El confinamiento modificó las rutinas alimentarias de los argentinos y aumentó la frecuencia de trastornos como gastritis, digestión lenta, hipertensión y sobrepeso. El incremento de dietas poco saludables, la reducción de la actividad física, el malestar emocional y las dificultades en la realización de compras; son algunos de los principales factores que atentan contra el mantenimiento de hábitos alimenticios saludables.

Colaboración:

Sofía Stauber

4to Año, Instituto Educativo Nuevo Milenio

Julieta Yvanoff

6to Año, Instituto Milenio Villa Allende


A fines de marzo de este año, la Comisión de Alimentación de las Naciones Unidas registró una alteración en los entornos alimentarios de todo el planeta y Argentina no fue la excepción. A partir del establecimiento del aislamiento social, preventivo y obligatorio el pasado 20 de marzo, las rutinas de todas las personas experimentaron un cambio súbito. La actividad física disminuyó y, por el contrario, aumentó el consumo de alimentos procesados.

En una encuesta realizada por un equipo que reunió a investigadoras del Conicet y del Servicio de Alimentación del Hospital “Dr. Ramón Carrillo”, el 24% de los consultados reconoció haber reducido el número de frutas ingeridas al día, mientras que un 63% no alcanza a cubrir las porciones diarias recomendadas de verduras (2 o 3). Se trata de alimentos fundamentales ya que proveen vitaminas, minerales y oligoelementos que contribuyen a un mejor funcionamiento del sistema inmunológico.

A su vez, los lácteos también registraron una merma, ya que el 74% de los encuestados no ingiere las tres porciones diarias recomendadas por el Ministerio de Salud. Al mismo tiempo, aumentó el consumo de bebidas alcohólicas, gaseosas y golosinas, considerados ‘alimentos de baja calidad nutricional’. El último dato alarmante lo representa el 60% de los encuestados, que perciben comer más como producto del estrés y la ansiedad que despierta el confinamiento obligatorio.

Desde Sierras Chicas, las licenciadas en Nutrición Elisa Rivas (MP 1400) y Ana Laura Condinanzi (MP 3560) coincidieron con este panorama. “Han aparecido con más frecuencia algunos desórdenes alimentarios estrechamente relacionados con la cuarentena”, sostuvo Rivas y señaló la disminución de actividades físicas (incluso de las más sencillas como salir a comprar o a visitar amigos) “que mantenían un gasto calórico mínimo asegurado”, como un factor clave de esta problemática. 

Internet y ansiedad: los nuevos desafíos


El 60% de los encuestados reconocen comer más como producto del estrés y la ansiedad generados por el aislamiento.


A las dificultades de la situación en general, se suma el caso de personas que tienden a consultar en Internet buscando métodos para aumentar o disminuir de peso, encontrándose muchas veces con información falsa y perjudicial.

Por eso, Condinanzi recomienda evitar la “infoxicación”. “El foco no debería estar en subir o bajar de peso, sino en mantener o sostener hábitos de movimiento con las posibilidades que cada uno tenga. No se pueden brindar ‘recetas generales’ en este sentido, ya que cada planificación alimentaria debe ser individual, respetando numerosos factores”, sostuvo la nutricionista, destacando la importancia de consultar a servicios médicos y nutricionales.

Por otro lado, la ansiedad se convirtió en la gran protagonista del confinamiento. “Esto genera que se coma con mayor frecuencia y fuera de los horarios normales. Sumado a las sensaciones de malestar, inseguridad e incertidumbre, produce situaciones de salud indeseables tales como gastritis, dispepsia (digestión lenta), hipertensión y sobrepeso, entre otras”, apuntó Rivas.

En este sentido, las especialistas sostienen que consumir nutrientes de calidad ayuda a regular los mecanismos de hambre-saciedad. “También es importante mantener el orden en las comidas, registrando en qué momentos sentimos más apetito y evaluando si estamos consumiendo alimentos por alguna emoción o por hambre real”, advirtió Condinanzi.

Existen comidas que provocan sensaciones más placenteras porque tienen nutrientes que colaboran con la secreción de hormonas encargadas de esas funciones”, explicó Condinanzi y apuntó que un grupo de alimentos saludables al que se puede acudir son aquellos que aportan triptófano, como “la banana, el cacao, el huevo, las legumbres y los frutos secos”.

Además, la profesional señaló que apelar a comidas que brinden “nutrición emocional”, al ser elaboradas o compartidas en familia, puede ser una excelente estrategia, siempre y cuando se respete la variedad de nutrientes y las cantidades adecuadas para cada individuo.

Mantener una alimentación variada y hábitos de consumo saludables ayudan al mejor funcionamiento del sistema inmunológico frente a agentes infecciosos.

Algo más que sedentarismo


Los frutos secos contienen triptófano, un aminoácido fundamental para que el organismo fabrique serotonina, la llamada “hormona de la felicidad”.


Como coletazo, a la falta de movilidad corporal se suma el impacto económico de la situación actual que afecta a numerosos hogares e incide en la calidad de las comidas diarias. “En general, los alimentos que son más económicos y rendidores, son fuente de hidratos de carbono, en detrimento de las proteínas, vitaminas y minerales”, expuso Rivas.

Ambas profesionales consultadas coincidieron en la importancia de mantener la variedad de nutrientes, aunque este no es el único factor a tener en cuenta. En este sentido, Rivas aconsejó “comer despacio, masticando bien los alimentos. Cumplir con las comidas principales y, entre medio, sólo consumir frutas, gelatina, infusiones, etc. Tratar de no repetir la ración de comida, salvo que sean verduras, y evitar la comida chatarra, las frituras, el exceso de grasas, sal en demasía y los condimentos fuertes”.

Necesitamos todos los grupos alimenticios básicos: lácteos, huevos, carne, pescado, legumbres, cereales, vegetales, frutas, aceite, etc. Se recomienda seleccionar frutas y verduras de estación porque son más nutritivas y económicas”, añadió la nutricionista y advirtió no olvidar la ingesta diaria de agua, sobretodo en niños y adultos mayores.

Es fundamental que pongamos como prioridad a nuestra salud, en su dimensión física, mental y espiritual. Cualquier desequilibrio repercute en nuestro organismo, produciendo malestar”, enfatizó Rivas. “Construimos defensas sosteniendo buenos hábitos”, concluyó por su parte Condinanzi.