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Vivir el arte


En diálogo con El Milenio, el artista plástico Pablo García realizó un recorrido por su carrera. Los inicios, sus intereses, su trabajo en el carnaval y la exposición ‘Haití’, son algunos de los temas tratados en esta entrevista.

Tomás Espina y Pablo García en “Haití”.

“El arte no es una carrera, es una pasión, una inclinación hacia nuestro lado más sensible, más sensitivo”, así define Pablo García a su profesión. Artista unquillense, trabajador permanente, multifacético, popular, son los conceptos que lo caracterizan.

Con el dibujo incursionó en el mundo artístico a una temprana edad haciendo retratos familiares. No obstante, su interés mermó mientras cursaba el secundario y los primeros años de la universidad, cuando estudiaba la carrera de arquitectura.“Hubo todo un ciclo de alejamiento del arte como tal, aunque la arquitectura y la actividad artística están relacionadas en muchas cosas, pero de alguna forma declinó ese camino”, narró García.

Pero como las distancias no siempre son permanentes, un día volvió al mundo que tanto amó: “Mientras cursaba arquitectura entré a trabajar en unos talleres para niños y ahí hice una regresión, volví a mi estado infantil, jugaba con los colores y supe qué era lo que me gustaba”, recuerda.

Fue así como empezó a estudiar Arte, en la Universidad Nacional de Córdoba, pero también construyó un camino a partir de la autoeducación. “Incursioné  con varios saberes relacionados con el arte, pero después hice un camino personal que tenía mucho que ver con las distintas circunstancias de mi vida”, explicó.

Años Murgueros

La murga ‘Unquio Paradise’ en los ’90.

En 1995, junto a vecinos y artistas como Tomás Espina, integró la murga ‘Unquí Paradise’ que convocaba a miles de jóvenes de todos los estratos sociales de Unquillo. La misma se formó tras un pedido del intendente, quien les encargó formar una “pequeña murga”. La idea original apuntaba a unos 12 chicos” pero el número final, aquel primer año, fue de 120 personas.

Los preparativos fueron en una casona abandonada frente a donde actualmente se encuentra el supermercado Cordiez. “En ese espacio construíamos los zancos, las máscaras, vestuarios, hasta los instrumentos”, destacó. Y junto a Tomás, realizaron los estandartes, diseños y todo aquello que constituía la imagen de la murga.

Por su parte, los vecinos de la localidad también se acercaron a colaborar, siendo una parte activa de la murga. “Las mamás venían a coser. Había muchas máquinas andando todo el tiempo. Fue un boom, un trabajo colectivo impresionante”, relató.

El dúoGarcía-Espina también se encargaba de construir el “Momo”, además de los otros muñecos que se quemaban al final del Carnaval. Las figuras medían entre siete y ocho metros de altura y se construían a partir de un trabajo de herrería, tela y cartapesta. Esta última técnica también era utilizada para construir las máscaras murgueras.

Haití: la muestra de lo que no se muestra

Las 700 cabezas que conformaron la ‘zona vertical’ de la muestra “Haití”.

Con Espina le es muy sencillo trabajar, ya que mantienen una relación muy fluida en donde “no tenemos que buscar una conexión, porque sabemos qué es lo que nos conecta. A partir de ahí  podemos indagar más fácilmente en los puntos en común y, a su vez, el convivir es muy placentero”, resaltó.

De este vínculo nació la muestra ‘Haití’. El objetivo era crear una exposición que “en algún sentido tuviera que ver con lo que habíamos hecho juntos, en los noventa”, destacó Pablo.

‘Haití’ fue presentada en el Museo Emilio Caraffa (en Córdoba Capital) en 2016 y constaba de dos partes, “dos zonas”, como García dice. Una de las secciones es vertical y estaba compuesta por 700 cabezas de barro, hechas a mano por el dúo y ordenadas en distintas repisas.

“Con Tomás modelamos las figuras cuando la masa estaba fresca. Después se horneaban, sin esmaltar. Luego hicimos un proceso con humo para ennegrecerlas. Todo ese trabajo se hizo en Córdoba. Pero la post producción, que era cuando las pintábamos, se hizo en Río Ceballos. Sin embargo, Unquillo es la referencia inicial. Siempre está presente”, explicó.

Las cabezas buscaban ser una referencia a su trabajo previo en los carnavales, reflejando los personajes del pueblo, como los linyeras que dormían en aquella casona, en donde se gestaron las primeras murgas. “El carnaval tiene que ver con lo popular, lo callejero, con lo no estilizado y lo más primitivo de la vida”, destacó.


“El carnaval tiene que ver con lo popular, lo callejero, con lo no estilizado y lo más primitivo de la vida”


El otro sector que componía la obra, el horizontal, era una mesa que albergaba muchísimas revistas cubiertas de polvo. Esa mesa tensionaba con las cabezas pero, como él mismo explica, esas tensiones no son fijas. “Mientras menos podamos responder directamente, quiere decir que hay un espacio más poético y ambiguo, de mayor posibilidad de lecturas”.

Además de un recordatorio de sus trabajos en los carnavales, la exposición es un homenaje al país que le da nombre. “Haití fue el primer pueblo en independizarse de las colonias y el primer pueblo de esclavos, que se independizó de la esclavitud. Ambos hechos fueron negados históricamente por lo que es un homenaje a ese hecho y también a toda aquella historia oculta, negada, metida dentro de otra historia más exitosa y más blanca”, expresó.

Y agrega: “‘Haití’ es una referencia a nuestra memoria personal y colectiva invisibilizada. Esas caras nos miran desde el pasado, desde otro tiempo pero que también es algo nuestro, interno que está tapado”.

Modelado energético

Tanto en el arte carnavalero, como en la muestra  del Museo Caraffa, la escultura tiene un rol protagónico. Esta técnica es, en sus propios termino, energética. “La escultura, el trabajo con el barro y la arcilla, como cosa manual, expresa toda su energía.  La pintura también le atrae, pero el acto de modelar “es un acto total, que involucra mucha energía”. Pablo expresa que no podría elegir entre una u otra, ya que son muy diferentes entre sí.

Sin embargo no descarta trabajar con otras técnicas o mezclar varias entre sí. “No tengo como una preferencia ni un registro que diga “estos son mis límites’”, dice. Actualmente está incursionando en las acuarelas.

De Arte Vivo

Además de una pasión, para Pablo, el arte es una manera de vivir. “Más allá de la profesión, hay un arte de vivir. Cómo vivimos también tiene que ver con el arte. Cómo nos manifestamos en las distintas aéreas de la vida, también son zonas del arte”, expresó.

“Vivo el arte como una forma de vivir.En algunos momentos se vuelve una posibilidad económica, de intercambio con otros artistas, de que lo que uno haga conecte con ellos, con zonas profundas de uno y con zonas profundas del otro”.

A su vez, resaltó que es una herramienta para pensar en cómo cambiar el planeta, ya que mientras más entramos en el mundo de lo sensible, lo expresivo, las emociones y los sentimientos, más nos alejamos de la locura, las guerras y los egoísmos.


Pablo García nació en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1964. Estudió Arquitectura y Artes Visuales en la Universidad Nacional de Córdoba. A partir de 1995 se trasladó a Unquillo, donde participó en la realización de las artes para el carnaval tradicional de ese pueblo. Desde 2002 a 2012 vivió entre México y Guatemala. Actualmente reside en la ciudad de Unquillo. Su trabajo se ha expuesto en diversos centros culturales de la provincia de Córdoba, en el Museo Caraffa y en la ciudad de Buenos Aires.

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