Con 97 años, Inés Padoán inauguró su primera exposición individual de pinturas en la concesionaria Avance de Villa Allende. La singular artista comenzó su carrera a los 77 y aún hoy sigue pintando, rompiendo todos los moldes de la vejez. En entrevista con El Milenio, Inés compartió su historia y algunas claves para no dejarse abatir por los años.

Por Lucía Argüello | luciaarguello@elmilenio.info
Colaboración: Maximiliano Minahk y Leonel Giménez. 4° A IENM.
“Viejos son los trapos”, anuncia el dicho popular, y nunca estuvo mejor aplicado que en el caso de Inés Padoán. A una edad en la que la mayoría de las personas se retiran de sus actividades, Inés decidió emprender un proyecto largamente postergado en su vida: estudiar pintura.
Hoy, con 97 años, tiene más de 250 obras en su haber y ni siquiera la fractura de fémur que sufrió hace dos años pudo refrenar su espíritu inquieto. Entre marzo y abril, algunos de sus principales cuadros pudieron verse durante tres semanas en la concesionaria de autos Avance de Villa Allende, en lo que fue su primera exposición individual como artista.
Fuera de serie
Sin lugar a dudas, Padoán es una artista poco común, empezando por el hecho de que nunca imaginó que se convertiría en una. A la pregunta de El Milenio “¿de chica usted anhelaba ser artista plástica?, Inés no duda en responder con un rotundo “no”. «Lo último que hubiera pensado en mi vida es que iba a llegar a hacer cuadros, mucho menos tener una muestra propia”, se ríe la particular autora.
A pesar de la negativa, cuando El Milenio vuelve a preguntar “entonces, ¿cuándo descubrió que le gustaba pintar?”, nuevamente Padoán contesta con una frase contundente: “Yo no lo descubrí, yo creo que nació conmigo”. Y es que, desde que era una niña de primer grado, Inés siempre disfrutó con las actividades manuales, y ya con los dibujos de la bandera y la casita de Tucumán se plantó la semilla de una pasión incipiente por el arte.
Sin embargo, su vida corría por otros derroteros. Nacida en Buenos Aires en 1918, en su juventud se fue a vivir a la localidad bonaerense de San Nicolás con su marido. En 1963 decidieron mudarse a Córdoba. Aunque nunca trabajó fuera de su casa, Inés cuenta que siempre hizo “de todo”, desde jarrones con envases de telgopor hasta complicadas flores de aluminio. “Siempre me gustó investigar, conocer cosas nuevas, nunca me he quedado de ocio, siempre trataba de aprender y aprender”, asegura la artista.
Así fue que, a los 77 años, Inés comenzó a instruirse en la pintura. «Cuando mi marido murió, con mis hijas ya casadas, me quedé sola, así que tuve que buscar algo para entretenerme. Cocinar no me gustaba, cocer, poco y nada. Entonces compré pinceles, acrílicos, óleo y empecé en un taller comunitario de barrio Alberdi. Y era tanto mi afán por aprender que me di maña y aprendí, y seguí explorando e inventando», asegura esta bisabuela cuya inventiva e imaginación todavía parecen las de un niño.
En el 2000, Padoán se mudó a Villa Allende, a un departamento ubicado sobre la casa de su hija. Allí conoció a maestros como Sebastián Silber, con quien continuó descubriendo “los secretos de la pintura”, mientras adquiría cada vez más experiencia por su cuenta. «He hecho algunas exposiciones antes que esta, pero siempre compartidas con otros artistas. Esta es la primera vez que tengo una muestra sola. Estoy muy feliz, para mí esto es como una aventura, se siente como si fueras a tirarte en parapente por primera vez», comenta entusiasmada Inés.

Vivir cien años
El asunto es que, en 20 años, Inés Padoán produjo más de 250 obras de estilo variado, donde los paisajes y la figura humana parecen ser los temas más recurrentes. Incluso sus fuentes de inspiración son poco convencionales, ya que muchas veces pinta en función de ideas que saca de Internet, o de fotos que les traen sus hijos de sus viajes. Pero lo más asombroso es, sin lugar a dudas, el punto de largada, que para muchos aparece como el final de la pista: 77 años.
“Por ahí pienso en las personas que a los 80 ya van bajando los brazos. Yo les diría que no se queden en los 80, que no se dejen abatir por los años. Que todavía hay tiempo. Lo importante es mantenerse activo, hacer algo manual, ¿sabés la cantidad de colchas a crochet que he tejido? Nunca es tarde y siempre se puede hacer de todo”, sostiene la artista con total convicción.
En el 2014, el impulso inagotable de Padoán se enfrentó a un duro obstáculo. “Me caí y me fracturé el fémur, con lo cual ya no pude subir a mi departamento, donde tenía mi caballete y generalmente me dedicaba a pintar toda la mañana. Ahora vivo abajo con mi hija y no tengo tanta facilidad como antes, pero cuando puedo sigo pintando, o hago mandalas y diseños que se me ocurren. Es la locura de mi vida”, comenta Inés mientras vuelve a lucir esa sonrisa de complicidad propia de las abuelas.
“¿Cuál es la clave para llegar así a esta edad?”, se pregunta El Milenio y se preguntarán los lectores. “Para mí la clave es vivir bien toda la vida”, responde Padoán y cuenta que la familia y la pintura son los dos pilares de su felicidad. «Tengo dos hijas, siete nietos y casi once bisnietos que me miman muchísimo. Ya mi abuelo, mi mamá, mis tíos y mis primos me mimaban muchísimo. Entonces, ¿cómo no voy a ser feliz? Si nunca me faltó nada. En cuatro meses voy a cumplir 98, físicamente estoy deteriorada, oxidada, pero interiormente me siento como de 50 años», concluye entre risas este gran ejemplo de vida.

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