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Oscar Beguán: una vida a través del lente

Empezó en la fotografía a los 17 años y se jubiló en La Voz del Interior cuatro décadas después. Por su cámara pasaron el Cordobazo, el derrocamiento de Alfredo Stroessner, dos mundiales y la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, entre otros tantos hechos. En esta nota, Beguán repasa su carrera y reflexiona sobre el oficio del fotoperiodista.

  • Por Lucía Argüello.luciaarguello@elmilenio.info
  • Agustín Masco y Tomás Gallego (4to IENM).
“La fotografía es la demostración más cabal de la realidad”, afirmó Oscar Beguán.

“Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje”. La frase corresponde al célebre fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson, pero bien podría funcionar como premisa para describir la vida de uno de los representantes de la fotografía periodística con más trayectoria de Córdoba: Oscar Beguán.

Mientras muchos pasan la vida entera buscando su vocación, otros, como Beguán, parecen estar marcados de antemano por el destino. El día que entró al laboratorio en penumbras de la famosa Casa Amuchástegui y vio como las imágenes aparecían mágicamente en las cubetas de revelado, la fotografía lo atrapó para siempre. Fue, para él, su “instante decisivo”, uno de los muchos que más tarde captaría con la cámara en sus casi cuarenta años como fotógrafo.

Pasó por Canal 10, Tiempo de Córdoba, agencia DyN, revista Panorama y La Voz del Interior, donde llegó a ser Jefe de Fotografía. A través del lente, fue testigo privilegiado de grandes acontecimientos de la historia argentina y latinoamericana, desde el Cordobazo hasta los mundiales de 1978 y 1994, pasando por el derrocamiento de Alfredo Stroessner en Paraguay y la explosión de la fábrica militar de Río Tercero.

“Para hacer fotografía periodística hay que estar sumamente involucrado”, afirma hoy en día desde su casa en Villa Allende, donde vive hace más de 30 años, mientras rememora los momentos más importantes de su carrera, los avances tecnológicos que la atravesaron y las penas y glorias que le trajo una vida entera como reportero gráfico.

Diego Armando Maradona en el Chateau Carreras, actual estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba.

El Milenio: ¿Cómo llegó la fotografía a tu vida?

Oscar Beguán: Me inicié en la fotografía siendo muy joven, a los 17 años, cuando trabajaba como cadete en Casa Amuchástegui, una reconocida tienda de fotografía de Córdoba. La gente llevaba sus rollos a revelar y yo era el encargado de transportar todo ese material al laboratorio del primer piso. La primera vez que me tocó subir los rollos, abro la puerta y me encuentro con una sala semi en penumbras con unas cubetas enormes donde tiraban unos papeles y, maravillosamente, emergía una imagen. Pensé “esto es magia” y, en ese momento, la fotografía me atrapó para siempre.

EM: ¿Y cómo se transformó en tu profesión?

OB: Por esas cosas de la vida, empecé a trabajar en otra casa de fotografía de un tío mío, un gran fotógrafo que me enseñó muchísimo, y ahí conocí a una persona que me insertó en Canal 10 (en ese tiempo, se mixturaban imágenes fijas con filmaciones en celuloide porque era muy caro).

Fui entrando en contacto con importantes personajes de la fotografía de aquella época, quienes me transmitieron sus conocimientos y sus historias. También hacíamos excursiones fotográficas, nos íbamos un domingo a Carlos Paz, por ejemplo, y sacábamos fotos. Era la única escuela que había, porque fotografía no se enseñaba en ningún lado.

Las circunstancias mismas de aquellos años me empujaron a la calle e hice notas de todo tipo, de repente pasaba de un basural a un desfile de modas. Por suerte venía con un concepto artístico de la imagen fotográfica que me sirvió muchísimo para la fotografía periodística. Colaboré en muchos medios cordobeses y fui corresponsal para otros tantos de Buenos Aires. Entré a Canal 10 en 1966, de ahí pasé a Tiempo de Córdoba y, finalmente, llegué a La Voz del Interior en 1978, donde estuve 22 años hasta que me jubilé.

“La gente quedaba expuesta al máximo, no sólo porque sus casas habían sido destruidas, sino por el peligro que corrían sus vidas”, dijo Oscar Beguán al recordar la explosión de la fábrica de armas en Río Tercero (1995).

EM: Te tocó cubrir una época turbulenta de la historia argentina, ¿cómo la viviste siendo fotoperiodista?

OB: Creo que la primera experiencia fuerte que me tocó fue el Cordobazo, en 1969. Lo que más recuerdo, y es algo que se me quedó grabado para siempre, fue la extrema solidaridad de la gente. Fue una manifestación muy masiva, había mucha gente en la calle, no sólo trabajadores, parecía como si no hubiera diferencias sociales. El rechazo hacia la dictadura era generalizado. Los que estaban en sus casas no sólo colaboraban con materiales para las barricadas, sino que les abrían las puertas a los manifestantes que eran perseguidos por la policía, los refugiaban y los protegían. No había ningún tipo de temor.

