse a compartir arte y cultura acá, en el territorio, y descubrir cosas nuevas, que en definitiva es lo que nos hace crecer.
Hay algo de las artes que integra, que nos nutre desde distintos lugares y nos permite descubrirnos. El arte en mi vida significó encontrarme conmigo misma, con la profundidad de ser quien soy, en el marco de una familia que no se vinculaba específicamente con esas expresiones. Para mí, el arte nos lleva a conectar con otros y con nuestra esencia, ese es el camino que yo descubrí y hoy quiero compartir.

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