14 septiembre, 2026

El Milenio

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Lucrecia Martel: “Creo que es terrible que el cine respete la realidad”

Lucrecia Martel visitó la región para disertar a sala llena en el IV Congreso Internacional de Narrativas Audiovisuales.

Tras su paso por la región, la directora y guionista Lucrecia Martel, desarrolló una variedad de conceptos y técnicas sobre las narrativas audiovisuales, el aspecto inmersivo en el cine, las concepciones lineales del tiempo y la relevancia del sonido dentro de una cultura donde prevalece lo visual.

  • Por Tomás Vicente. periodico@elmilenio.info

[dropcap]D[/dropcap]urante el miércoles, jueves y viernes pasado tuvo lugar el IV Congreso Internacional y VI Encuentro Iberoamericano de Narrativas Audiovisuales. Este evento fue organizado por la Facultad de Artes (FA) y la Facultad de Ciencias de la Comunicación (FCC) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Las diferentes actividades desarrolladas buscaban tratar, a través del intercambio y el diálogo de los participantes, los dilemas y desafíos que atañen a la narración audiovisual.

Enmarcada en este evento y frente al Teatro de la Ciudad de las Artes repleto, El Milenio fue testigo de la participación de la cineasta salteña Lucrecia Martel. Recientemente galardonada por su última película Zama, cuestionó los abordajes de la realidad desde su experiencia en la producción de narrativas audiovisuales.

La importancia de la inmersión

Más de 500 personas presenciaron la exposición de la cineasta salteña.

El silencio y la atención rompieron para dar lugar a los aplausos y al agradecimiento conjunto: “Antes que nada quiero dar mi apoyo a la universidad pública. Esa posibilidad que brinda de conocer gente que uno en su cotidianidad no va a encontrar, me parece una experiencia vital. Ojalá que nuestros gobernantes escuchen las manifestaciones que en todas partes se encuentran defendiendo la universidad pública”.

  • “En la narrativa audiovisual lo que le da el carácter de tres dimensiones al cine, es el sonido”

Tras una serie de contratiempos técnicos para desarrollar su exposición, Martel comenzó ejemplificando un aspecto que considera clave: “Todos hemos tenido esa experiencia extraordinaria de meter por primera vez los oídos bajo el agua, donde los sonidos se sienten inesperadamente próximos y gigantescos. La inmersión está relacionada con el agua, aunque siempre estamos inmersos en aire. Esto es lo que nos pasa con todas las cosas que son permanentes, dejamos de percibirlas. Filosóficamente creo que recordar esta experiencia es muy importante para la narrativa audiovisual”.

  • “La representación siempre llega un poco después, se actualiza tarde”

A partir de esta idea, reconoció el desfasaje existente entre el contenido teórico abocado a la imagen y su escasez respecto al tratamiento sonoro. De esta forma se establece una relación en la que el sonido cumple un rol complementario de la imagen, buscando reforzarla, reafirmarla o materializarla. Lo que en palabras de la cineasta representa “una gran pena porque se olvida la posibilidad que tiene el sonido de poner en duda la imagen”.

También, destacó como lo visual carga con el problema de su capacidad referencial: “Si yo rápidamente muestro una mesa, es muy difícil de que alguien diga que es un perro,  instantáneamente veremos una mesa. En cambio si yo tengo que poner el sonido de cascos de un caballo, podemos decir que es un caballo, una mula; prácticamente se abrirán los referentes de sonidos. Y esa ambigüedad de lo sonoro es lo que me hace preferirlo, frente a la ultradeterminación de la imagen”.

Otra reflexión que compartió respecto a la visión, es la relación que presenta con la velocidad. Mientras que en la escucha, el mundo y los objetos le quitan protagonismo al sujeto, siendo necesaria la duración para la decodificación de los sonidos.

Conjeturas sobre la percepción

Lucrecia Martel resaltó “La tarea de narrar nos obliga a inventar herramientas con el fin de escapar de nosotros mismos”

Otro tema central durante la conferencia trató sobre lo que la cineasta denomina “La Falla”, ese momento donde lo que parecía tan confiable demuestra su precariedad. Martel subrayó: “Olvidamos que la realidad fue una cosa con la que alguna vez estuvimos de acuerdo en decidirla de determinada manera y que si nos pusiéramos de acuerdo podríamos cambiarla”. De esta manera, expuso la dificultad en detectar o asumir que uno es parte de la voluntad que le confiere entidad a la realidad, y que mediante el cine puede deconstruirse ese carácter.

Continuó: “Yo pienso que el cine no debe reflejar la realidad, sino ofrecer una versión torcida de la misma. Y que por un segundo el espectador sienta algo, no respecto de la película, sino de la propia realidad. Entender que es algo que podemos transformar”.

Por otro lado, planteó la utilidad de representar el tiempo como una línea que conecta el presente con el futuro, aunque destacó como nos empobrece ya que “emocionalmente nadie organiza su percepción de esa forma”.

  • “Nada se comporta sin estar en consonancia con las demás cosas”

Disconforme con la idea de causa-consecuencia afirmó que se trata de una arbitrariedad enorme: “Es algo que elegimos ver en la realidad de una determinada manera. Esa línea que llamamos argumento, esa forma de concatenar los acontecimientos, esa cronología que armamos es una arbitrariedad, una mentira”.

Tras poco más de una hora de charla, Martel concluyó rescatando la necesidad de abandonar un esquema de tiempo lineal como estructura organizativa de los aspectos cotidianos: “Hay que andar por las tinieblas, abandonar la verdad y el futuro que nos espera. Esta idea del tiempo cronológico que se dispara hacia el futuro es la desgracia que nos lleva a correr todo el tiempo. Las narrativas audiovisuales permiten escaparnos de esa flecha que fuga al paraíso y sumergirnos en un tiempo volumétrico donde uno con su voluntad decide qué acontecimiento va primero y cuál va después. Evitando así, doblegarse a una sucesión que se muestra como inevitable”.

Aprovechando el volumen que la imagen representa, para conjugar el tiempo emocional, Lucrecia Martel ha logrado plasmar en escena una simultaneidad de aspectos que en una visión cronológica sería imposible. Esto puede apreciarse en sus producciones La Ciénaga (2001), La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008) y Zama (2017), esta última seleccionada como candidata a los premios Oscar.


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