Por: Tomás Huens, Simón Obregón y Diego Vaca Narvaja.
En los últimos años, los grupos de compraventa se volvieron una escena cotidiana en la vida digital. Ropa usada, muebles, bicicletas o electrodomésticos circulan a diario en plataformas y grupos de WhatsApp donde el proceso es rápido, cercano y, muchas veces, necesario. En Sierras Chicas, esta lógica empezó a tomar otro rumbo: los intercambios también pueden convertirse en una forma de sostener proyectos educativos.
Escuelas de gestión alternativa de la región impulsan, desde hace un tiempo, compraventas virtuales con un fin solidario. A diferencia de otros espacios similares, cada operación incluye un aporte económico destinado al sostenimiento de las instituciones. Así funcionan experiencias como Cambalache Solidario, de la escuela waldorf Aromito en Mendiolaza; Compraventa Siete Colores, de la comunidad educativa del mismo nombre en Unquillo; y Espacio Árbol Compra y Venta, vinculado a la escuela waldorf de Agua de Oro.
La iniciativa no surgió de una estrategia formal, sino de necesidades concretas. En el caso de la primera, escuela autogestiva que funciona desde hace ocho años, la idea nació en 2023 a partir del impulso de familias de la comunidad. “Un papá que se dedicaba a la venta de artículos usados y otra mamá que pensaba en cómo generar recursos para la escuela fueron quienes iniciaron el proyecto”, cuenta una de las referentes de Cambalache Solidario a El Milenio. Lo que comenzó como un grupo pequeño creció rápidamente. Hoy reúne a más de 700 integrantes, muchos de ellos por fuera de la comunidad educativa.

Experiencias que se contagian
La dinámica es sencilla: cualquier persona puede participar, siempre que respete las reglas de funcionamiento del grupo. Para publicar, se debe subir una foto del producto o del servicio que ofrece, junto a una descripción clara, el precio y el porcentaje de donación destinado a la escuela.
Posteriormente, se debe transferir el aporte correspondiente y enviar el comprobante a las personas que coordinan el grupo. Este circuito, que se repite en las distintas experiencias, se sostiene sobre un principio central: la confianza. No hay intermediación directa en la transacción entre comprador y vendedor, pero sí un seguimiento comunitario que busca garantizar que el fin solidario se cumpla.
En este sentido, la organización interna se vuelve la clave para sostener el funcionamiento. En Cambalache, siete madres —una por cada grado— se encargan de administrar las donaciones, registrar los movimientos y garantizar la transparencia. “A fin de mes elaboramos reportes y los compartimos en el grupo. Eso permite ordenar y también detectar posibles errores”, explican desde la organización.
Una lógica similar supone la dinámica del grupo unquillense, que comenzó a funcionar a principios de 2024. En este caso, la experiencia se nutrió de otros grupos ya existentes. “Varios participábamos en compraventas de otras escuelas y decidimos replicarlo en nuestra comunidad”, señalan desde la comisión que lo lleva adelante.
La comunidad educativa Siete Colores, como muchas de gestión alternativa, depende exclusivamente de las cuotas familiares y de otras tantas actividades autogestivas. En ese contexto, el grupo de compraventa se convirtió en una herramienta más para generar ingresos y aseguran: “El aporte más habitual es del 10%, aunque puede variar según el monto. Incluso hay personas que deciden donar el total de la venta”.
En este sentido, aclaran que no existe un único porcentaje fijo, sino que varía según el tipo de producto y valor de lo que se ofrece. Según cuentan, en general, se establecen escalas para productos de distinto precio, pero también se contemplan criterios que amparan otras economías: en el caso de los productos artesanales, por ejemplo, los aportes suelen ser menores, como una forma de reconocer el trabajo detrás de cada pieza y acompañar a quienes producen de manera independiente.

Una economía que también construye lazos
Más allá de tratarse de grupos distintos, el punto más fuerte en común entre estas experiencias es el sentido colectivo. A diferencia de otros espacios como marketplace, donde el beneficio es individual, aquí cada intercambio tiene un impacto conjunto.
“Hay un plus solidario en cada operación”, destacan las entrevistadas y aseguran que estas propuestas fortalecen vínculos dentro y fuera de la escuela. Los encuentros entre quienes compran y venden, muchas veces desconocidos entre sí, habilitan nuevas redes y formas de relación.
También se promueve una mirada distinta sobre el consumo. La circulación de objetos usados —ropa, libros, muebles— extiende su vida útil y reduce la necesidad de adquirir productos nuevos. “Es una manera de mostrar que en el intercambio hay más efectos que el mero dinero”, reflexionan desde Cambalache.
De alguna manera, estos espacios también funcionan como instancias de aprendizaje, donde se ponen en práctica valores como la cooperación, la responsabilidad y el compromiso con lo común. Principios que no son ajenos a estas comunidades educativas, sino que forman parte de sus propuestas pedagógicas —ya sea desde la mirada waldorf, la educación popular, entre otras— y que se trabajan cotidianamente en las aulas junto a las infancias, sus familias y los equipos de maestros y maestras.
El crecimiento, sin embargo, trae desafíos. A medida que los grupos se amplían y suman integrantes externos, la necesidad de regulación y seguimiento se vuelve más compleja. Moderar publicaciones, garantizar que se cumplan los aportes y sostener el espíritu solidario requiere trabajo constante.
Igualmente, quienes impulsan estas iniciativas coinciden en que el balance es ampliamente positivo. No solo por los recursos que generan, sino por la trama que tejen. En territorios donde las escuelas alternativas dependen en gran medida del compromiso de las familias, estas experiencias aparecen como una extensión de esa lógica: redes que se sostienen desde adentro, pero que también se abren hacia la comunidad.
En un contexto económico desafiante, donde sostener proyectos educativos autogestivos implica un esfuerzo continuo, las compraventas solidarias emergen como una respuesta creativa. Una forma de transformar prácticas cotidianas en acciones colectivas. Porque, en estos espacios, cada objeto que cambia de manos también refuerza algo más: la idea de que una comunidad puede organizarse para sostenerse a sí misma.
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