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Bianchini: “El boom de la crónica responde, más que nada, a una estrategia de marketing”

El editor de la revista de crónicas Anfibia y premio Don Quijote de periodismo Federico Bianchini habló con El Milenio.

Federico Bianchini, editor de la revista de crónicas Anfibia y premio Don Quijote de periodismo nos respondió en exclusiva algunas preguntas sobre su trayectoria profesional, la crónica y sus recomendaciones para estudiantes de periodismo.


Por Mirco Sartore | periodico@elmilenio.info

Durante el tres y cuatro de junio pasados se realizó en la Universidad Blas Pascal de Córdoba Capital el Quinto Congreso de Periodismo Digital organizado por el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA). Se dieron charlas y talleres en los que participaron periodistas de todo el país. Entre los disertantes estuvieron Sergio Carreras (periodista de investigación de La Voz del Interior), Mariel Fitz Patrick e Iván Ruiz (miembros del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, la organización que destapó el pasado abril el escándalo de los Panamá Papers) y Federico Bianchini, editor de la revista Anfibia, uno de los portales web de crónica periodística más importante de toda América Latina.

Federico Bianchini fue redactor de Clarín durante siete años y trabajó en el diario La Razón durante un año. En 2010, ganó el Concurso “Las nuevas plumas” (Universidad de Guadalajara) por su perfil del escritor Rodolfo Fogwill titulado “El hombre que nada”. Ya en 2013, gracias a un perfil sobre el juez y jurista Raúl Eugenio Zaffaroni (titulado “El supremo anfibio”), ganó el premio Don Quijote, organizado por la agencia EFE y entregado por los reyes de España. En 2015, publicó el libro “Desafiar al cuerpo: del dolor a la gloria” (Aguilar). En 2016, con el proyecto de libro «Antártida: donde el tiempo no pasa» ganó la Beca Michael Jacobs de crónica viajera de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

Concluido el congreso del FOPEA, Bianchini aceptó responder algunas preguntas sobre su trayectoria y la crónica como tema en sí mismo.

El Milenio: En el último congreso de periodismo digital del FOPEA en Córdoba contaste que estudiaste dos años de ingeniería antes de dedicarte al periodismo. ¿Cómo empezó tu amor por escribir, por contar historias?

Federico Bianchini: Desde la secundaria escribo cuentos, voy a talleres de escritura. No terminé nunca de entender por qué me anoté en ingeniería, pero lo hice: me gustaban la matemática, la física, la química, pero sentía que todo lo que yo estaba haciendo lo podría hacer cualquier otro y si bien no iba a ser lo mismo sería muy similar. Dije: ¿Qué me gusta hacer?  Me gusta escribir cuentos. Pensé si existía la posibilidad de vivir de eso y me di cuenta de que sería muy difícil. Dije: quizás el periodismo es una opción para que me paguen por escribir. Y me anoté en la carrera.

EM: Martín Caparrós dice que el objetivo de la crónica se rebela contra una idea de mundo e intenta mostrar a los que podrían ser sus lectores, a los que no aparecen en los programas de política, fútbol y chimento. ¿Adhieres a su opinión? ¿Cuál crees tú que es la función de la crónica? ¿Te parece que hacen faltan más cronistas de ricos como dicen María Moreno y Alma Guillermoprieto?

FB: Coincido con Martín en esa frase: la crónica intenta mostrar lo que piensa alguien que se detiene y mira. La televisión no tiene tiempo para eso: no hay interés por detenerse. No hay interés por mirar sino que se busca mostrar, argumentar, persuadir, convencer. Sobre la función de la crónica: no tengo una visión utilitarista del género. No sé si hay una función de la crónica, cómo no sé si hay una función de la poesía: hay efectos de ambas, que son los que debemos buscar.

No sé si faltan más cronistas de ricos, por otro lado. Me interesaría leer historias de ricos: generalmente el periodismo de investigación se dedica a ellos y una vez que hay una noticia se pública rápido, sin que la forma importe tanto. Lo que interesa es la denuncia. Tampoco es que divido a los cronistas por categorías: “Cronista de pobres”, “cronista de shoppings”, “cronista de catástrofe”. Creo que cada uno escribe sobre lo que lo apasiona, o al menos así debería ser. Que las categorías importan bastante poco. Imagino que se refieren a que hay una mirada europeísta de la Latinoamérica pobre. Los libros que se traducen, generalmente suelen tener esa temática y si no la tienen (con excepciones), para ese mercado, no suelen importar. Que en ese sentido, sí hay muchos más libros de crónica sobre la pobreza que sobre los ricos. Suele ser mucho más fácil acceder a unos que a otros.

EM: Cito de nuevo a Caparrós cuando dice que el llamado boom actual de la crónica latinoamericana, comparado con el de los 60s, es más bien un psst. Desde tu posición de editor de Anfibia, ¿piensas que podemos hablar realmente de un  boom de la crónica en nuestra región?  Más allá de medios como Anfibia, Gatopardo, Etiqueta Negra y Letras Libres, ¿por qué los medios masivos no dan tanto espacio a la crónica como a la entrevista en profundidad u otros géneros periodísticos?

FB: La crónica es un género que demanda tiempo, recursos (de movilidad, de trabajo, económicos) que los medios masivos no suelen estar dispuestos a asumir. Prefieren trabajar con materiales hechos rápido y de impacto, ya que la coyuntura atrae al click. Creo que lo del boom responde más a una estrategia de marketing que a otra cosa.

EM: ¿Hay una revalorización de la vieja guardia de cronistas (Walsh, Raab, Eloy Martínez, el Nuevo Periodismo, el Gonzo…) a través de los nuevos cronistas? ¿O los lectores prefieren los nuevos nombres? Vamos más allá: ¿Te parece que el público masivo está interesado en la crónica?

