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Rodolfo Ambrosio: un trotamundos con corazón de puma

Rodolfo Ambrosio, vecino de Villa Allende, fue el primer rugbier argentino en cruzar el charco y convertirse en jugador de una selección extranjera. El emblemático ex centro del Tala Rugby Club, se transformó en un entrenador de elite y volcó su vasta experiencia en la Selección Argentina Sub 21 y el seleccionado mayor de Brasil.

Colaboración:

Aldana Rodríguez y Emily Da Silva.

4to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio.

Constantino Ambrosio y Leonardo Paganelli.

4to Año, Instituto Milenio Villa Allende.


Cuando Rodolfo Ambrosio se acercó por primera vez a la ovalada, el mundo era diferente. El rugby aún no era capaz de consolidarse como un deporte de base mundial y sus instituciones todavía no manejaban la estructura necesaria para organizar un campeonato que reuniera a todos los países del globo.

A pesar de ello, en las inmediaciones de su casa, en Argüello, se respiraba rugby. Aquel deporte alguna vez exótico, que llegó a Córdoba de la mano de los ingleses y el ferrocarril, ya llevaba años instalado en algunos sectores de “la Docta”, como una tradición inamovible.

“Yo llegué al club porque estaba a una cuadra”, comenta Ambrosio entre risas. Pero lo cierto es que no llegó solo. Un compañero del Colegio Alemán lo acercó al albinegro, que ya comenzaba a abrirse camino entre los que, por aquellos años, eran considerados los clubes “grandes” del rugby cordobés.

Ambrosio fue un precursor en diversos sentidos. Su ascendencia italiana y su capacidad para desempeñarse en el rectángulo de juego, le abrieron la posibilidad de migrar a Italia, en una época en la que el rugby internacional era sólo un comentario entre amigos o un anhelo lejano.

El estrecho vínculo cultural y la oportunidad de pasar a jugar al rugby de manera profesional, eran los pros claros en la balanza de Ambrosio. En la actualidad, parece difícil encontrar un escenario mejor. Sin embargo, el fuerte componente sectario y amateur de un sector del rugby criticaba, en ese entonces, la posibilidad de que un jugador decidiera dejar su club de origen para jugar por dinero.

En ese sentido, Miguel Ángel Viale, ex fullback de las juveniles de La Tablada, reconoció hace un tiempo: “Había restricciones y sanciones para los jugadores que habían ejercido el profesionalismo o de alguna manera habían cobrado. Ellos no podían volver a jugar con sus pares, en sus clubes de origen. Era un sinsentido enorme, lo que muchos llamamos el amateurismo marrón, porque además, muchas veces se disfrazaba el cobro de un salario o algo similar. Al final, muchos de los jugadores de esa generación terminaron yéndose a jugar a Italia más tarde”.

“La mayoría de los jugadores que a mediados de los 80 comenzaron a jugar en Europa, no podían volver a jugar con Los Pumas, porque eran profesionales. El ejemplo emblemático fue Gustavo Milano, un segunda línea del seleccionado nacional que medía dos metros y era el mejor jugador argentino del momento, pero que, por haberse ido a jugar a Francia, le prohibieron volver a ponerse la celeste y blanca”, agregaba Gustavo González, otro ex jugador de La Tablada.


Rodolfo hizo caso omiso al qué dirán, sus dudas pasaban por lo afectivo y la falta de comunicación. “Fue una gran oportunidad, pero al mismo tiempo un desafío. Hoy la tecnología nos permite estar comunicados todo el tiempo, pero en ese momento, en mi cabeza giraba la idea de no volver nunca más. En ese entonces significaba irme a la otra punta del mundo, sin mucha idea de nada”, cuenta hoy.

Venciendo sus temores, llegó a ponerse los botines y pisar el pasto de Roma. Su polivalencia para consolidarse rápidamente como un líder defensivo y al mismo tiempo comprender los tiempos del juego e involucrar a sus compañeros en el espacio justo, le valieron una inmediata sorpresa: el llamado a la Selección Italiana. Su decisión tampoco se hizo esperar y rápidamente se puso la azzurra para emprender un glorioso camino que abarcó 120 partidos internacionales, nueve copas europeas y una copa del mundo. 

