La artista plástica Leila Marina Villafañe presentó una muestra que busca conectar, a través del hilo y la tela, con las raíces de la sociedad argentina provenientes del continente africano y de los pueblos originarios. Sus obras apuntan a reivindicar un legado social y cultural históricamente invisibilizado.

Colaboración:

Valentina Solís, Antonella Monguzzi y Agostina Budrovich

5to Año. Instituto Educativo Nuevo Milenio


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Oriunda de Río Tercero, Leila Marina Villafañe (o simplemente Leila Marina, como aparece en sus redes sociales) llegó a Unquillo hace dos años. En sus manos trajo una combinación de diversas técnicas y posibilidades creativas, como el dibujo, el grabado, la costura y el bordado. En el papel le gusta plasmar todo tipo de formas (plantas, hojas, rostros, cuerpos), que luego saltan al plano tridimensional.

Actualmente, su obra se define como un proceso que tiene su base en el dibujo y luego se conecta con lo textil. Así lo refleja “La Recomposición”, una muestra integrada principalmente por retratos bordados y objetos de tela, como máscaras y muñecos, que recupera las raíces del continente africano y de los pueblos originarios que moldearon los orígenes de nuestra cultura.

Siendo una niña de carácter tímido, la costura y el dibujo fueron el refugio de Leila, como así también la naturaleza, elementos que aún mantiene y la inspiran. En cuarto grado, contempló por primera vez Los Girasoles, el cuadro de Vincent van Gogh, y el impacto que le produjo fue tan fuerte, que supo en ese momento que el arte iba a ser su forma de vida.

Presencias negadas


“Encontrar en mis obras una forma de conectar con historias que nos atraviesan, me motiva para seguir creando”, afirma la artista. Foto José Valle/Municipalidad de Unquillo.


“La Recomposición. Dibujos y bordados” se presentó en la Casa Museo y Centro Cultural Rivolta el 12 de marzo, el último día antes del comienzo del aislamiento obligatorio. La muestra (que fue planteada en el marco de la tesis de grado de la artista) abordó la afrodescendencia con el fin de “visibilizar a aquellos ancestros que fueron desterrados de sus orígenes para ser esclavizados y explotados”.

Además, también buscó revelar otra presencia que también es negada en la actualidad: la de los pueblos originarios. “Lo que me interesa destacar como objeto de recomposición es ese mestizaje tan fuerte de lo negro y lo nativo en nuestro territorio y cómo los procesos de colonización hicieron que incluso, en nuestro imaginario, nos creamos blancos”, explicó la joven y añadió: “Poder encontrar en mis obras una forma de conectar con historias que nos atraviesan social y políticamente me motiva para seguir creando”.

Su trabajo se da “por impulso”, pero al observar sus creaciones, Leila reconoce “algo autorreferencial” en su obra. “Tiene que ver con mi pasión por la cultura africana y también con un interés por indagar sobre mis orígenes mapuches, que vienen de mis abuelas chilenas. Hay cosas que la misma sangre busca”, reflexionó.

Y de esa herencia nació el aprendizaje autodidacta de coser, tejer y bordar; despertando “las memorias que habitan en cada uno de nosotros”. “Busco, a través del simple retrato imaginario de esos ancestros, poder mostrarlos como parte de la trama que somos y darles un nuevo lugar, respetado y reivindicado, aunque sea en una sala de exposición”, señaló la artista y añadió que aceptar esa trama es la forma para terminar con la discriminación, la desigualdad y la exclusión.

Crear, en la ciudad de los artistas


“Busco, a través del simple retrato imaginario de esos ancestros, mostrarlos como parte de la trama que somos y darles un nuevo lugar respetado y reivindicado, aunque sea en una sala de exposición”. Foto José Valle/Municipalidad de Unquillo.


Al hablar del proceso creativo, Leila Marina señaló que trabaja mediante el rescate de recursos y la experimentación. Ha pasado por vestidos de chapa, en una reflexión sobre la mujer y las estructuras de género, y actualmente se siente atraída por las arpilleras chilenas y el arte textil latinoamericano.

“Me gusta trabajar con telas con motivos de plantas y diversas texturas, armar composiciones tipo collage, jugar con los complementarios y sus matices buscando un equilibrio visual. Además, la simetría es un elemento que también permite identificar mis piezas”, comentó.

Para la joven, Unquillo es una ciudad que nunca se termina de conocer y un punto de confluencias artísticas diversas y enriquecedoras. “La relación con otros artistas es algo que potencia el proceso creativo. Cuando mostrás tu obra, se transforma eso que sale de vos y se generan otros diálogos. Eso me desafía a explorar nuevos caminos, ponerme a jugar en mi espacio de soledad y volver a mostrar, para seguir creando estos circuitos”, apuntó la artista y destacó la existencia y accesibilidad de múltiples espacios de exposición en la ciudad.

Hacia la raíz


“Reconocer la afrodescendencia es reconocer parte de nuestra historia”, apuntó Leila Marina sobre una herencia que no sólo está presente en el mestizaje de la sangre, sino que también se revela en las comidas, en la música, en las costumbres e incluso, en el lenguaje.

En este sentido, la Dirección Nacional de Pluralismo e Interculturalidad de la Nación estima que en la actualidad existen 1.500.000 argentinos e inmigrantes afrodescendientes en el país. “Los argentinos de origen afro han vivido, a lo largo de su historia, un proceso creciente de invisibilización sociocultural, que instaló y sostiene hasta la actualidad, el imaginario hegemónico de que «en Argentina no hay negros»”, señala el organismo estatal.

Vale recordar que el proceso migratorio se produjo fundamentalmente en tres etapas. Entre 1777 y 1812, llegaron al país 72 mil esclavos provenientes de África. En 1778, el 46% de la población argentina tenía origen africano.

Luego hubo un segundo momento, a fines del siglo XIX y principios del XX, donde si bien los inmigrantes llegaron como hombres y mujeres libres, en realidad huían de la pobreza y la colonización portuguesa.

Por último, a partir de los años 90, se produjeron las “nuevas migraciones africanas”, provenientes de Mali, Senegal, Mauritania, Liberia y Sierra Leona, situación que coincide con “el endurecimiento de las políticas migratorias de los países europeos”, lo cual ha posicionado a América Latina como nuevo horizonte para estas comunidades.