CULTURA
- Por: Sofía Alabarsez, Isabella Palmero y Olivia Hidalgo 4° IENM; Guadalupe Piattini y Camila Martínez 4° IMVA.
Porteña de origen y radicada hace cuatro años en las Sierras Chicas, Leticia Martínez se consolida como una voz singular dentro del panorama literario nacional. Su recorrido, desde los poemas adolescentes hasta la novela inspirada en la tragedia Cromañón, es también el de una búsqueda por un lenguaje propio y una forma de habitar el oficio de escribir.
“A mí la literatura me hizo sentirme menos sola. Y el taller también hace eso: te da un lugar de encuentro, de escucha, de comunidad”, dice la entrevistada, que además, coordina instancias de escritura creativa en Casa 29 —un espacio cultural en Unquillo—. Así, acompaña procesos de publicación de otras personas, a quienes alienta a compartir su voz sin miedo.
La autora no corre detrás del reconocimiento y asegura no tener apuro a la hora de publicar. En este sentido, sostiene: «Escribir un cuento, una novela, una canción es algo muy importante y merece ser cuidado. Lo hago a mi tiempo”.
El Milenio: ¿Cuándo empezaste a sentirte escritora? ¿Cómo fue tu recorrido hasta la publicación del primer libro?
Leticia Martínez: Creo que desde siempre me sentí escritora. Desde muy chica escribía poesía y diarios íntimos. En el secundario intercambiábamos cartas con mis amigas, todo giraba en torno a la correspondencia, al tono epistolar, como se le dice. Pero después, claro, hay todo un mundo que te hace creer que necesitás ciertas validaciones: estudiar una carrera afín, publicar un libro, o varios. Un momento clave fue cuando empecé a ir a talleres de escritura en la facultad, mientras estudiaba Letras. Éramos personas muy distintas; yo era la más joven, tenía veintipico y dejé de verme como alguien rara y empecé a pensar que publicar era posible, que podía hacer de eso un oficio.
Mi primer libro fue de poesía. Se lo pasé a una amiga que también era poeta, y me dijo: “Esto lo tenés que publicar”. Me conectó con otra, que me presentó a Natalia Romero, una escritora con la que empecé a trabajar. Todo fue muy en red, con personas que se escuchan y confían en lo que hacemos. Eso me parece esencial, porque la escritura es muy solitaria.
EM: Después vinieron una novela y uno de cuentos ¿Cómo fue ese proceso y qué quisiste transmitir con La mejor de la ciudad?
LM: Luego de ese primer libro me mudé a Unquillo en 2021. Tenía tanto material que mi maestro de escritura me dijo: “Ya está, no vengas más, tenés que seguir sola”. En ese momento estaba atravesando un momento muy triste en lo personal, y me encerré a corregir. Trabajé muchas versiones de cada cuento, y cuando ya no sabía si iban en primera o tercera persona, se los pasé a un amigo escritor. Confío mucho en esas miradas. Así surgió La mejor de la ciudad, que presenté al concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes en 2022 y recién se publicó en 2025. Creo que lo que atraviesa todo el libro es la bronca, que, para mí, es un gran motor de escritura. Además, los personajes tienen mucha tristeza.
En el medio, en 2019, publiqué una novela que me llevó años escribir y otros dos corregir.

EM: ¿Qué significó para vos recibir un premio del Fondo Nacional de las Artes? ¿Qué otros reconocimientos valorás?
LM: Todos me parecen importantes. Recuerdo una vez, yendo en colectivo a Villa Allende, una chica sube, me mira y me dice: “¿Vos sos Leti Martínez? Te leo, me encanta lo que escribís, gracias”. Algo así, por ejemplo, me emociona muchísimo. Y este premio fue importante, más allá del dinero, que no es tanto, porque da visibilidad. Es prestigioso, y el jurado estaba compuesto por tres escritores que admiro. Y sí, los premios importan. Es mentira que no.
EM: ¿Qué implicó escribir sobre la tragedia de Cromañón, en tu novela “De Cara al Sol”?
LM: Significó mucho. Volví a dormir. Me permitió dejar de soñar con una amiga muy cercana que había estado ahí y cuya salud quedó muy afectada. Pude darle forma a ese trauma, convertir algo intangible en materia. También sentí que tenía una voz y algo importante para decir. Estaba harta de escuchar comentarios ignorantes sobre lo que pasó, incluso de gente cercana al ambiente del rock. Durante años no hablé del tema, y fue en un taller donde un maestro me dijo: “Vos tenés que escribir esto”. Esa fue la primera vez que pude poner en palabras lo que me pasaba. Me costó mucho publicar la novela, por el miedo a cómo lo recibirían. Pero la respuesta fue muy conmovedora: personas que lo vivieron, o que perdieron a alguien, se sintieron tocadas por lo que escribí. Yo no estuve en el incendio, pero con el tiempo entendí que también me atravesó. La novela es ficción, pero me permitió hablar desde ese lugar.

EM: Actualmente estás dando talleres de escritura en Unquillo. ¿Cómo es estar del otro lado, como tallerista?
LM: Hace muchos años que doy talleres. Empecé cuando mi maestro de escritura me echó del suyo —literal— y me dio una especie de cuadernillo con todo lo que trabajábamos. Sentí que me estaba pasando el cetro, como diciendo: “A ver qué hacés vos con esto”. Yo ya venía de la docencia, había dado clases en secundaria, donde armé un taller de escritura porque veía que ahí pasaban cosas. No era solo que mejoraban sus textos, sino que algo en ellos se transformaba y yo ya lo había experimentado.
Con el tiempo empecé a dar talleres por fuera de la escuela y seguí viendo ese mismo proceso. Se daban cuenta de que escribir no es algo tan difícil ni inalcanzable. Y algo que me encanta es que se publiquen esos textos, que los saquen del cajón. Creo que si alguien tiene una voz, está bueno que esa voz circule, porque alguien más puede leer eso y sentirse identificado, menos solo.

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