FB: Creo que habría que revalorizar a todas esas personas que escribían como lo hacían. No sé qué prefieren los lectores, habría que preguntarles a ellos. Y por suerte no soy el gerente general de una editorial así que lo que le importa al público masivo, por el momento, me tiene sin cuidado.

EM: Tus dos trabajos más premiados son perfiles sobre personajes públicos (Fogwill y Zaffaroni). ¿Sientes una atracción especial por este subgénero? ¿De qué personaje te gustaría hacer un nuevo perfil?

FB: El perfil de Fogwill surgió de un encuentro azaroso, pero el personaje me interesaba mucho. El perfil de Zaffaroni me lo pidió Cristian Alarcón para Anfibia. Me gusta escribir. Los subgéneros vendrían a ser como los gustos de un helado. Al que le gusta tomar helados a veces pide dulce de leche granizado, otras frutilla, pistacho o limón. ¿Se podría decir que quien siempre pide chocolate y limón es un amante de lo agridulce? Se podría, pero ¿eso definiría algo del personaje? Por el momento no estoy escribiendo ningún perfil, estoy terminando un libro de crónica sobre el mes que pasé en la Antártida que se publicará en Tusquets (Planeta) en octubre o noviembre. Cuando eso pase, veré con qué seguir.

 

«Por el momento no estoy escribiendo ningún perfil, estoy terminando un libro de crónica sobre el mes que pasé en la Antártida que se publicará en Tusquets (Planeta) en octubre o noviembre».

 

EM: Si tuvieses que recomendar tres libros periodísticos a un estudiante ahora mismo, ¿cuáles elegirías?

FB: Hiroshima de John Hersey, Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich (Premio Nobel de Literatura 2015) y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de David Foster Wallace.


LOS LIBROS | 

Hiroshima, de John Hersey:

Publicado por primera vez el 31 de agosto de 1946 en la revista The New Yorker, Hiroshima es un conjunto de crónicas periodísticas realizadas por el estadounidense John Hersey, donde, por primera vez, se contó la historia de las víctimas del ataque nuclear norteamericano sobre la ciudad japonesa. Hersey eligió seis sobrevivientes para ser los protagonistas de cada una de las crónicas: desde el sacerdote alemán Whilelm Kleisor, hasta el doctor Masakazu Fujiim, pasando por una empleada de fabrica, un miembro de la Cruz Roja, la viuda de un sastre y un pastor metodista de la ciudad. A lo largo de sus casi 200 páginas, el lector conoce a estos protagonistas por sus vidas anteriores a la bomba y por la manera que encontraron fuerzas para vivir después de esta. John Hersey e Hiroshima forman un esclavón de la cadena del periodismo narrativo del conteniente americano, esa que tiene nombres como Roberto Payró, Joseph Mitchell, Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Enrique Raab y Gay Talese. Recientemente la editorial Random House, a través de su sello Debate, volvió a publicar en nuestro país la obra de Hersey, en una edición donde el autor hace un balance a finales de Guerra Fría.

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich:

Al igual que Hersey, la bielorrusa Svetlana Alexiévich también recolecta los testimonios (las voces) de las víctimas del poder para dar a luz a obras periodísticas-y literarias- notables. La premio Nobel de Literatura de 2015 publicó en 1997 Voces de Chernóbil, crónica del futuro, donde cuenta las experiencias de victimas y sobrevivientes de la tragedia nuclear de la ciudad ucraniana. Alexiévich no entrevista a los protagonistas de la tragedia: charla con ellos, los escucha. Ella está allí para ser la voz de los débiles, de los dejados a la vera del camino por el régimen soviético. Ya tuvimos premios Nobel que se dedicaron o dedican al periodismo-García Márquez, Hemingway, Vargas Llosa, -pero es la bielorrusa  la primera periodista premiada con el galardón sueco estrictamente por su obra de no ficción. Las veces que los suecos aciertan en su elección, dan en el blanco.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace:

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es una colección de ensayos cómicos del genial escritor estadounidense David Foster Wallace, autor de La broma infinita, aquella mastodóntica novela de más de mil páginas que combina los géneros de la sátira, la  novela posmoderna, la novela existencialista, la ciencia-ficción y la novela política, entre otros. Bastante más corto que el libro que lo consagró allá por 1996, Algo supuestamente divertido… (160 páginas y publicado en 1997) contiene ensayos sobre la propia  juventud de Wallace en el Medio Oeste norteamericano; su amor por el tenis y las matemáticas; la Feria Estatal de Illinois de 1993;  la obra del poeta H. L. Hix y  el cineasta David Lynch. Cierra el libro el mismo  Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, ensayo que da nombre al tomo y en el que Wallace describe su paso por un crucero que recorre el Caribe en el año 1997.  Aquí dos extractos de éste último texto:

“He visto playas de sacarosa y aguas de un azul muy brillante. He visto un traje informal completamente rojo con las solapas evasé. He notado el olor de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente. Me han llamado <colega> en tres países distintos. He visto a quinientos americanos pijos bailar el Electric Side. He visto atardeceres que parecían manipulados por ordenador y una luna tropical que parecía más una especie de limón obscenamente grande y suspendido que la vieja luna de piedra de Estados Unidos a la que estoy acostumbrado.

He bailado (muy brevemente) la conga.

(…)

El baño del camarote 1009 siempre huele a un desinfectante noruego pero no desagradable cuyo aroma se parece a como olería si alguien que supiera la composición órgano-química exacta de un limón pero en realidad nunca hubiera olido un limón intentara sintetizar el aroma de limón. Más o menos la misma relación con un limón de verdad que las aspirinas infantiles de Bayer con una naranja de verdad.”

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