- Participaron: Morena Alzabé y Facundo López Saieva (4to IMVA). Ariana Delfino y María Luz Moyano (4to IENM).
Aun habiendo muchos jóvenes sierrachiquenses que se reciben anualmente como médicos, casi ninguno decide ejercer en la zona. Así lo reconoce Daniel Loyber, uno de los doctores en actividad más antiguos (y queridos) de Unquillo. También uno de los pocos que vive y trabaja en el mismo lugar, algo que considera fundamental a la hora de atender a sus pacientes.
“Es que además de ser mis pacientes son mis vecinos, compartimos el mismo territorio, a la mayoría los conozco de cruzarlos en el súper, en el club o del mismo barrio donde vivo”, explica el especialista en Medicina General de Familia, de Cabecera y de la Comunidad que, a sus 66 años, afirma sentirse “joven y con fuerzas para continuar trabajando”.
Ex director del Hospital Miguel Urrutia, para Loyber, “el sentido de comunidad en la salud es fundamental”. Por eso, aunque Unquillo ya no es el pueblo que supo conocer en su juventud, la clave para el profesional sigue siendo “dedicarle tiempo a cada consulta y escuchar a los pacientes sin apuros”.
La militancia del médico a favor de la comunidad lo llevó más allá del consultorio, involucrándose en la vida política del pueblo, desde la lucha gremial para mejorar las condiciones en el ámbito de la salud, hasta la ocupación de una banca en el Concejo Deliberante entre 1999 y 2003.
Aunque su vasto recorrido también lo llevó a la ex Maternidad Provincial de Córdoba durante varios años, el Dr. Loyber afirma que su lugar siempre estuvo en Unquillo, la ciudad que eligió para criar a sus cuatro hijos, cerca de su familia y amigos.

El Milenio: ¿Cuándo supo que quería dedicarse a la Medicina?
Daniel Loyber: De adolescente decía que quería ser médico y me daba vuelta el deseo de irme a algún lado a ejercer, me gustaba la idea de ir al Sur de Argentina, para cuidar y curar gente. Así y todo, cuando terminé la secundaria me anoté en otra carrera. No duré ni dos semanas que ya me había inscripto en Medicina.
Mi papá era médico, aunque no siento que eso me haya influenciado demasiado, porque se dedicó a la investigación, fue profesor de la UNC, y sólo hizo medicina asistencial cuando yo era muy chiquito, o sea que no lo recuerdo en contacto con los pacientes. Sin embargo, evidentemente algo de él caló en mí.
EM: ¿Cómo fue encontrando su especialidad dentro de esta profesión?
DL: La carrera es amplia, tiene muchísimas especialidades, pero desde jovencito a mí me gustó el contacto con la gente, con el paciente. Por lo que desde un principio yo supe que quería buscar algo que abarcara de manera integral a la persona.
Mi esposa también es médica y en ese momento ya estábamos buscando qué hacer, cuando encontramos una residencia (una especialización que se hace una vez recibido) en Villa Dolores, Córdoba.
Era sobre medicina generalista y fue la primera de la provincia en ese entonces. Fuimos y nos gustó mucho, nos quedamos ahí casi cinco años. Allí hicimos medicina rural, trabajamos en dispensarios y aprendimos mucho de todas las atenciones básicas en distintos ámbitos.
A esa especialidad actualmente se la conoce como Medicina General de Familia, de Cabecera y de la Comunidad, abarca la atención tanto de niños y niñas, como adultos, adultas, es decir, el históricamente llamado médico de familia.

EM: ¿Cómo llegó a Unquillo y por qué eligió este lugar para instalarse?
DL: Mientras estábamos en Villa Dolores descubrí que un médico de Unquillo había hecho lo mismo que nosotros y ahora tenía una clínica, así que me contacté para saber si había un lugar para trabajar allí y automáticamente me dijo que sí.
Una vez instalados con mi familia, descubrí que había un hospital (el actual Hospital Provincial Profesor José Miguel Urrutia), que en ese momento era algo muy chiquito. Me presentaron al director, quien me dijo que se necesitaban médicos en la zona, médicos con la formación que yo había presentado justamente, por lo que al día siguiente ya estaba trabajando en ambos lugares.
En el hospital opté por un cargo que en esa época se llamaba residente radicado, aquel que, tras haber tenido una formación previa, la provincia le daba la opción de ir a un lugar, generalmente del interior, para ayudar a formar estudiantes antes de recibirse, experiencia que disfruté y de la que aprendí muchísimo. Estuve varios años haciendo eso y me tocó acompañar a muchas camadas de chicos y chicas que hoy en día ya son orgullosamente colegas.
EM: ¿Cómo diría que es su relación con los pacientes?
DL: Tomarse el tiempo de estar con el paciente para mí es fundamental, ya que me brinda una mirada integral de quien se acerca al consultorio. Crear un vínculo, saber de su familia, dónde vive, qué actividad hace, es de suma importancia.
No se trata solamente de preguntar por qué vinieron y hacer una receta, sino tomarse el tiempo de ver cómo está el paciente, pesarlo, tomarle la tensión, charlar un poco. A veces vienen acompañados, traen a un familiar o a un amigo, y eso dice bastante. Valoran mucho al médico que no está de apuro, que no los despacha rápido.
EM: ¿Por qué decidió continuar la actividad tras dejar el Hospital Urrutia?
DL: Yo estoy jubilado de la función pública por los años de servicio en el hospital y por mi edad. Quizás hubiera seguido si me lo hubieran propuesto, pero lo cierto es que ha cambiado bastante la relación médico-paciente y la relación médico-médico en esos ámbitos.
El Hospital Urrutia creció mucho y eso implicó más servicios y más profesionales. La dinámica de trabajo cambió bastante con respecto a lo que yo estaba acostumbrado, la mayoría de los médicos que se fueron sumando no son de la zona, por lo cual el vínculo entre el personal y con los pacientes se vio modificado.
Sin embargo, decidí continuar trabajando en el ámbito privado porque sinceramente me gusta lo que hago y porque todavía me siento joven y con fuerzas para seguir. Los pacientes son mis vecinos y estar cuando me necesitan es mi tarea.

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