Rodolfo imagina que todos sus ancestros se sentirían orgullosos de la decisión que tomó, pero a pesar de ello, admite que su corazón siempre “tiró para Argentina”. “Si me hubieran convocado para jugar en Los Pumas, hubiera ido sin dudarlo. Pero lo que sucede es que una vez que me fui a Europa, me cambié a un rugby muy distinto, profesional y alejado de lo emotivo. Significaba un mejor contrato y un modo de vida diferente, relacionado al deporte. En eso se basó la decisión que tomé”, explica.


El Milenio: ¿Cómo fue enterarse de la posibilidad de jugar un mundial y qué recuerdos te llevaste de esa experiencia?

Rodolfo Ambrosio: Posiblemente jugar un mundial es lo mejor que le puede suceder a un deportista. Mucha gente anhela su vida entera estar ahí, son pocos quienes lo logran y todo pasa muy rápido. En ese momento no tomé dimensión de lo que estaba viviendo, pero mi reflexión hoy es que hay que disfrutarlo con toda la intensidad.

EM: ¿Qué jugadores destacados te tocó enfrentar? ¿Quiénes te impresionaron de los All Blacks, por ejemplo?

RA: Contra los All Blacks jugué tres veces y siempre implicó enfrentarse no sólo al mejor equipo, sino a las mejores individualidades del mundo. Se me viene a la mente Michael Jones, un tercera línea tremendo. Me dio un golpe que todavía recuerdo con claridad. Casi me mata, me impactó en el medio del pecho y la sentí que me había quedado sin pulmón.


EM: ¿Cómo llegaste a formar parte de la Unión Argentina de Rugby y dirigir a Los Pumitas?

RA: En el año 2008, estando yo en Europa, me buscaron para volver a Buenos Aires y formar parte de lo que terminó siendo el sistema de alto rendimiento de la Unión Argentina de Rugby. La UAR siempre había sido amateur, pero se dieron cuenta que estaban sufriendo en el mundo porque nuestros rivales estaban mejor preparados que nosotros. En 2007 vi a Los Pumitas jugando en Europa y no sólo fueron goleados, sino que fueron golpeados por sus rivales.

Ahí surge la idea final de generar un sistema que comience con las academias a lo largo y ancho de todo el país, con chicos de quince años que entrenen mañana y tarde para una plataforma nacional. Esos jóvenes que pudieron capacitarse rugbística y físicamente, hoy son Los Pumas. Como parte de ese plan para potenciar el rugby argentino, me llamaron para entrenar a Los Pumitas.

«Si me hubieran convocado para jugar en Los Pumas, hubiera aceptado sin dudarlo. Pero al irme a Europa, me cambié a un rugby muy distinto, profesional y alejado de lo emotivo, con un mejor contrato y un estilo de vida muy vinculado al deporte».

EM: ¿Qué figuras de Los Pumitas te sorprendieron desde chicos por su nivel?

RA: Tuve el placer de entrenar a una enorme cantidad de tremendos deportistas. Pero se me viene a la cabeza Pablo Matera, actual capitán de Los Pumas. Es un jugador absolutamente excepcional. De hecho, jugó tres mundiales en Los Pumitas, porque a los 17 años tenía un nivel superior al de jugadores de 20. Emiliano Boffelli es otro talento fuera de serie, también disputó tres copas del mundo con Los Pumitas. Es un jugador sorprendente, con recursos que no están al alcance de cualquiera.

EM: ¿Cómo surgió la chance de entrenar al seleccionado brasilero y qué te sedujo de esa propuesta?

RA: Personalmente, siento que es muy complejo mantenerse durante mucho tiempo en una misma posición sin que se produzca un desgaste. Me pasó en Europa, integrando el plantel de tres clubes, y luego como entrenador percibí exactamente lo mismo.

