Pinceladas de vida

Aunque Unquillo es, sin lugar a dudas, el hogar de muchos artistas, pocos pueden jactarse de haber vivido en esta ciudad desde siempre. Pero Zulema Di Siena no solo es nacida y criada en Unquillo sino también una de las pintoras y docentes más importantes que han salido de las Sierras Chicas. En diálogo con El Milenio, la artista recordó sus inicios y habló de sus trabajos actuales.

“Todo lo que uno sabe, lo da. No te quedás con nada. Por lo menos yo fui así con mis alumnos y muchos me lo agradecen hasta el día de hoy”, dijo Zulema Di Siena, quien no solo se dedicó a la pintura sino también a la docencia por más de treinta años.

Por Lucía Argüello | luciaarguello@elmilenio.info 

Zulema Di Siena es una de las figuras históricas infaltables de este pueblo de artistas que hoy es Unquillo, aunque cuando sus antepasados llegaron de Italia, no era más que un caserío enclavado en las sierras. A pesar de que su vida y su obra nunca se despegaron de su ciudad natal, Di Siena es reconocida como uno de los personajes que llevaron el nombre de Unquillo más allá de las fronteras de Córdoba y del país.

Hace poco expuso una gran retrospectiva en la Escuela Superior de Arte Dr. José Figueroa Alcorta, cuya abundancia y diversidad de cuadros (dibujos a tinta y con grafito, pinturas al agua y pinturas acrílicas) dan muestra de la amplia trayectoria de una artista prolífica y cambiante que desde los 8 años, cuando pisó por primera vez el taller de Eugenio Rivolta, hasta los 72 que tiene actualmente, nunca ha dejado de pintar. Tal es la riqueza de su carrera que, aunque la muestra estaba programada para durar quince días, terminó “en cartel” durante un mes y medio.

Camino de artista

Como suele pasar en muchos casos, la vocación artística de Zulema se reveló tempranamente. Y como suele ocurrir también, fue una de sus docentes quien la descubrió y la empujó por el camino de la pintura, donde tuvo otros grandes maestros. “Cuando mi seño de primer grado vio que tenía aptitudes, me mandó a taller de Eugenio Rivolta. Yo tenía 8 años. Me acuerdo que nos mandaba a dibujar por el arroyo, a mí y a una amiga, y caminábamos dos o tres kilómetros, solas. Hoy sería imposible”, contó Di Siena, con una sonrisa de nostalgia.

A los 14 años, Zulema se topó con otra grande de Unquillo: Lino Enea Spilimbergo.

“Lo íbamos a visitar con Norma, mi amiga. Él no tenía muebles casi, nos hacía sentar en unos cajoncitos y nos invitaba con un vasito de vino, para él era sagrado. Yo todavía conservo un papel en blanco que me regaló para dibujar, lo guardé como recuerdo. Era tan simple, una persona hermosa”, recordó Di Siena.

Por aquel entonces Spilimbergo había dejado la docencia, por lo que envió a Zulema a estudiar con el reconocido pintor Ernesto “el Gringo” Farina. “Farina nos manaba al hospital Clínicas porque en esa época no había diapositivas, ni videos, ni nada, entonces necesitaban tener a un dibujante en el pizarrón para explicarles a los estudiantes de primer año de medicina”, contó la artista unquillense.

De esta forma, Zulema se preparaba para el ingreso a la Escuela de Artes, por ese entonces, una odisea que constaba de cuatro exámenes y duraba una semana entera. “‘Ustedes van a tener un título universitario, tienen que saber’, nos decían”, contó la pintora.

En 1976, con 33 años, fue becada para estudiar restauración y museología en España. “Fue una experiencia fantástica. Viajamos a Grecia, Jordania, Israel. Estuve dos años nomás pero los sentí como si fueran diez. Volví en 1978 en un barco lleno de gente que venía a ver el mundial, toda una aventura”, recordó entre risas.

El aletargamiento artístico propio de la época que atravesaba Argentina tuvo a Zulema parada por un par de años, pero con la llegada de los ‘80 y la democracia, su obra floreció, llevándola a exponer en muchos puntos del país y más allá, en España e Italia.

Entre obras y alumnos

A lo largo de su vida artística, Zulema ha atravesado distintas técnicas, desde la acuarela hasta el acrílico, y diversas escuelas artísticas, mezclando un surrealismo de figuración sugerente con la abstracción abierta y el expresionismo. Sin embargo, la marca de su pueblo natal es, quizás, lo que une a todas sus obras.

“Siempre me he basado en la naturaleza, buscando un proceso más que nada. Incluso hice una serie llamada ‘Aquí donde vivo’ y pinté las casitas y puentecitos de las sierras unquillenses. Me encanta caminar por Unquillo, es un lugar que siempre te sorprende. Entrás por un caminito y podés salir en cualquier lado y siempre vas encontrando cosas nuevas”, explicó la histórica vecina.

Zulema también tiene su faceta docente, aunque en un principio renegó de ella. “En un principio pensé que no me gustaba enseñar. Quería dedicarme al taller, a pintar, a exponer y viajar. Pero cuando empecé, la comunicación con mis alumnos, ese dar y recibir, me pareció hermoso”, sonrió la pintora. “Vivía de la pintura pero comía de la docencia. En Europa sí vendí muchas obras, en el mismo colegio hice cualquier cantidad de retratos. Allá hay otra forma de apreciar el arte, para ellos es un don de Dios”, explicó.

Para Zulema, las obras y los alumnos son el mejor legado de sus 72 años de carrera artística. Sin embargo, su espíritu inquieto todavía la mantiene en actividad permanente. “Siempre hice varios trabajos a la vez, mientras se secaba una pintura, empezaba otra, aunque sin orden, a lo mejor la última que había empezado era la primera que terminaba”, señaló la artista, mientras enumeraba sus materias pendientes.

“Sueño con arreglar mi taller y convertirlo en un espacio cultural, no solo dar clases, pintar y exponer, sino para todo tipo de actividad artística. Siempre quise hacer danza, aunque cuando me di cuenta ya era grande, ahora terminaría bailando el chachachá con suerte. Tengo muchísimos proyectos inconclusos y obras que me gustaría terminar. El arte es como el color: infinito”, concluyó la pintora, con una última sonrisa.

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