Por: Martín Aliaga, Ignacio Bustos y Matías de la Rúa 4° IMVA – Juliana Atea y Frida Zacchino 4° IENM
Todos los miércoles, a las seis de la tarde, hay ocho mujeres que saben exactamente dónde van a estar. A veces el clima no acompaña, pero ellas son de temporadas extensas. No importa si una llega unos minutos tarde. Nada las apura. La cita se repite desde hace años. El ritual de juntarse, de hacerse un tiempo para compartir, resulta hoy tan valioso como poco frecuente.
Se cambian las parejas, empiezan los partidos, aparecen las bromas y, cuando termina el último punto, llega el tercer tiempo. Mate, torta, charla. El deporte es apenas una parte de la escena.
Entre ellas hay una jugadora que siempre llama la atención. “Tengo 74 años, en este momento de profesión jugadora de pádel, porque soy jubilada”, admite Albina Muzzachiodi entre risas. La mayoría de sus compañeras ronda los cuarenta o cincuenta años. Ella, con algunos más, sigue entrando a la cancha con la misma naturalidad con la que lo hizo durante buena parte de su vida, primero con una raqueta de tenis y ahora con una paleta de pádel.
Albina no habla de hazañas deportivas, sino en cambio de costumbres. «Es mi salida social. Si no estoy jugando yo, estoy viendo jugar a un hijo o a una nieta. Siempre termino en una cancha», cuenta.
Pero no siempre fue así para ella. El tenis fue el escenario de partida. Cuando tenía unos treinta años llevó a sus hijos a tomar clases, se hizo amiga del grupo de mamás y entre varias comenzaron a tramar la aventura de comenzar a jugar. Pero a Albina no le bastó con tomar clases. Se hizo una cancha en su propia casa y generó alrededor de ella un ambiente sembrado de familia y amigos. Así, el deporte cobró un lugar central en su vida. «Siempre existió el tercer tiempo», recuerda.

“Logramos encariñarnos con las paredes”
Para Albina el pádel tiene una ventaja evidente respecto del tenis. La cancha es más chica, el doble se impone, se corre menos, pero sobre todas las cosas encuentra en él la posibilidad de seguir en movimiento.
Alrededor de la disciplina se forman grupos, nacen nuevas amistades y se organizan viajes, ligas, encuentros y torneos. Así, la promesa de una vida social que las pantallas nunca lograron reemplazar encuentra una forma de hacerse realidad. Las chicas casi no necesitan ni un mensaje: llega el miércoles y ya saben dónde encontrarse.
Aunque hoy disputa ligas y torneos, Albina asegura que la competencia ya no ocupa el lugar que ocupaba décadas atrás. Para ella lo importante es seguir jugando, y ante todo seguir compartiendo.
Eso no significa que la exigencia desaparezca. Muy por el contrario, sigue desafiándose frente a mujeres treinta años más jóvenes. «Yo soy la mayor de todas las canchas», reflexiona con naturalidad.
“Tengo dos compañeras que rondan los setenta años y creo que la clave en común fue habernos mantenido activas siempre”, reflxiona. No son mujeres que entraron a la cancha hace dos días. Todas ellas forman parte de una vieja guardia que se dio cita en el polvo de ladrillo de Sierras Chicas durante años.

Conocen los golpes de memoria. Drive, revés, volea son parte de su rutina y el cuerpo tiene memoria. Al respecto, Albina amplía: “Logramos encariñarnos con las paredes, que es lo que nos cuesta. Pero tomando clase lo lográs y te sirve toda la experiencia del tenis”. A su vez, dos veces por semana, hace ejercicios de fuerza, elongación y movilidad junto a su marido, que tiene 82 años. Una vez por semana entrena con un profesor. Los miércoles juega con su grupo histórico y los viernes se suma a otro grupo donde ayuda a mujeres que recién empiezan.
Animarse también se entrena
Existe una forma de mirar la vejez que todavía carga más prejuicios que certezas. Como sociedad solemos asociar la tercera edad con el deterioro, la fragilidad y las renuncias, incluso antes de que aparezcan las verdaderas limitaciones del cuerpo. En ese sentido, cuando Albina habla de la ausencia de adultos mayores en las canchas no responsabiliza al cuerpo. Ella cree que el principal obstáculo está en otro lado.
«Les da miedo, caerse, lesionarse y no poder volver a caminar bien”, dice Albina, que a su vez destaca el miedo al ridículo y a comenzar demasiado tarde. Pero ella piensa lo contrario. En su filosofía considera que el deporte se puede adaptar, que no hace falta competir ni jugar todos los días. Que no es requisito haber practicado antes, pero que ante todo: alcanza con animarse.
«Si toman clases y empiezan de a poco, la pueden pasar muy lindo”, asegura la vecina de Río Ceballos. Y su propia historia parece darle la razón. Albina dejó de fumar hace casi treinta años y luego de una operación de cataratas no volvió a sufrir problemas físicos.

Se cuida en las comidas, hace gimnasia y mantiene una vida activa que, según comenta, le permite terminar partidos de dos horas sin necesidad de pedir un descanso. Sin embargo, ella insiste en que el mayor beneficio del pádel no está en el estado físico. Está en la cabeza y en los vínculos: «Te hacés muchísimos amigos. Siempre tenés un grupo que te está esperando.»
Y si bien le encanta competir, habla desde el lugar de quien quizá descubrió hace tiempo que el verdadero partido no se juega contra las rivales del otro lado de la red. Se juega contra esa idea instalada de que hay una edad para empezar y otra para dejar de hacerlo.
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