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De la incertidumbre a la pasión

Durante su juventud, criticó fuertemente el rol de los medios en la sociedad, sin saber que tiempo después incursionaría en ellos, buscando darles otro matiz. Hoy, la periodista, docente y escritora Mónica Ambort, luego 40 años de trayectoria, transita su jubilación en Sierras Chicas, aún conectada al trabajo que supo resignificar para sí misma y los lectores.


Poco antes de que el sol se ocultara, llevándose el tenue calor de la tarde invernal, Mónica Ambort se dispuso a repasar su vida, su recorrido por el periodismo y algunas de sus anécdotas más sentidas. Acababa de terminar su rutina de ejercicio, una de sus actividades preferidas, aunque claro, después de la escritura.

Lo primero que esbozó al iniciar el encuentro, que transcurrió al aire libre, entre risas, facturas y café, fue la confesión que guiaría el resto de la conversación: “No elegí el periodismo. No fue fruto de una vocación, sino de un acto de desesperación”.

Más tarde, fueron la avidez de transformar el mundo, el deseo de contar historias y la “herida abierta” por los crímenes de lesa humanidad de la dictadura, algunas de las razones que la llevaron a enamorarse, con el tiempo, de su profesión.

Durante la infancia, desarrolló aptitud para las letras, pero también para los números. A medida que transcurrían los años, sus aficiones oscilaban entre disciplinas tan disímiles como la medicina, la abogacía y la psicología. La adolescencia llegó en medio de ese “estado de desconcierto”, junto con la “efervescencia política” que trajo la breve Primavera camporista en 1973.

En ese escenario, un anuncio publicado por La Voz del Interior que promocionaba las inscripciones a la Escuela de Ciencias de la Información (ECI) terminó por esclarecer el dilema personal de Mónica. El diario incluía el listado de materias y ese popurrí de áreas diversas que incluía la carrera “encantó” inmediatamente a la joven.


Así inició su trayecto universitario en “la Escuelita” (como popularmente se conocía a la ECI), aunque la dictadura militar pronto interrumpió esa aventura. “Fue muy penoso estudiar en esa época, se vivía un clima de terror”, rememoró. 

En pleno caos nacional, las clases de Nuevo Periodismo fueron un oasis para Mónica, que comenzaba a descubrir lo acertado de su decisión profesional. “En aquella cátedra donde hablábamos de una forma de comunicación subterránea, que se podía escribir con recursos de la literatura, me formé y me encontré. Eso era lo que quería hacer”, recordó la actual vecina de Mendiolaza. 

En los inicios de la década del 80, Ambort dio sus primeros pasos en el campo laboral e ingresó al diario Puntal de Río Cuarto. Su paso por el reconocido medio marcó la apertura de una vasta trayectoria, que continuó en Página 12, La Voz del Interior y Clarín, entre otros espacios.

Amor-odio

Aunque se reconoció como una “apasionada”, Mónica admitió también que siempre tuvo una “relación tormentosa” con su oficio. La urgencia de la labor diaria y la superficialidad, impuesta por las condiciones o por los patrones, para tratar los temas de agenda, frecuentemente la hacían cuestionar los principios de la tarea.

Esa controversia, así como la necesidad de subsistir económicamente, la llevaron tiempo después a la docencia, un nuevo rol donde la vocación fue apareciendo sobre la marcha. “Nunca quise ser docente, entre otros motivos, porque no sentía que pudiera serlo. Para dar clases tenés que tener algo que enseñar y nunca creí que lo tuviera”, declaró y confesó que los primeros años frente al aula fueron “muy duros”, ya que no se consideraba capacitada.

Sin embargo, su experiencia dentro de las redacciones decía otra cosa. Finalmente, encontró su propio camino dentro de la docencia y, a lo largo de 25 años, marcó las mentes y los rumbos de cientos de jóvenes que pasaron por las aulas de la actual Facultad de Ciencias de la Comunicación.

Aunque las lecciones se centraban mucho en la correcta construcción de los textos periodísticos (con una exigencia que la caracteriza hasta el día de hoy), la impronta de su método educativo fue otra. Más allá de la enseñanza formal, la periodista se propuso “estar del lado de los estudiantes”.

“Quería que fueran apasionados y creo que lo logré”, indicó emocionada y añadió: “No he enseñado grandes cosas porque no sé grandes cosas. No soy una persona que pueda exhibir lecturas o autores, no es mi fortaleza, pero los he alentado a ser lo que les gustara”. 

Ayer y hoy

Ambort ha cosechado un digno reconocimiento en el ámbito cordobés. Su mirada y la manera en que teje las palabras para narrar los acontecimientos, la validan como una referente ineludible. Aunque no disfruta de dar “recetas o lineamientos”, se atrevió a mencionar algunas prácticas indispensables que podrían reivindicar al periodismo en la actualidad.

“Tratar de darle voz a quienes no la tienen, tener una formación sólida, conocer en qué mundo vivimos y su historia. Siempre contar con una actitud de sospecha, de interrogación. Me parece que esas son las cosas básicas”, expuso y remarcó la empatía como ingrediente infaltable. 

Además, valoró los beneficios que ofrece la tecnología para mejorar la calidad de los contenidos, entre los cuales destacó “el archivo”. “Desde chica padecí que no hubiera archivo porque quería hacer notas contextualizadas. Generalmente recurría a la gente mayor que ayudaba con su memoria, pero encontrar todo en internet es buenísimo”, reconoció.

En cuanto al panorama actual de la profesión, la periodista lamentó la precarización y celebró la proliferación de opciones alternativas. Al respecto, reflexionó: “Los grandes medios sirven a grandes grupos empresarios y económicos, mientras que en los chicos está el dilema de la supervivencia. Es muy duro”.

Finalmente, Mónica habló acerca de su presente. La militancia en el feminismo y el trabajo con jubilades (sic) de la UNC son las dos principales ocupaciones a las que dedica hoy sus días. Asimismo, aguarda la publicación del libro “Las chicas de Puntal”, cuyo origen es un blog que escribió junto a sus primeras compañeras de redacción, en el marco del 40 aniversario del medio gráfico. 

Mientras tanto, Facebook se convirtió en un aliado cotidiano para plasmar relatos breves “de manera más laxa”. “Me da mucha alegría escribir, adoro ese hecho, aunque también es un padecimiento y me cuesta mucho, quizá porque soy muy exigente. Pero la dicha y felicidad que me produce haber realizado un texto es inigualable, indescriptible”, concluyó Ambort.

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