Pasé tres años en un lugar, luego migré a otro y desde ahí llegué a la UAR. Permanecí cinco años en el sistema y ocurre que la rutina te cansa, perdés una parte de la motivación y eso también te hacer perder objetividad.

La unión brasileña me hizo entonces una propuesta para ir a entrenar a la selección y me pareció un incentivo inmediato. Primero, porque se trata de un país que no tiene una gran cultura de rugby y significaba casi empezar desde cero. Segundo, porque significaba un cambio importante que me parecía enriquecedor, así que decidí dar un paso al costado de la UAR y buscar nuevos horizontes.


EM: ¿Cuáles fueron los mayores desafíos que enfrentaste en Brasil y qué características físicas, técnicas o mentales definen al jugador brasileño?

RA: Los brasileños, al final del partido, se peleaban, no había camaradería. En el rugby tiene que haber un tercer tiempo donde se comparte con el contrincante, porque el rival tiene un valor muy importante, sin el otro, no hay juego. Hacerles entender eso a los jugadores brasileños llevó su tiempo, y hoy, al menos en los pocos jugadores que integran el alto rendimiento y los seleccionados, se nota un crecimiento. Fue un gran logro para mi equipo que los jugadores fueran más respetuosos en su comportamiento.

Luego, en cuanto a capacidades, los brasileños tienen una calidad innata para los deportes que impresiona. Tienen una gran genética que los convierte en atletas fáciles de desarrollar. También tuve que aprender a convivir con ese jolgorio constante que llevan en su manera de ser y que los acompaña también a los entrenamientos. Al principio pensaba que me estaban tomando el pelo con tanta broma, pero no, es la forma que tienen ellos de encarar la vida y sinceramente se volvió muy divertido para mí también. Me río mucho con ellos.

«En el rugby tiene que haber un tercer tiempo donde se comparte con el contrincante, porque el rival tiene un valor muy importante. Sin el otro, no hay juego. Fue un gran logro para mi equipo que los jugadores fueran más respetuosos en su comportamiento”.

EM: ¿Qué objetivos pudiste lograr con tu equipo y cuáles pensás que fueron los puntos a corregir?

RA: Al llegar, Brasil ocupaba el número 55 del ranking mundial de rugby de selecciones. Cuando nos fuimos, el año pasado, habíamos alcanzado el puesto número 21. Durante esos cinco años, no sé si otra selección del mundo pudo escalar tanto.

Creo que también vale destacar que logramos introducir al plantel en un concepto de trabajo mucho más colectivo. Ellos estaban muy acostumbrados a lo individual y trabajar en conjunto elevó el nivel. Detrás de un buen sistema de juego, pudimos mejorar e incluso lograr un resultado histórico como fue derrotar a Georgia, uno de los mejores 12 conjuntos del planeta.

«Jugar un mundial es lo mejor que le puede suceder a un deportista. Pocos lo logran y todo pasa muy rápido. En su momento, no tomé dimensión de lo que estaba viviendo. Hoy mi reflexión es que hay que disfrutarlo con toda la intensidad».

EM: ¿Cuál podría ser la salida para el rugby profesional argentino ante el retroceso que ha generado la pandemia? ¿Pensás que las bases generadas en tantos años pueden amortiguar este golpe?

RA: Creo que en general el golpe para el deporte va a ser durísimo. Se está notando un nivel de deserción tremendo. Esto que está sucediendo va a marcar una tendencia, una baja en la cantidad, aunque quizás no en la calidad de los jugadores.

EM: ¿Se puede sobrellevar un año así desde el deporte? ¿Cómo lo viviste?

RA: El 2020 ha sido tremendamente duro para muchos. Esto de no poder ir a ver un partido en seis meses, no poder entrenar ni planificar, es algo que no puedo poner en palabras. Creo que se parece a una abstinencia, demasiado difícil de atravesar. La sensación que se me ocurre para describir lo que nos pasa va por fuera de lo deportivo, me imagino cómo se siente alguien encerrado en una cárcel.

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