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Cultura Edición impresa

“La bendición de ser baterista”

Después de integrar numerosas agrupaciones musicales y vivir casi una década en suelo español, el baterista Marcelo Barani pasa sus días en la tranquilidad de Salsipuedes. Hoy, alejado del ritmo que implica tocar en una banda, sigue cultivando su lazo con la música a través de la producción y la docencia, al tiempo que repasa con alegría su trayectoria artística.

Colaboración:

  • Galo Cavina y Pedro Lascano.
  • Instituto Educativo Nuevo Milenio.
  • Genaro Bellomo, Juan Cruz Ferrer y Lucas Sánchez.
  • Instituto Milenio Villa Allende.

Dedicarse a cualquier rama del arte no es un camino sencillo. Es una tarea que requiere de mucha entrega y, además, demanda una dosis infinita de paciencia y fe. Paciencia porque los resultados muchas veces tardan en llegar y fe para apostar con confianza al talento propio, así como también al trabajo realizado.

Marcelo Alejandro Barani sí que sabe lo que es remarla a pulmón, con dos baquetas y un sueño a cuestas. Desde la apacible Villa La Selva, con el canto de las aves ornamentando sus anécdotas, reflexiona acerca de “la bendición de ser baterista”. Vive en Sierras Chicas desde 2010 y a sus 46 años recuerda con mucha felicidad su trayectoria artística.

En su memoria mantiene intactas algunas imágenes, como si el tiempo no hubiese pasado. “Mi primer contacto profundo con la música fue a los ocho años, en un circo”, cuenta Marcelo. “Fue en Buenos Aires, en el cumpleaños de un primo. Me acuerdo que había una orquesta y yo me acerqué a la batería. Empecé a seguir la música que escuchaba con un platillo y el redoblante. En eso se acercó un miembro de la banda y me dijo: «Vos tenés que ser baterista, seguís muy bien el ritmo»”, recuerda.

El vecino de Salsipuedes asegura que en ese momento empezó el amor irrefrenable por la música, que poco a poco se convertiría en su cable a tierra. En retrospectiva, uno de los aspectos que más destaca de su carrera, es el de haber encontrado la oportunidad de expresarse y poder conectar con tanta gente. Sobre todo, al tocar en vivo. “El ida y vuelta que se genera cuando estás arriba del escenario es impresionante. Ahí uno es como es, no hay caretas. En ese instante es cuando más transparente logro ser”, confiesa.

Subirse a las tablas también implica una lucha interna en búsqueda del equilibrio para poder dar lo mejor frente al público. “Siempre sentí adrenalina y muchos nervios en la previa, pero después me siento en la bata, agarro los palos, cuento hasta cuatro y se me va todo”, dice Marcelo. Tras esbozar una sonrisa, continúa su relato: “Conectás con algo que no sé cómo describir, un canal mágico, invisible, que borra todo, el momento se transforma en una especie de meditación. Te concentrás en el ahora y lográs ser vos mismo”.

Muy agradecido con el camino recorrido, Marcelo hace un repaso desde sus orígenes hasta el momento actual. “Me siento orgulloso e identificado con todas las bandas que tuve la posibilidad de integrar, cada una me marcó en situaciones puntuales de mi vida y ayudó a que hoy sea lo que soy musicalmente hablando. Le doy gracias a todos los músicos con los que toqué”, expresa.

“En cada escenario viví algo especial”, responde al ser consultado sobre los momentos bisagra en su carrera. “Lo que destacaría es mi experiencia en España, principalmente porque nació mi hijo allá y, a nivel profesional, fue la primera vez que pude vivir dignamente de la música”, destaca.


El Milenio: ¿Cuál es el género que más disfrutás?

Marcelo Barani: He pasado por muchos estilos. A algunos los estudié por haber formado parte de determinadas bandas, sino quizás nunca los hubiese atravesado. Si tengo que elegir, me quedo con el rock porque me siento muy identificado con ese lenguaje, aunque el reggae también es una música que disfruto mucho tocar.

La segunda banda que tuve se llamaba Planta Madre y hacíamos todos temas propios. En aquel momento en Córdoba había solamente tres bandas de reggae, nosotros y dos más. Una vez nos invitaron al Centro Cultural Alta Córdoba para hacer una noche de puro reggae con Los Cafres como último número, fue increíble.

EM: ¿Y desde ahí cómo siguió tu ruta musical?

MB: Después de Planta Madre toqué funk con una banda que armé en Córdoba junto al excelente guitarrista Félix Scotto. Le pusimos de nombre Los Dientes y duró un tiempo largo. Después vino Los Particulares, una banda bastante grande. Llegamos a ser once en un momento, con dos chicas cantando. Fuimos soporte de Los Auténticos Decadentes en la Plaza de la Intendencia y tocamos frente a muchísima gente. La última banda que tuve en Córdoba antes de irme a España, se llamaba Quenodecaiga y hacíamos una fusión de bossa nova y jazz.

«En el escenario uno es como es, no hay caretas. Conectás con una especie de canal mágico que borra todo, dejando sólo el presente, y el momento se transforma en una especie de meditación. En ese instante es cuando más transparente logro ser»

EM: ¿Qué destacarías de tus vivencias en España?

MB: Llegué a Mallorca en 2001 y me instalé con mi pareja en la casa de unos amigos. Intentando conectar con músicos, leí un anuncio en un diario en el que buscaban baterista para grabar un disco. Resulta que llamé y quedé. Esa fue la primera banda que tuve allá, Cuando el río suena era el nombre y hacíamos pop en castellano.

Mientras grababa el disco con ellos, tocaba con otra gente para sobrevivir, principalmente acompañando solistas en percusión. Después de un año más o menos, conocí a la banda con la que más toqué estando en España, unos irlandeses que hacían una fusión de música celta y rock. Con ellos viajé por lugares que no hubiera conocido de no ser por ese grupo, fue una experiencia alucinante.

EM: ¿Cuál de esos viajes dirías que es el más memorable?

MB: Una vez fuimos a Dubái, en los Emiratos Árabes. Recuerdo que una tarde salimos a hacer un tour en camello por el desierto. Primero vimos un atardecer increíble, con un sol redondo, inmenso, metiéndose atrás de las dunas y después, a la noche, una luna llena hermosa. Ese recorrido me pareció maravilloso y ese concierto en Dubái fue extraordinario, nosotros tocábamos un día y al siguiente estaba Jamiroquai al lado en un escenario más grande.

EM: ¿Cómo fue el regreso al país y la elección de instalarte en Sierras Chicas?

MB: Desde que conocí Villa La Selva, allá por 2006, me pareció hermoso. Cuatro años después decidí instalarme definitivamente acá y conocí a unos músicos locales. Con ellos armé la primera banda que tuve apenas regresé, tomábamos canciones del tango y las llevábamos hacia la murga y el candombe. Después de eso toqué para diferentes solistas de Córdoba hasta que me alejé de las bandas, aunque siempre me mantengo ligado a la música. Actualmente le estoy produciendo un disco a un amigo y al mismo tiempo doy clases.

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