EM: En ese momento, como periodistas y reporteros gráficos, ¿sentían que estaban viviendo un momento histórico clave?

OB: Sabíamos que era importante porque la envergadura que tuvo el Cordobazo fue impresionante, prácticamente derrocó un gobierno militar, pero creo que no había plena consciencia de la dimensión histórica del hecho, como tampoco había consciencia del riesgo que uno corría cubriendo esos eventos, sabías que había que hacerlo, salías y lo hacías. Y te involucrabas profesionalmente con lo que estaba pasando. Pero sin lugar a dudas fue un evento demasiado poderoso, de esas cosas que te marcan para toda la vida.

Después vino el Viborazo, el regreso de Perón, el Navarrazo. La verdad que fueron años de mucha convulsión social y política. Había toda una cuestión internacional bastante fuerte, desde el movimiento guevarista hasta acontecimientos como el Mayo Francés o la Primavera de Praga. Las manifestaciones eran constantes.

Una mujer observa a través de los huecos dejados por una balacera durante el derrocamiento de Alfredo Stroessner en Paraguay (1989).

EM: De todos los acontecimientos que fotografiaste, ¿cuál fue el más difícil para vos?

OB: Cuando fui como enviado especial a cubrir el derrocamiento del dictador Alfredo Stroessner en Paraguay, no llegó a ser corresponsalía de guerra, pero tuvo su riesgo. Teníamos muchas limitaciones, había toque de queda, no podíamos movernos con libertad. No hubo demasiada violencia porque fue muy rápido, pero si hubo choques importantes y tiroteos. Aparte haber convivido con periodistas paraguayos y con colegas extranjeros fue muy interesante, incluso me hice amigo de un periodista noruego, nos movíamos juntos y nos cuidábamos mutuamente.

Y después otro acontecimiento muy fuerte para mí fue la explosión de la fábrica militar de Río Tercero en 1995, esa cobertura me impactó muchísimo. Fuimos en un helicóptero que había alquilado el diario y que nos bajó en una cancha llena de bombas y municiones. Muchas volaban sin haber explotado y detonaban cuando caían. Era una cosa de altísimo riesgo. Es más, el helicóptero ni siquiera aterrizó, se acercó al suelo y de ahí tuvimos que saltar y empezar a correr.

Todavía me acuerdo del olor, las personas heridas, las casas destruidas, la gente corriendo de un lado para el otro… De todas las cosas arriesgadas que hice, creo que esa fue la primera vez que tomé consciencia inmediata del peligro que corría. Y no sólo yo, sino todos los habitantes de la ciudad. Sus vidas estaban expuestas al máximo. Fue humanamente muy fuerte. Uno no podía permanecer ajeno. Definitivamente, esa fue una de las notas más sobrecogedoras que hice.

Antonio Agri, el violinista de Piazzola.

EM: ¿Cómo viviste la llegada de la fotografía digital?

OB: Dentro de todo, bien. A mí me tocaron un par de modificaciones tecnológicas importantes en mi vida profesional: primero, el paso del blanco y negro al color, y después, de lo analógico a lo digital. Fueron grandes cambios y siempre cuesta un poco acostumbrarse, hasta el día de hoy me gusta el blanco y negro.

Durante mucho tiempo convivió con la fotografía a color. Por ahí cubríamos eventos a la noche (por ejemplo, las peleas de boxeo en Carlos Paz) y el diario estaba esperando la foto para cerrar la edición, así que revelábamos en un baño público. Poníamos las cubetas sobre los inodoros, con un ampliador chiquito hacíamos la copia en blanco y negro y después la transmitíamos por un equipo de radiofoto, que era como una especie de escáner que funcionaba por línea telefónica.

Como vecino de Villa Allende, Beguán también fue testigo de la inundación del 15 de febrero del 2015.

Para el mundial de 1994 en Estados Unidos ya llevaba un equipo portátil para revelar color y los aparatos transmisores también permitían enviar fotos a color, aunque no de forma directa. Mandabas una foto con cada color primario y, por último, un negro, y acá recibían todo y componían la imagen. Cada color tardaba siete minutos en mandarse, o sea que demorabas media hora por foto. Ni te cuento lo que era cuando se cortaba la comunicación.

Y fue en ese mismo mundial que vi las primeras cámaras digitales, los japoneses las traían en forma experimental. Al principio fue difícil adaptarse, pero después nos acostumbramos. Hoy en día conservo mi cámara analógica, pero uso más la digital. A las cámaras celulares todavía no llegué.

