Los obstáculos son moneda corriente para Nicolás Carranza, uno de los pilotos más ganadores del motocross nacional. Mientras busca retomar la práctica tras meses de aislamiento, el competidor internacional y formador habla sobre las dificultades que lo fortalecieron en su camino y la constancia que se necesita para crecer en esta disciplina.

Colaboración

Pedro Cuervo y Francisco Periales 

4to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio

Melania Visintini y Gianna Crucianelli 

4to Año, Instituto Milenio Villa Allende


¿Encontraste algún error? Avísanos


El motocross es una de las disciplinas más complejas y arriesgadas dentro de la esfera del deporte motor. Ronda la idea de que el fanatismo por los “fierros” es un sentimiento de base para aquellos que nacen vibrando al ritmo de las carreras, casi como una herencia de sangre. A pesar de ello, miles de personas que “a priori” no demuestran una particular cercanía con la velocidad y el riesgo, sucumben ante la adrenalina que proponen estas disciplinas.

En ese impulso genuino, los más intrépidos encuentran además un extra de valor, un divertimento ante la sensación de peligro. El piloto Nicolás Carranza refleja desde el motocross una combinación de talento y amor por el deporte que terminó ayudándolo a traspasar sus propios límites en la pista. 

Desde ahí llega el diferencial para él, y en ese aspecto explica que, si bien competir en motocross implica un importante gasto de recursos económicos, el tiempo y la determinación son lo único que pueden catapultar a un piloto para alcanzar su mejor nivel. Así lo refleja desde su propia experiencia, que empezó cuando tenía solo cinco años.

Nicolás fue desde siempre un enamorado de las carreras. Sus primeros pasos fueron al volante de un pequeño karting a los cuatro años. Sin embargo, el deporte en cuatro ruedas implicaba grandes dificultades en relación al dinero y la logística necesaria para entrenar. 


“Hoy miro hacia atrás y, más allá de los títulos, lo que destaco es haber sido un motociclista plenamente dedicado a lo que me tocó en cada momento, tanto física como mentalmente”. Foto gentileza.


La necesidad de buscar un kartódromo lo fue acercando a las motos y a la oportunidad de desarrollarse con menos herramientas, en un entorno un tanto más salvaje. “Para hacer motocross no necesitás más que un espacio en el campo, un poco de verde. Eso te permite disfrutarlo de otra forma y practicarlo con mayor frecuencia”, sostiene Carranza.

Hoy, a sus 34 años, Nicolás no es solamente uno de los pilotos más competitivos y ganadores del motocross argentino, sino que también decidió hace un tiempo ampliar el espectro y volcarse a la formación de nuevos talentos, a través de su escuela “Carranza Sport”.

En lo personal, el primer mes de cuarentena me vino bien. Necesitaba parar, bajar un cambio. Tengo muchos compromisos y trabajo. Aunque ya en el segundo y tercer mes comencé a caminar por las paredes”, señala el reconocido piloto. Nicolás cuenta que aprovechó el parate presencial para profundizar en su relación con los jóvenes pilotos que entrena. 

Además de cada uno de los detalles técnicos y las adaptaciones de entrenamiento, Carranza apuntó a trabajar sobre las presiones e intentar comprender mejor qué estrategias aplicar para motivar a cada corredor. “Para mí fue sumamente importante lograr esta conexión con los chicos y alcanzar los resultados que conseguimos en tan poco tiempo y por teléfono. El primer sábado de junio recién pudimos encontrarnos en una pista. Ya podemos planificar entrenamientos personales en moto”, apunta con optimismo. 


El múltiple campeón del MX argentino también logró el subcampeonato del Supermotard S1 en Estados Unidos. Foto gentileza.


El Milenio: En 2018 llegaste al mundial de motocross ¿Qué sentiste al competir con pilotos de ese nivel?

Nicolás Carranza: Fue una sensación muy linda, de puro aprendizaje. Todo era muy interesante, desde el trabajo minucioso de los equipos, en cada detalle, hasta el modo de manejo de los pilotos a los que me enfrentaba. No estaba acostumbrado al tipo de pista que proponían y es complicado encontrar terrenos similares para prepararse acá. Pude correr con cierta regularidad, cuatro años consecutivos, y la pasé muy bien.

EM: ¿Qué competencias te marcaron como deportista?

NC: Siento que aprendí y disfruté de todas. No hay una carrera que haya sobresalido, cada una ha tenido su propia atmósfera. Respeto todas las instancias y cada vez que me subo a la moto para afrontar esa batalla, pienso que es importante para mí. Eso me convirtió en el piloto que soy en la actualidad, me dio una constancia. 

EM: ¿Dirías que ese es uno de los aspectos de la práctica deportiva que más valorás?

NC: Por supuesto, porque creo que es lo más complejo de lograr como persona. Hoy miro hacia atrás y, más allá de los títulos que he conseguido, resalto haber sido un motociclista plenamente dedicado a lo que me tocó en cada momento, tanto física como mentalmente. Lo digo por las carreras, pero también por la academia. Es seguir luchando para estar activo en el presente. Eso es lo que marca a un piloto, mucho más que cualquier trofeo.


La escuela “Carranza Sport” abarca a jóvenes de diferentes edades, incluyendo pilotos de Villa Allende y Río Ceballos. Foto gentileza.


EM: Hablamos de obstáculos y en el motocross la barrera del miedo es algo a quebrar sí o sí. ¿Cómo viviste la durísima lesión de cadera que sufriste en 2018?

NC: Fue una sensación horrible, la peor lesión que padecí y hasta el día de hoy me duele. Me quebré la cadera y los doctores, antes de operarme, me anticiparon cosas muy negativas. No me dijeron que iba a salir caminando o que podía continuar con mi vida o mi deporte. El panorama que me pintaban era que no iba a quedar del todo bien. Esos tres días previos al quirófano la pasé realmente muy mal. 

Uno es consciente de todo a lo que se expone en una pista, ya me había quebrado, dislocado, había perdido el conocimiento (que no es nada agradable), pero jamás algo tan serio como la rotura de la cadera. Ahí es donde me dije: “acá no hay límite, el límite se lo pone uno como persona”. 

Me volví un ser humano mucho más fuerte desde lo mental y al mes y medio ya estaba caminando. Los doctores pronosticaban que a los seis meses recién podría correr y a los tres ya lo estaba haciendo. Me asombré de mí mismo, de lo que uno es capaz de conseguir. Aún hoy persisten los dolores, si entreno muy fuerte a nivel físico tres días seguidos, mi cuerpo me pasa factura, pero estoy bien, puedo saltar, andar en bici, correr en moto y eso me pone muy feliz.