Francisco Etchemendy cultiva hortalizas, frutas y cereales junto a su familia en un campo ubicado sobre la ruta E-53. Ante el aislamiento impuesto por el COVID-19, los Etchemendy decidieron seguir adelante con su emprendimiento de una manera creativa que apela a la honestidad y solidaridad de sus vecinos.

Colaboración:

  • Catalina Bassini Juan
  • 4to año, Instituto Milenio Villa Allende

Francisco Etchemendy es agricultor, restaurador de tractores antiguos y vecino de Mendiolaza. Junto a su familia, cultiva hortalizas, frutas y cereales en una pequeña chacra ubicada sobre la ruta E-53 (kilómetro 14.5), donde también vende habitualmente sus productos.

En las últimas semanas, el aislamiento obligatorio lo obligó a trasladar su punto de venta rutero a la vereda de su casa, en barrio El Talar (Av. Tissera 751). Allí, dispusieron los productos de la huerta familiar, pero con una particularidad: los clientes toman ellos mismos la mercadería y depositan el dinero correspondiente en un buzón.

Este novedoso sistema “autoservice” (muy frecuente en ciudades europeas, pero difícil de concebir en el contexto cultural argentino) no sólo es más seguro, al disminuir el contacto entre personas y la manipulación de dinero, sino que ofrece a la clientela una gran facilidad, al estar abierto todo el día.

Historia de familia


El negocio de Etchemendy surgió cuando sus padres se mudaron a Mendiolaza en 1970, escapando de la ciudad de Córdoba que, como expresó el agricultor, en ese entonces “ya era una urbe”, llevando en sus corazones la idea de “la vida en el campo”. Su padre era mecánico y su madre, concertista de piano y docente.

Francisco comenzó a cultivar la tierra para el sustento de su familia a los seis años, cuando su padre inventó un mini tractor con el motor de un micro coche y empezó a imitar lo que sembraban los vecinos: choclo (maíz), zapallo, calabazas, zapallitos, sandía y melón.


Cuando tenía seis años, Diego Etchemendy (padre de Francisco) fabricó un mini tractor con el motor de un micro auto (popularmente conocido como «ratón»).


Años más tarde, en 1995, “Pancho” le dio un giro comercial al proyecto, alquilando unas tierras sobre la ruta E-53 y valiéndose de un viejo tractor para trabajar. Hoy en día, el emprendimiento es llevado adelante por el clan Etchemendy: Francisco, su esposa, sus tres hijas, tres sobrinos y un yerno.

Además, contratan a otras personas como tractoristas y alambradores, y para tareas de cosecha, desyuye, carpidas y vigilancia. “Incluso, si hay abundancia de producción, buscamos gente con ganas de progresar y le damos los choclos a medias para que los vendan en la ciudad de Córdoba. Hoy, con la producción de 25 hectáreas, se benefician directamente 22 familias de las Sierras Chicas”, señaló el agricultor.

Técnica milenaria


Recordando los orígenes de su proyecto, Etchemendy contó que los campos que utilizan fueron abandonados por sojeros y explicó que hoy en día la agricultura se realiza principalmente con la modalidad de siembra directa. “Esto significa básicamente que no se mueve la tierra para sembrar, se coloca directamente la semilla en una raya que hace la sembradora en el suelo y el control de malezas se realiza fumigando. Un cultivo de soja necesita por lo menos tres o cuatro aplicaciones de herbicidas e insecticidas”, señaló.

Francisco explicó que él y su familia aran la tierra utilizando la “milenaria técnica del barbecho largo”, o sea que la tierra es movida con muchos meses de anticipación y mantenida, por medios mecánicos, sin malezas. Dicho sistema permite conservar una buena cantidad de humedad para los meses de extrema sequía. Además, también se encargan de cuidar las escorrentías trabajando el suelo con la construcción de terrazas y sembrando conforme a las curvas del nivel.

A su vez, los Etchemendy no utilizan fertilizantes químicos, sino que aprovechan los criaderos de aves de la región, utilizando su estiércol como abono orgánico. “En caso que sea necesario salvar algún cultivo de choclos de una plaga, tenemos una pequeña máquina para aplicar fitosanitarios, habilitada luego de cumplir 500 protocolos de seguridad y haber aprobado el curso que brinda el Ministerio de Agricultura; poniendo en conocimiento a la municipalidad de Unquillo y Río Ceballos con una receta fitosanitaria de los productos a aplicar, según la legislación correspondiente”, aclaró Francisco.


El campo cultivado por la familia Etchemendy se encuentra sobre la ruta E-53.


De este modo, obtienen varios cultivos 100% orgánicos: zapallo, calabaza, zapallito verde, sandía y melón. “Los choclos son agroecológicos de transición, por eso casi todos tienen su gusanito en la punta”, señaló el agricultor. Se cosecha al amanecer y los productos se ponen inmediatamente a la venta.

Etchemendy contó que su proyecto fue evolucionando conforme a la pasión, el compromiso y la experiencia adquirida, siempre aumentando en calidad y cantidad. “Por ejemplo, nuestra variedad de zapallo plomo o criollo fue mejorada a lo largo de casi 25 años, seleccionando las semillas del mejor zapallo de la temporada año tras año. Hoy nos enorgullece ser los proveedores exclusivos del zapallo que integra las comidas típicas de casi todos los festivales de nuestra provincia de Córdoba”, apuntó el vecino de Mendiolaza, con orgullo.

Marketing de emergencia


Francisco comentó que cuando se ordenó el aislamiento social, la ruta E-53 quedó desierta. Como él estaba a cargo de su madre, de 84 años, decidieron trasladar los choclos y otros cultivos a la casa e implementar el formato autoservicio, para disminuir el contacto con los clientes y con el dinero. Con esta modalidad, sin supervisión, el negocio está abierto “las 24 horas”.


Para seguir el emprendimiento en las redes, @elpuestitodeloschoclos. Foto gentileza Pedro Castillo para La Voz del Interior.


Este sistema de venta basado en la confianza y la honestidad resulta extraño en Argentina y lleva a preguntarse sobre la inseguridad. Sin embargo, Francisco apuntó que la repercusión de la propuesta fue inmediata, con gran colaboración de los vecinos, y que “no hubo robos ni avivadas”, ya que El Talar de Mendiolaza “es un barrio muy solidario y que no se presta para ese tipo de cosas”, aunque no cree que Argentina en general esté preparada para “semejante cambio”.

Desde el inicio del periodo de cuarentena y tomando en consideración las normas preventivas recomendadas, los Etchemendy han reforzado las medidas de higiene. “Los zapallos se lavan con agua con lavandina antes de ser cortados y se trabaja con guantes de látex para su manipulación. Además, se ve que los clientes usan protección y andan con alcohol encima”, destacó.


Los choclos cuestan $100 la media docena y $200 la docena. Los zapallitos verdes sirven de vuelto, cada uno equivale a $10.


En medio de la contingencia suscitada por el coronavirus y teniendo en cuenta la prolongación de las medidas, “Pancho” señaló que se seguirán manejando bajo esta modalidad y procurarán incorporar los recaudos necesarios para ofrecer productos buenos y seguros, aunque adelantó que, una vez concluida la cuarentena, volverán a su puesto de venta original en la E-53.