La placita de los muertos

En el año 2003 el cementerio “San Isidro” de Río Ceballos se trasformó en un paseo público. Se resolvió dejar allí dos panteones pertenecientes a las familias fundadoras, como reconocimiento y en memoria de ellos. Esta decisión provoca hoy una toma de postura  entre los vecinos del sector. Para muchos se trata de una imagen algo tétrica, que les impide usar el predio como lugar de esparcimiento; otros, en cambio, proponen agregar juegos infantiles y bancos, para convertirlo finalmente en una plaza.


Por Mabel Tula | periodico@elmilenio.info

Colaboración: Abril Ochoa y Aldana Amuchástegui. 4°B IENM

Corría el año 1898 cuando el presbítero Ambrosio Ramos compra una fracción de terreno a doña Josefa Gutiérrez con el fin de ubicar el cementerio  en “las afueras del pueblo”. El nombre surgió de la denominación que le dio al sector la familia Loza Bravo, en el siglo XIX, primeros dueños de la Estancia San Isidro y devotos del referido santo.

En aquella época el cementerio tenía sectores para católicos y no católicos y suicidados. Había bóvedas muy importantes, como las de las familias Colombetti,  Paguda, San Martín y Schafino.

En ese lugar funcionó la necrópolis de Río Ceballos durante 95 años hasta que por ordenanza 827/94 y teniendo en cuenta razones de salubridad y urbanísticas -ya que ese predio se encontraba en el sector céntrico y saturado- se dispone el total y definitivo traslado de las inhumaciones al  nuevo cementerio “De todos los Santos”, ubicado en el ingreso sur de la ciudad. Quedaron en pie la cripta de la familia San Martín y la capilla de la Virgen del Valle.

“Fueron varios los motivos por los que se decidió cerrar el lugar, ya casi no se usaba, porque estaba colapsado, la gente decía que escuchaba ruidos, pero ruidos de personas que venían y robaban cuerpos y huesos (como estudiantes de medicina); también se había transformado en un sector peligroso, era como tierra de nadie”, detalló el actual Director de Desarrollo Urbano Adrián Drake.

Los Bracamonte, guardianes del camposanto

Para Ramona Bracamonte, el cementerio San Isidro fue y es parte de su vida desde siempre, no sólo porque vive en diagonal a él desde sus 13 años sino porque su madre, doña María de Bracamonte, se jubiló como encargada del lugar.

“Para mi mamá –comenta Ramona-  este trabajo era una distracción, su vida fue cuidar el cementerio. Ella llevaba la basura, vendía flores, iba al río a buscar agua para tener allí. Como era todo camino de tierra, barría y regaba las calles para el día de los muertos, de la madre o fechas de recordación; en esa época venía muchísima gente. Mamá nunca contaba nada, sólo le daba mucha pena una señora que había perdido a su hijo en un accidente y pasaba las navidades junto a su tumba”.

Ramona caminó por las veredas del cementerio todos los días a las 3 y media de la madrugada durante 25 años, cuando se dirigía a su trabajo, en el frigorífico Mediterráneo (luego “Estancias del Sur”). Aún cuando el predio estuvo abandonado, como por diez años y había muchos nichos abiertos: “Jamás me dio miedo, todo lo contrario, jugábamos con mis primos entre las tumbas ¡no sabés las travesuras que hacíamos! Nunca pasó nada en aquellos tiempos, era hermoso, no había peligro”.

Hoy, ya jubilada y con 81 años, Ramona Bracamonte se encarga de mantener una pequeña capillita con la imagen de la virgen del Valle que se encuentra en el lugar. No tiene muy en claro si ese espacio fue una cripta antes, quizás de algún cura, quizás no. Lo cierto es que a esa  virgen la trajo su sobrino Hugo Bracamonte, quien también cuidaba el predio luego de doña María y hasta que falleció.

Ramona se apronta a cumplir una promesa que le hizo a la virgen del Valle: viajar a Catamarca a comprarle un vestido nuevo, ya que sus ruegos fueron escuchados.

Los Tavella, el cementerio y su niñez

No debe existir un solo “campo santo” al que no lo envuelva ese halo de misterio que los caracteriza, y el de barrio San Isidro no fue la excepción; no al menos para Víctor y Zulema Tavella quienes crecieron con esta presencia, a muy pocos metros de su casa. Es él quien rememora a continuación para El Milenio, anécdotas vividas en su niñez: “Siempre tuve cierto recelo que me acompañaba, hasta cuando con mi hermana, amigos y compañeros de aventuras, entrábamos a recorrerlo y hacer -entre otros- el juego de encontrar la tumba o lápida más antigua, el ganador, por supuesto, era el que encontraba la fecha más lejana en el tiempo. Aunque no era un cementerio muy grande, a nosotros nos parecía todo lo contrario, era el más inmenso y fantasmal a nuestros ojos, pero igual, la curiosidad era mayor al temor que podía producirnos, así que, de todos modos, atravesábamos las enormes puertas de hierro y nos sumergíamos en ese mar de lápidas, tumbas, cruces, flores artificiales y naturales (marchitas algunas, frescas otras, por la reciente visita de algún deudo)”.

