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“El humor es fluir, un arroyo que no se puede frenar”


Lo dijo el actor José Luis Serrano, creador de Doña Jovita, que pasó por la Penitenciaría de Bouwer en el marco del Festival Pensar con Humor.

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“Hagamos de cuenta que estamos debajo de una parra, a la sombra, en un patio”, propuso al público.

Nunca había estado tan lleno el auditorio del módulo MD1 del Penal de Bouwer. Hasta en los rincones había gente parada. Y en el escenario un hombre solo: José Luis Serrano, actor, cantor, nacido en Villa Dolores, criado en el valle de Traslasierra y, desde hace 33 años y un mes, la persona que encarna a la abuela que nos hace pensar, en clave de humor, la vida simple de las personas que viven en el campo: Doña Jovita.

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En el marco de la 13ª edición del Festival Pensar con Humor, Serrano hizo un espectáculo distinto a lo que viene acostumbrado: “Hagamos de cuenta que estamos debajo de una parra, a la sombra, en un patio”, dijo apenas subió, vestido de jean y pulóver azul. Invitó al público a imaginar una trastienda en donde el actor, entre canciones y relatos chuncanos, fue transformándose en el escenario.

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«El humor es una forma de vida»

“Antes me dibujaba las arrugas. Ahora me las tengo que esconder un poco”, dijo, mientras se maquillaba la cara ante un espejo de marco verde y la vieja entrañable que todos conocen iba apareciendo en sus facciones. A medida que la transformación avanzaba, Serrano, a veces con su voz, otras impostando la de su personaje, fue contando historias de los habitantes de las sierras que lo inspiraron y su manera de aceptar la vida, toda una sabiduría. Y, cada cinco minutos, soltaba una ironía o un chasque que impacta como látigo en el público y los hacía soltar una carcajada unísona.

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“Yo no elegí hacer esto, Fue algo que me fue saliendo. Cuanto más esconde uno la voz que tiene adentro, más encerrado está”, dijo. “El humor no es el chiste. El humor es una forma de vida, es sinónimo de fluir, y lo tenemos que adoptar como manera de actuar, como una arroyo que no se puede frenar”, agregó.

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Cuando llegó al penal comió del pan que cocinan los internos y conoció la carpintería, por eso después dedicó una canción a quienes trabajan ahí: “Haz con tus propias manos la cuna para tu hijo”; cantó, y todos se emocionaron.

Quince minutos después, ya maquillado, con el batón florido, las mañanitas sobre sus hombros, el pañuelo en la cabeza de donde asomaba el flequillo pajoso “hecho con los pelos de un chivo mamón”, dice, Doña Jovita por fin se personificó, y el actor salió de plano.

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“Antes me dibujaba las arrugas. Ahora me las tengo que esconder un poco”

Con la voz inconfundible de la abuela, contó cuentos clásicos, como “Medio Pollo” o “Clara Escarcha y los siete petisitos”, una revisión chuncana de Blanca Nieves. No faltó la canción “Te acordas Olegario”, dedicada a su gallo al que le dice: “¡Y pensar que cuando eras huevo casi te frité!”. Así, hasta llegar a la Jovita de hoy, una señora que camina poco, “las achuras” no le funcionan y no sabe a qué santo rezarle para dejar de usar Facebook. “Tengo un millon de amigos, pero no los conozco”, dice, como una ironía moderna de la soledad.

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