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La vida después del fuego

En 2020, Córdoba batió el récord de superficie quemada en las últimas dos décadas, con unas 330 mil hectáreas afectadas, según las estimaciones del Servicio Nacional de Manejo del Fuego. Entre la desinformación y las ansias por reforestar, las profesionales Luciana Peirone y Mailén López acercaron conceptos a tener en cuenta para la recuperación del monte nativo.

Colaboración:

Valentina Fischer, Bautista Enríquez, Facundo Quirós y Agustín Pérez.

4to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio.


Con un total estimado en 2.426.000 hectáreas, las sierras de Córdoba conservan un puñado considerable de vida silvestre. Recientemente, la Red de Restauración Ecológica Argentina (REA) – Nodo Centro advirtió a la población sobre los factores antrópicos que amenazan a los ecosistemas serranos, notoriamente alterados y fragmentados por urbanizaciones, incendios, redes viales, deforestación, sobrepastoreo, basurales e invasión de especies exóticas, entre otros peligros que ponen en jaque su supervivencia.

Entre 1999 y 2020, las llamas devoraron un millón de hectáreas en Córdoba, incluyendo las más de 330 mil afectadas este año, el peor de las últimas dos décadas. Según los registros de la REA, esto se traduce en un 40% de la superficie serrana bajo las cenizas. Hoy, la amenaza latente del fuego puede alterar gravemente el proceso de recuperación natural, perturbar la regulación climática y el acceso a recursos como el agua.

«En estos sitios, donde los focos son frecuentes, la vegetación tiende a permanecer como pastizales o matorrales bajos, con suelos erosionados y una alta probabilidad de volver a quemarse«, manifestó la red de especialistas y advirtió que el 94% del bosque nativo ha quedado en ese frágil estrato vegetal que hoy se encuentra en proceso de recuperación.

Acompañar el ciclo natural


Tras las desoladoras imágenes de los últimos incendios, el primer impulso de muchos sectores de la sociedad ha sido acudir a reforestar. Sin embargo, la comunidad especializada señala algunas precauciones al respecto.

Para la bióloga de Villa Allende Luciana Peirone Cappri, becaria doctoral del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (CONICET-UNC), esperar un diagnóstico es una tarea necesaria ya que, según diversos estudios, se estima que entre un 70 y un 100 por ciento de los árboles y arbustos que se queman, sobreviven. Incluso tras un incendio voraz, “las especies pueden rebrotar desde el tallo o desde la raíz”, indicó Peirone. «La recuperación de la biomasa de las plantas leñosas por rebrote es 1500 veces mayor que la recuperación por regeneración a partir de semillas«, coincidió la REA.

Por ello, la bióloga señaló que, durante el primer año posterior a un incendio, no hay que emprender acciones de reforestación. “Hay que esperar y ver qué sucede, si se recupera o no el suelo y sus primeros estratos de vegetación, que son las herbáceas y los pastos”, apuntó.

Para la profesional, al momento de restaurar los espacios quemados hay que tener en cuenta tres factores: las particularidades del ecosistema propio de la región, la diversidad de especies y su capacidad de restauración y la fragilidad del suelo post incendio.

Las plantas nativas tienen cierta capacidad para recuperarse por sí mismas, se adaptan y cuentan con partes subterráneas desde donde pueden rebrotar e ir recuperando sus funciones”, sostuvo. Además, advirtió que después de un incendio, el suelo queda muy irritado: “Hay que prestar atención y tratar de no pisarlo. No se recomienda que ingrese ganado, ni autos, ni grupos grandes de personas”. En este sentido, es fundamental reducir la carga ganadera (actividad económica frecuente en las sierras), ya que las vacas degradan el suelo y se comen los renovales de los árboles.

Después de los fuegos, la restauración de la biomasa de las plantas leñosas por rebrote es 1500 veces mayor que la recuperación a partir de semillas, por eso la principal tarea es evitar que se produzcan nuevos daños al ecosistema (Fuente: REA).

Bombas de semillas, ¿sirven?



A pesar de ser una valiosa herramienta didáctica y un atractivo instrumento para la siembra, Peirone sostiene que las famosas bombas de semillas, como plan de reforestación, no son recomendables e incluso pueden ser contraproducentes, ante el riesgo de mezclar semillas nativas con exóticas. “Su creador, Masanobu Fukuoka, las inventó para sembrar cultivos, no para reforestar”, apuntó.

No hay estudios sobre su efectividad. Además, hay que tener en cuenta ciertas particularidades sobre cómo se reproducen las especias nativas. Algunas necesitan pasar por el sistema digestivo de las aves y otras necesitan tratamientos germinativos previos, porque las semillas son duras”, explayó la bióloga.

En este sentido, la técnica en Gestión Ambiental unquillense Mailén López, especializada en reforestación y tratamiento de especies nativas, señaló algunas consideraciones: “A las semillas duras se les puede pasar una lija suavemente, para darles un respiro y ayudarlas a germinar. Luego se hidratan entre 24 y 48 horas en agua tibia tirando a fresca. Cuando las semillas flotan (las que no flotan, no sirven), se las puede llevar a tierra y recién cuando el árbol alcance unos 50 cm, se puede usar para reforestar”.

A su vez, aclaró que no cualquier variedad de flora forma parte de la vida silvestre de Sierras Chicas. “La provincia tiene cuatro grandes eco-regiones. Cada una cuenta con diferentes especies que se desarrollan mejor gracias al tipo de suelo y el ambiente que las rodea. Las Sierras Chicas pertenecen a la zona espinal, donde las especies más representativas son el molle, el espinillo y el coco”, continuó la técnica.

Según López, en un posible plan de germinación también se pueden sumar ejemplares de moradillo, tala y falso tala, quebracho blanco, sauce criollo, garabato, piquillín, chañar, algarrobo blanco y negro y lagaña de perro, entre otros. “Es una gran oportunidad para recuperar especies perdidas”, indicó la gestora.

Por su parte, también advirtió sobre la amenaza de las especies exóticas (tales como siempreverde, mora, acacia, paraíso, pino, eucalipto, jacarandá y olmo), las cuales “se apropian del agua y se propagan como plagas”, siendo necesario controlarlas mediante poda o remoción directa del suelo.

En consonancia, Peirone destacó la importancia de la educación ambiental y la responsabilidad social: “Debemos ser conscientes de que vivimos en ecosistemas. Hay que aprender a distinguir las especies propias de las invasoras y plantar árboles nativos (que muchas veces sacamos por considerarlos “yuyos”) en jardines, plazas, parques y veredas. Eso ayuda a mantener la biodiversidad”, concluyó la especialista.

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