“Pero mi experiencia más inolvidable fue la tarde en que entramos como siempre con la tranquilidad (entre comillas) habitual, recorrimos pasillos, vimos los pocos panteones que había, movimos la lápida para poder ver los restos de una finada (creo que de eso se trataba, ya que a la calavera, que dejaba verse, la rodeaba una cabellera muy larga, gris y opaca).  Dimos una recorrida más por otro pasillo y no percibimos que ya era la caída del sol y empezaba a oscurecer, decidimos buscar la puerta y de ese modo salir del cementerio. Cuando llegamos a los portones de hierro, dimos con que estaban cerrados con cadena y candado. Ya bastante oscuro, buscamos otra salida. La única alternativa era saltar uno de los muros, a un costado del cementerio y para transponerlo, había que subirse a la tapa de la tumba que habíamos corrido hacía unos minutos. Mi amigo Chango, que era un poco más grande que yo, no tuvo problema en saltar; yo salté una vez, otra vez, otra vez y no me daba para poder llegar. ¡Llamé a mi amigo para que me ayudara y no me respondía!! Finalmente saqué fuerzas no sé de dónde y… ¡por fin pude salir!”.

Historias dignas de una película

Todo empezó con una charla en un bar, hace dos años, entre tres amigas dedicadas a las artes visuales: Gabriela (Huma) Bernechea, Melisa D’Angelo y Ana Volverdi. El tema disparador fue las diferencias culturales entre sus provincias (Jujuy, Salta y Córdoba) particularmente las creencias y usos de los cementerios, los rituales y de cómo, en el norte, estos lugares también eran espacios de encuentro: mientras los adultos toman mate y charlan junto a sus difuntos, los niños corretean por las tumbas, y esto puede durar horas.

“En el norte todo es más ritualista hasta para conversar con el fallecido: primero el permiso a la Pacha, (se ahuma con una mezcla de yuyos encendidos, el cigarrillo) un verdadero protocolo para después compartir”, rememora Gabriela.

Melisa Dángelo, la cordobesa, tenía una prima en Río Ceballos y fue quien les contó que en su barrio había un cementerio que fue transformado en plaza, y que aún tenía un par de mausoleos donde ahora había un altar para una virgencita.

“A nosotras eso nos despertó la curiosidad, la dualidad de la vida y la muerte… quisimos ir a ver qué se respiraba en ese lugar ya que si bien, ahora era una plaza, eso nunca iba a dejar de ser un cementerio. Días después nos dirigimos a esa ciudad, llevamos el equipo de mate y nos sentamos. Había chicos, pero adultos no. También notamos que muchos se cruzaban a la vereda del frente o se bajaban a la calle para no caminar por la plaza”, afirma Ana, la salteña.

Como productoras artísticas que son, toda esa motivación las atrapó y decidieron realizar juntas un video arte (movida visual sin reglas ni códigos estructurados). La etapa de pre-producción incluyó muchas entrevistas previas a vecinos y conocedores del tema (Miguel Donnét, Roque Villa, Olga Paz, Zulema y Victor Tavella, Arnaldo Zentena). Primero armaron una  bitácora de viaje, pero cuando filmaban se acercaban algunos curiosos y acotaban más información, como la historia de la chica Martita Solari, que cuando fueron a retirar su cuerpo estaba intacta, era muy bonita y tenía su vestido de novia puesto. Ella se había suicidado por un desamor. Fue de mucho impacto para el pueblo, en esa época, años 60.

Esa historia fue el disparador del video arte y fueron tantas las leyendas recopiladas que decidieron realizar un cortometraje, cien por ciento de Río Ceballos. “Lo guionamos, buscamos actores de la ciudad, nos contactamos con Ignacio Jara, la gente del Teatro La Beba, Galamuzo, el bailarín Maximiliano Zapata y el grupo Caminito Serrano, todo ad honorem. Hay muchas anécdotas, como la de un niño que tiene 10 años y vive detrás del mausoleo; él nos observaba siempre que filmábamos. Un día nos había fallado un actor, él nos escuchó y se acercó a ofrecerse para reemplazarlo, le pedimos permiso al papá y nos confesó que hace rato que quería actuar así que lo sumamos”, enfatiza Huma.

El vídeo arte ya está hecho, pero el mediometraje está en etapa de postproducción; durará alrededor de 20 minutos. Está basado en hechos que ocurrieron realmente, pero los cuenta más desde la anécdota. No está encasillado en un subgénero.

“Los rioceballenses tienen algo tan poderoso acá, tan potente, uno que viene de afuera lo ve, una historia con tanto contenido que no es ficticio, es real, hasta podría explotarse turísticamente”, expresó Gabriela.

A seguir jugando sin miedo y sin permiso

El paseo San Isidro tiene varias acepciones: “el viejo cementerio”, “La placita de los muertos”, “el paseo  de la memoria”, pero nadie lo llama por su nombre. El predio no está contemplado por el municipio como plaza, sino como espacio verde, no es un ambiente de juego, no hay espacio para hacer deportes allí, según lo indica Adrián Drake y por respeto a su pasado.

Los vecinos esperan que el lugar esté mejor iluminado, que se recuperen los bancos rotos, que coloquen algunos juegos y que haya algo de presencia policial, aunque sea por las noches; pero los niños de antes, como los de hoy, no saben de leyes ni de permisos, no creen en fantasmas ni aparecidos y se las ingenian para transformar dos mausoleos en arcos que convierten unos pocos metros en canchita de fútbol.

EL MILENIO

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