A 71 años de la urbanización de este extenso barrio de Mendiolaza, El Milenio habló con los hermanos Bobadilla, integrantes de una de las primeras familias que llegaron a la localidad, por el año 1948.

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(De izquierda a derecha) Ismael, Teresa y Domingo Bobadilla llegaron a Mendiolaza hace más de 70 años.

Domingo (73), Teresa (79) e Ismael (79) son tres de los once hijos que tuvieron Gregorio Rómulo Bobadilla y Julia Francisca Rodríguez. La familia de Río Segundo llegó a Mendiolaza cuando no era más que un pequeño caserío, en 1948, ya que Don Gregorio había sido convocado por el dueño de las tierras, Pedro Diez Fargas, para abrir las calles del loteo que tiempo después sería El Talar.

Hoy en día, desde la intimidad de su casa, los hermanos rememoran los momentos vividos en la Mendiolaza de antaño y aseguran que, pese a los grandes cambios que han ocurrido en los últimos años, siguen eligiendo la ciudad como lugar para vivir.

El Milenio: ¿Cuándo vinieron a vivir a Mendiolaza?

Domingo Bobadilla: Llegamos a Mendiolaza el 2 de abril de 1948. Nuestro padre había sido contratado para hacer la obra de El Talar porque tenía equipos para desmontar y abrir las calles. Mendiolaza era apenas un pueblito en ese entonces, no tenía ni almacén.

EM: ¿Cuántos habitantes tenía la ciudad cuando ustedes llegaron?

DB: No sabría precisar la cantidad, pero éramos pocos. Había mucha gente que venía a veranear por la zona, pero los habitantes estables se contaban con los dedos de las manos.

EM: ¿Se acuerda algunos apellidos de los vecinos de ese entonces?

DB: Sí, donde hoy es la Municipalidad vivía Don Pedro Diez Fargas, el dueño de casi todos los terrenos del pueblo. También estaba el astrónomo alemán, Sebastián Mainz, el doctor José Agustín Ferreyra Vázquez, que vivía al frente, sobre la ruta vieja y, para el lado de lo que hoy es Mendiolaza Golf, vivía la familia Romero, los Ortega, los Muñoz y algunos más.

EM: ¿Y a qué se dedicaban?

DB: Hicimos de todo un poco. Ismael trabajó unos años en la Municipalidad de Villa Allende, otro hermano era empleado en una estación de servicio. En 1956 vino un señor japonés y puso un invernadero de claveles. Yo trabajé ahí por cinco años, desde 1960 hasta 1965, luego me llevaron al servicio militar.

Para mí, el tiempo que pasé cultivando claveles fue el mejor de mi vida acá. Tenía 15 años y sentía que era un paraíso trabajar ahí, se disfrutaban las diferentes estaciones del año porque había mucho verde. En aquellos años, la calle San José de Calasanz estaba cubierta de árboles, plátanos altísimos, era como un túnel de ramas y hojas. Eran hermosos los amaneceres y los atardeceres en Mendiolaza.

Ismael Bobadilla: Yo fui a la Academia Argüello y después trabajé un buen tiempo en Ingeniería y Construcciones Kaiser, donde me dieron un premio porque los primeros cinco años no falté ni llegué tarde ni un día y me la pasaba haciendo horas extra. También trabajé en la planta de Ika – Renault.

En Mendiolaza formé parte de la primera comisión vecinal. Al dispensario lo abrimos el doctor Barneto y yo. Nosotros éramos 11 hermanos. Mi madre tuvo la suerte de tener trillizos, pero como en el lugar donde vivía no había asistencia médica, lamentablemente fueron falleciendo.

Teresa Bobadilla: Yo trabajaba en el correo. Empecé como cooperante de la señora Laura Castillo, que era la titular de la estafeta de Mendiolaza. En 1962, cuando se retiró, quedé a cargo hasta que me jubilé, 37 años después.

“Antes la vida era más tranquila, pero el pueblo conserva su belleza, su clima agradable y su buena gente, más todo el progreso que ha tenido. Definitivamente vale la pena vivir acá”

EM: ¿Alguna vez trabajaron juntos?

DB: En 1968, Ismael renunció a Renault y ahí nos independizamos (él, otro hermano y yo) y empezamos a fabricar herrajes para ataúdes. Tuvimos un socio italiano, Romano Alegretti, que sabía mucho de fundición y nos ayudó en el emprendimiento.

De a poco empezamos a sumar clientes para otros trabajos. Una firma de Río Ceballos que trabajaba para Venturi, Fiat e IME (Industrias Mecánicas del Estado) nos buscó e Ismael tomó el trabajo de soldadura para los depósitos hidráulicos de los tractores. Los que producían eso eran Aventuras y Hnos., una fábrica de Córdoba.

Después, cuando empezó a flaquear el trabajo de los ataúdes, Ismael, que conocía ese oficio, se dedicó a la herrería de obra y a fabricar timbrado, cochera, puertas, ventanas, de todo un poco; ahí trabajamos los tres.

EM: ¿Recuerdan al primer intendente?

DB: El primero que estuvo en Mendiolaza fue Don Oscar Cruzado, suegro del actual intendente Daniel Salibi. Estuvo 15 años, hasta que se jubiló. Era un hombre muy bueno, muy guapo.

EM: ¿Cómo ven la ciudad después de todos estos años?

DB: Bien, la verdad progresó muchísimo Mendiolaza. Antes era una aldea, el asfalto agilizó todo. No se puede parar el progreso, así que bienvenido sea, mientras todos los que habitan en el pueblo estén conformes, tranquilos y vivan bien. Lo importante es que nos respetemos como vecinos y que cada uno aporte todo lo que pueda en beneficio de la comunidad.

EM: ¿Extrañan la vida en el campo?

DB: No sé si extrañar sería la palabra, pero es cierto que antes la vida acá era más tranquila. Ahora hay muchos vehículos y más gente que ni conocemos, lo cual no pasaba antes.


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EM: En una entrevista que dieron para La Voz del Interior hace un par de años dijeron que Mendiolaza había dejado de ser el pueblo tranquilo de su adolescencia, pero que seguía siendo “el mejor lugar para vivir”. ¿Aún opinan lo mismo?

DB: Sí, porque hay vecinos que son muy buena gente y el clima y la belleza del pueblo en sí siguen estando, más todo el progreso que ha tenido. Definitivamente vale la pena vivir acá.

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