Luis Antonio Ludueña, reconocido mediocampista de Talleres en la década del ’70.

EM: ¿Te parece que la era digital transformó el oficio del fotoperiodismo o siguió siendo lo mismo en esencia?

OB: No creo que se haya modificado la calidad del fotógrafo, porque la cámara digital también la maneja un profesional, pero sí me parece que hay un mayor desentendimiento del hecho y un confiar demasiado en la tecnología, total puedo sacar cien fotos y alguna saldrá bien, cuando no es tan así.

Antes había más involucramiento del fotógrafo, había que meterse en la nota, observarla, ver cuál era el nudo de la cuestión. No sacabas porque sí, había que pensarla bien y estar muy atento. Aguardar el “instante decisivo”, como decía Cartier-Bresson. Por eso yo creo que la cualidad más importante que tiene que tener un fotoperiodista es estar sumamente involucrado con el hecho que se cubre.

La peatonal cordobesa en sus comienzos.

Lamentablemente las condiciones periodísticas han cambiado. Hoy se usa mucho esto de la fotografía enviada por el lector y no está mal, pero no creo que eso reemplace el trabajo del reportero gráfico. Incluso muchas veces va en detrimento de la calidad del material y de los profesionales mismos. Vale para el “llegué primero” y no mucho más. Yo daba clases en una escuela de periodismo y un día me dijeron que no valía la pena que siguiera porque total todo el mundo sacaba con el celular. Es algo que existe y hay mucho aprovechamiento de los medios sobre eso, pero creo que hay que ajustar los criterios de selección para ver realmente qué sirve y qué no.

Un personaje inesperado se cuela en la foto de una formación de bomberos frente al Cabildo.

EM: En más de 40 años como reportero gráfico, ¿qué es lo que más has disfrutado de tu profesión?

OB: Todo. Principalmente, haber participado de tantas cosas. La fotografía me permitió formar parte de muchos acontecimientos, visitar cientos de lugares y conocer gente muy valiosa, no sólo grandes personajes, sino también amigos eternos. Aproveché todas las oportunidades que tuve y no me arrepiento de nada. Di todo lo que pude como fotógrafo y lo disfruté muchísimo. No me puedo quejar porque me fue bien, trabajé mucho y recibí varios reconocimientos. Debo decir que la fotografía me ha dado muchas satisfacciones.

EM: De todos los medios para los que trabajaste, ¿alguno te gustó particularmente?

OB: Los doce años que estuve en Canal 10 para mí fueron una etapa muy linda. En La Voz del Interior hice cosas muy fuertes y notas de mayor alcance, pero en Canal 10 disfruté y aprendí mucho, compartí con personas muy especiales e hicimos cosas muy lindas. Para mí fue una experiencia inolvidable.

Artesana coya en Perú.

EM: Por último, ¿qué es la fotografía para vos?

OB: Creo que la fotografía es uno de los elementos más contundentes que existen en la comunicación. La fotografía es la demostración más cabal de la realidad. Sin ir en desmedro de lo escrito o lo literario. Yo no creo que “una imagen valga más que mil palabras”, como se suele decir, para mí son dos cosas que no pueden estar separadas.

De hecho, fue una de mis grandes luchas cuando trabajaba en La Voz porque el fotógrafo iba por un lado y el redactor por el otro, y yo sostenía que había que trabajar juntos. En ese sentido, la fotografía es muy fuerte y sí creo que la gente entra primero a la información por la imagen, pero tampoco prescinde de la lectura. Son dos cosas que se complementan totalmente.


Profesión de riesgo

Cuando un fotógrafo sale a la calle a hacer su trabajo, generalmente sabe a dónde se dirige y qué debe fotografiar. Pero otras veces, la fotografía lo encuentra en el camino. Así le ocurrió a Oscar Beguán una mañana de 1997 cuando los azares de la vida lo llevaron a protagonizar una escena de película.

“Iba por Alta Córdoba con un remisero del diario a hacer una nota, cuando de repente, escuchamos disparos. Segundos después, los cruzamos: dos autos que venían de frente, a los tiros. Ahí nomás saco la cámara y empiezo a gatillar. Le digo “seguilos” y el remisero da vuelta en u mientras yo seguía sacando fotos. Habían asaltado un blindado que llevaba plata del Banco Provincia de Córdoba.

Al final los agarraron a los tipos, pero el juez (corrupción mediante) los largó porque supuestamente las armas “no eran operativas”. Gracias a las fotografías que yo había sacado, entre otras cosas, se demostró que eso era mentira, así que los ladrones terminaron en la cárcel. Uno de ellos era el famoso Ricardo Serravalle, que fue abatido hace algunos meses en el tiroteo de Nueva Córdoba”.

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