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“Siempre jugamos por un sentimiento”

José “Anguila” González es uno de los formadores más emblemáticos del golf nacional. El gran maestro continúa disfrutando el deporte que lo enamoró de pequeño y analiza los cambios en su idiosincrasia y la forma en que se transmite a las nuevas generaciones.

Colaboración: Berenice Mercuri y Catalina Scangarello (4to IENM). Julia González y Mateo Cabrera (4to IMVA).

Pisando ya los 80 años, para José “Anguila” González el golf es una especie de refugio. Al recordar su infancia y adolescencia, no encuentra recuerdos más felices que los que le brindó el deporte. Empezó como caddie cuando sólo tenía diez años en el histórico Córdoba Golf Club de Villa Allende. Allí dio sus primeros pasos de la mano de un grupo de amigos que aún conforman un “nosotros”, en tiempo presente, en la memoria de quien se convertiría en uno de los maestros más importantes del golf nacional. 

“En esa época, el club estaba plagado de enormes jugadores sin títulos. Nosotros, los más jóvenes por aquellos tiempos, aprendimos una infinidad de cosas de ellos. Además del golf, nos enseñaron a comportarnos en la cancha, porque algunos de nosotros ni siquiera íbamos a la escuela”, rememora González.

“El golf me llevó a lugares que, siendo tan humilde, nunca hubiera podido conocer sin el deporte”, afirma Anguila. Foto gentileza.

A los 23 años llegó a ser jugador profesional, pero antes de los 30 decidió volcarse a la enseñanza, entrenando deportistas que al día de hoy aún recorren las canchas del mundo. Si hubiera que buscar una característica que defina la personalidad de González, esa sería la humildad. Quizás sea por sus orígenes, o tal vez por su manera tan particular de observar uno de los deportes más individuales, bajo una mirada generosa y colectiva.

“Anguila” no nació en un contexto plagado de oportunidades, ni llegó al club de punta en blanco y con el mejor set de palos para lucirse. En cambio, se abrió paso de la mano de su talento y su buen trato. Para él, el club fue un espacio para compartir un juego que no distinguía entre caddies y grandes señores.

El Milenio: Tuviste una carrera prolífica, ¿por qué elegiste cambiar tu rol de jugador a entrenador?

José González: Nunca pensé en ser profesor, me gustaba mucho jugar y no me imaginaba transmitiendo lo que había aprendido de la manera correcta. Supongo que es una faceta que fui desarrollando muy de a poco y lo cierto es que es un rol que me enseñó muchísimo, valga la paradoja. 

Comencé con una escuela de caddies, con la que viajábamos a torneos en Buenos Aires. Ahí ya tenía como alumnos a Eduardo “Gato” Romero, que apenas era un adolescente y ya era un jugador extraordinario, y Ángel “Pato” Cabrera, otro fuera de serie, deportivamente hablando. Los tuve entre sus 10 y 18 años, los llevaba a los campeonatos, ciertamente tenían un talento innato. 

También tuve otros jugadores talentosísimos que no llegaron más lejos porque no quisieron o porque no les interesaba tanto el deporte. Por mi parte, fui disfrutando cada vez más mi rol como formador.

EM: ¿Sentís que el golf fue una herramienta que te abrió puertas en la vida? 

JG: Por supuesto. A través del golf pude visitar países como Francia y España y conocer gente de todo el mundo. El golf me llevó a lugares que, siendo tan humilde, nunca hubiera podido conocer sin el deporte. Eso para mí tiene mucho valor.

EM: ¿El golf sigue brindando ese tipo de oportunidades?

JG: La lógica del caddie que pasa a ser golfista se ha roto un poco en los últimos tiempos. Ya no queda mucho de esos chicos que, como mis amigos y yo, tuvimos la oportunidad de abrirnos camino en el golf sin muchos recursos.

EM: ¿Lo que se pierde es la posibilidad de descubrir talentos que no tienen acceso al deporte desde un determinado poder adquisitivo?

JG: Claro. Antes, a los socios de los clubes les gustaba que los caddies jugaran con ellos, era un empujón muy lindo que teníamos y se ha ido perdiendo. El tema es la competencia también. Cuantos más chicos tienen la posibilidad de competir, más se eleva el nivel, y eso no está sucediendo en la actualidad. 

Cuando era chico, mis compañeros y yo no teníamos dinero para comprar un palo. Entonces muchos de los que sí tenían, te lo ofrecían de buena onda. Era bastante común entablar ese tipo de relación, y terminábamos jugando todos.

EM: ¿Por qué crees que se perdió esta dinámica de inclusión?

JG: Pienso que gran parte de ese proceso empezó en Buenos Aires. Yo creo que los grandes jugadores de allá eran demasiado egoístas. Trascendieron porque han sido exitosos y han logrado competir en muchísimos países, pero no hicieron nada por intentar involucrar a los caddies en el deporte. En un momento yo tenía una escuelita de 20 caddies, hoy de eso ya no queda nada. 

EM: ¿Qué características tiene que reunir un buen jugador en un deporte tan mental?

JG: La cabeza manda en todo aspecto y en ese sentido el golf es muy duro. Para mí un buen jugador tiene que tener cierta naturalidad en la manera de llevar las situaciones que presenta el juego. La mentalidad ganadora es clave y eso es difícil de construir. Uno puede ayudar mucho al alumno, pero en realidad la mentalidad ganadora ya está, o no, adentro. Y no me refiero a ganar siempre, me refiero a las ganas, a la intención profunda de ganar.

EM: ¿Qué cambió en la formación de un golfista en los últimos tiempos?

JG: Hoy la lógica de trabajo a la hora de enseñar es otra. Se hace hincapié en muchas técnicas diversas y no tanto en la base de golpear la pelota, que para mí es lo más importante. Yo no podría dar clases actualmente porque el método es distinto, y no quiere decir que uno u otro sea mejor. No soy el dueño de la verdad, pero tengo una mirada.

Poniendo un ejemplo, aparece un golfista de Estados Unidos, se impone en los masters y ya todos quieren enseñar a sus alumnos a jugar como ese jugador del momento. Pero resulta que los chicos no son Dustin Johnson. Las técnicas no pueden adaptarse a la moda, tienen que tener una base y desde ahí desarrollar el estilo propio. Quizás hoy se habla de las técnicas como si fueran un gran secreto, se analiza todo al detalle, cuando lo importante, para mí, es la práctica. Hay que meterse en la cancha y pegarle todo el día, no queda otra.

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