EMPRENDEDORES
Por: Sofía Alabarsez, Isabella Palmero y Olivia Hidalgo 4° IENM; Guadalupe Piattini y Camila Martínez 4° IMVA.
Redacción: Bárbara Muñoz.
Laura Boixados encontró en los tachos de 200 litros un lienzo inesperado para desplegar creatividad y conciencia. Mamá de Olivia e Hipólito, formada en administración y gastronomía, dio un giro a su vida tras la pandemia y se animó a experimentar con soldadoras, lijas y aerosoles.
Así, nació un proyecto que convierte objetos en desuso en mesas ratonas, fraperas y piezas únicas cargadas de historia. Con casi 40.000 seguidores en Instagram, la emprendedora comparte tutoriales, humor y motivación, mostrando que el reciclaje puede ser negocio, arte y un motor para inspirar a otros.
“Yo filmo, vendo, compro, edito. Soy completamente autodidacta. Aprendí mirando videos y probando, sin una formación profesional en el área”, cuenta sobre su labor en las plataformas donde comparte su proceso productivo en un taller que, además se consolida también como escenario de un mensaje claro: darle una segunda vida a lo que parece descartado y animarse a romper estereotipos de género.

El Milenio: ¿Cómo surgió el emprendimiento?
Laura Boixados: Aprendí a soldar, cortar y manejar herramientas pesadas, y me encanta mostrar que cualquiera puede hacerlo, que no hay límites. Mi trabajo implica un taller y el uso de herramientas que muchos ven como “de hombres”. Me ha pasado que voy a comprar una lija orbital o una máquina y me miren raro, como si fuera para un plomero o carpintero, pero yo las uso. Es un desafío personal que, además, puede convertirse en un trabajo redituable. Varias veces me pidieron que dé clases o cursos, pero todavía no me siento preparada; además, hay que tener un espacio con todas las medidas de seguridad. Es un oficio que me apasiona.
EM: ¿Qué beneficios tienen tus productos? ¿Te inspiraste en alguien o seguís alguna tendencia al crearlos?
LB: Principalmente, el beneficio es ecológico: levantar algo que iba a ser desecho, darle una nueva vida y volverlo hermoso. Siempre digo que cada tacho lleva la “marquita” de una vida anterior, y eso lo hace único.
Para mí, tiene un sentido más allá de lo comercial, es como una metáfora: podés estar golpeada, mal, pero te hermoseás un poco y salís a flote. Eso transmite cada pieza. No produzco en masa, cada pieza tiene su historia y creo que ahí está lo que se vende: originalidad, buen gusto y el proceso detrás. Obvio que hay inspiraciones, porque hoy nada es totalmente de uno, todo se comparte en redes. Yo también fui influenciada, y sí, me han copiado cosas tal cual, pero trato de mantener mi esencia y mi creatividad. En cuanto al contenido, sigo mi línea, aunque como creadora tenés que estar atenta a horarios, formatos, cambios de Instagram. Uso eso como herramienta, pero siempre siendo auténtica.
EM: Además del negocio, tenés una gran presencia en redes sociales mostrando lo que comercializás ¿Te considerás creadora de contenido o influencer?
LB: Lo de influencer no me gusta mucho, me parece una palabra con demasiado peso y a veces mal utilizada. Prefiero pensar que lo mío es más motivacional. Arranqué tarde con las redes, tengo 48 años, pero el ida y vuelta que se generó con la gente fue muy bueno, sobre todo porque uso mucho el humor y la creatividad. Me siguen muchas personas que también son potenciales clientes, y se divierten con lo que voy haciendo. Subo tutoriales y contenido que motiva a otros a animarse a hacer cosas, como pintar o reciclar.
Hoy tengo más de 39.000 seguidores. No es tanto comparado con otros, pero para que mis historias lleguen a 10.000 visualizaciones tengo que estar haciendo algo como soldar la Torre Eiffel en vivo, en París. Empecé después de la pandemia, que me dejó una experiencia muy fuerte con el coronavirus y me hizo replantearme muchas cosas. Decidí aprender sola, sin que me enseñaran, y así me animé a usar todas las máquinas que ya tenía en el taller. Arranqué haciendo un producto, lo vendí a la semana y no lo podía creer.


EM: ¿Cómo definirías el contenido que compartís y a quién está dirigido?
LB: Creo que es creativo, divertido y enriquecedor. Muchas personas me dicen: “Me animé a hacer tal cosa porque te vi hacerlo”, y eso me encanta. Mis videos son cortos y prácticos; uso mucho aerosol porque siento que con pintura todo se puede transformar y mejorar, es algo mágico. Según las métricas, mi público es mayormente adulto, entre 26 y 70 años, con un 70% de mujeres y un 30% de hombres, que se fueron sumando con el tiempo. Estoy muy atenta a esas estadísticas porque, además de mostrar, vendo mis productos. Las redes son mi vidriera, así que el contenido tiene que ser diario, llamativo y de calidad.
EM: ¿Cuál considerás que fue la clave para tu despegue digital?
LB: Para mí lo más importante es ser yo misma. Si no puedo ser auténtica, no lo hago. En redes no podés improvisar un personaje porque se nota enseguida. Solo uso Instagram, que me gusta porque es más estético y tranquilo, sin tantos haters como otras plataformas. Pero aunque subas fotos lindas, si no sos original se nota que está forzado o que alguien más te maneja la cuenta. Y para mí, si otro te maneja las redes, perdés tu esencia, que es lo que hace que la gente te siga. Me siguen, así como soy: despeinada o con gorra.

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