4 abril, 2026

El Milenio

Noticias de Sierras Chicas

Siete Colores, una comunidad que crece a su ritmo

Este espacio de educación alternativa se sostiene gracias al trabajo colaborativo de sus integrantes y cumplió una década de vida. En el mismo, la bioconstrucción, el reciclaje y la conciencia ambiental se vuelven pilares fundamentales del quehacer colectivo y la formación de los niños y niñas que asisten.
  • Por: Benjamín Insausti y Santiago Alonso 4° IMVA – Ramiro Quiroga, Sofía Pérez y Christian Gaspar Ohanian 4° IENM.

Enclavada en la montaña y abrazada por el arroyo Cabana, nació en 2014 Siete Colores, una propuesta educativa que funciona en barrio Quebrada Honda de Unquillo. El proyecto surgió de la mano de un grupo de familias y maestras pertenecientes a la escuela Semillas de Sol, que contaba con una propuesta curricular para realizar el jardín de infantes.

Así, se buscó que los niños y niñas que formaban parte pudieran continuar y hacer el nivel siguiente. “A medida que crecían, surgió la necesidad de construir un aula donde pudiera funcionar el primer grado de la primaria, y así fue: nos organizamos y sucedió”, cuenta Daniela Darsie, una de las primeras familias en llegar. De esta manera, comenzó a funcionar la institución en un predio un predio facilitado por un papá de la comunidad.

“Uno de los mayores logros fue terminar la primaria. Poder tener desde jardín hasta sexto grado es el resultado del trabajo comunitario de todos estos años, junto con el equipo de docentes que crece y se consolida a la par nuestra”, comparten Darsie, Djamila Beretta y Nicolás Cardinale, madres y padres del espacio.

Actualmente cuentan con cinco aulas, cada una compuesta por un baño y una cocina, buscando replicar la calidez de un hogar. Pisos de madera, paredes de adobe, ventanas de distintos tamaños y colores pasteles, son algunas de las características del lugar donde las mañanas de Siete Colores suceden. 

Así, hoy en día la comunidad está compuesta por 68 estudiantes (de entre 3 y 12 años) junto a sus familias y un grupo de nueve maestros y maestras. Asimismo, ya son cuatro las promociones de egresados y egresadas que culminaron su ciclo a través de esta propuesta.

Aprender en ronda


El 14 de abril, se realizó una peña en La Minerita de Unquillo, para festejar los 10 años. Créditos PH: Gabriela Bazán

En ambos niveles, se trabaja con grupos reducidos, atendiendo a la individualidad, a los tiempos y procesos particulares de cada niño/a y sus necesidades. “Este año los grupos están conformados entre 10 y 14 estudiantes, y ese es el límite. Ya que permite a maestros y maestras poder seguir de cerca el proceso particular y único de las infancias”, asegura Cardinale.

En este sentido, durante cada jornada hay distintos momentos que van marcando su ritmo, como las rondas al comienzo y al final del día, en el que se enciende una vela del color que lo representa para agradecer, pedir deseos y compartir novedades. 

Al respecto, Beretta sostiene: “La ronda nos iguala, nos permite mirarnos entre todos y todas. En las rondas también se canta, se tocan instrumentos y se baila. Y eso sólo se puede lograr con grupos pequeños, algo muy importante para esta comunidad”.

En cuanto a los contenidos y propuestas de enseñanza- aprendizaje, una vez por semana el equipo docente se reúne para planificar las clases, compartir los procesos de cada grupo e intercambiar estrategias pedagógicas.

Partiendo del juego libre, labores como el tejido y la alimentación saludable, los y las estudiantes van descubriendo y acercándose a los contenidos, año tras año. A su vez, la música, el dibujo y el movimiento son claves para su desarrollo. 

La autogestión como bandera


Para más información comunicarse a comunidadeducativa7colores@gmail.com o por Instagram @comunidadsietecolores

Si bien a lo largo del corredor existen otros espacios de educación alternativa que funcionan por fuera del régimen oficial, Siete Colores es uno de los más accesibles en términos económicos. Según cuentan los entrevistados, esto es uno de los aspectos que más los identifica ya que, además de los aportes mensuales (cuotas) que hace cada familia, el trabajo de autogestión es imprescindible.

“Uno de los requisitos para formar parte de la comunidad es que las familias se involucren, no sólo por una cuestión económica sino por el espíritu socio-comunitario y pedagógico que implica estar y ser con otros, otras”, reflexiona Beretta.

Por su lado, Cardinale, quien además de ser papá, es el carpintero que realizó muchos de los juguetes, bancos y sillas utilizados, añade: “Siete colores no es un lugar donde vas y ´depositás´ a tus hijos. Es una comunidad educativa, donde todos aprendemos, nos involucramos y disfrutamos de estar allí”

Asimismo, cuentan que “como toda organización sin fines de lucro, la horizontalidad y la participación en la toma de decisiones son aspectos fundamentales”. “No hay director/a, sino que nos manejamos colectivamente mediante asambleas que es el órgano oficial donde se toman todas las decisiones que giran en torno al funcionamiento del espacio”, detalla Darsie.

Por tanto, los últimos sábados de cada mes, de manera obligatoria, familias y docentes se reúnen en asamblea para tratar diferentes temas o situaciones. Desde la organización de un evento o venta de productos para recaudar fondos, hasta cuestiones pedagógicas, se resuelven por consenso y no por votación, lo cual definen como “una situación de aprendizaje desde la diversidad” -en sus palabras-.

Además, frente a la multiplicidad de tareas que demanda el día a día, con los años se han ido conformando más de 15 comisiones que se encargan tanto de la limpieza de las aulas y el manejo administrativo de los números, como de cortar el pasto y conseguir leña para la calefacción del lugar.


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