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Sebastián Margara recorre los cielos argentinos


A bordo de un ala delta o de un parapente, Sebastián Margara, de Villa Allende, recorre los cielos argentinos detrás de nuevos desafíos. Tras 27 años de amistad con el viento, el deportista asegura que la clave es aprender a sentir y entender el entorno.

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“La montaña nos da oportunidades, hay que saber aprovecharlas y estar realmente preparados”, remarca Sebastián Margara.

Colaboración: Brunella Capozucca, Carlina Scocco y Victoria Pereyra (4to IMVA). Tomás Quinteros y Paz Luque (4to IENM).

Aprovechando las corrientes ascendentes, pero colaborando con el empuje propio, el ala delta y el parapente logran una comunión entre las personas, la naturaleza y el histórico anhelo humano de volar como las aves.

De tecnología simple pero precisa, estos planeadores despegan y hacen su trabajo a partir del conocimiento humano. Aprender a sentir y entender el entorno es la clave, y Sebastián Margara, que ya lleva 27 años de amistad con el viento, lo sabe. “Analizamos el clima, la velocidad del aire, las tormentas. Somos muy estudiosos de la meteorología”, explicó el deportista.

En un día soleado con vientos leves de 15 km/h, Margara suele cambiar la comida con amigos o el descanso regular, por la combinación de adrenalina y libertad que le genera mirar el paisaje con la misma panorámica de un águila.

“Córdoba es una de las mejores provincias del país para practicar estas disciplinas. Las condiciones aerológicas y climáticas son muy auspiciosas”, afirmó Margara, quien ha practicado ala delta en territorios que van desde La Rioja hasta Buenos Aires.

Luego de arduas caminatas que suelen incluso superar las dos horas, Sebastián encuentra los lugares adecuados, en medio de las sierras, para remontar vuelo. Villa Alpina, Pan de Azúcar, La Calera y Mina Clavero, son algunos de los sitios que aparecen con más frecuencia en el mapa del aladeltismo. Sin embargo, Cuchi Corral surge como el escenario más propicio y uno de los más elegidos para la práctica.

El Milenio: ¿En qué consiste el despegue y el aterrizaje?

Sebastián Margara: El ala delta requiere cierta velocidad para despegar y una graduación en las montañas. Es decir, necesitamos un desnivel, tanto para levantar vuelo como para volver a tierra.

Mi ala delta, por ejemplo, precisa alrededor de 33 km/h para despegar. Esa velocidad no la puedo desarrollar yo solo, me ayuda el viento de frente. Todas las aeronaves despegan y aterrizan con viento de frente. Necesitan una resistencia.

EM: ¿Cómo se aprende a practicar ala delta?

SM: Es necesaria una escuela. En una época hubo autodidactas de esta disciplina, pero fue evolucionando porque es algo muy riesgoso. Ensayar sin un profesor significa poner en peligro tu vida.

Es difícil encontrar espacios que enseñen ala delta en Córdoba. La escuela que había se cerró hace algunos años a partir de un accidente. El hombre que daba las clases lo hacía exclusivamente por amor al deporte. Se vuelve complejo porque no es algo que genere un rédito económico y, al mismo tiempo, significa una gran responsabilidad.

Hoy existen formadores en Buenos Aires, La Rioja y Tucumán. Yo recomiendo la posibilidad de aprender en La Rioja, allí hay un instructor que lleva 35 años en este deporte.

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La comprensión del viento y de los espacios de vuelo se vuelve imprescindible para la práctica de ala delta.

EM: ¿Cómo se presenta Sierras Chicas en cuanto a las condiciones geográficas y meteorológicas que demanda esta práctica?

SM: Existen lugares interesantes en la zona. El Pan de Azúcar es un buen territorio para volar ala delta. En La Calera hay una escuela de parapente, con unas condiciones muy propicias.

Tienen mucho que ver las sierras, las orientaciones y los lugares de aterrizaje. Esto último es clave, se puede despegar desde muchos lugares, pero lo difícil y necesario es encontrar un paraje donde aterrizar.

Un ala delta necesita un espacio más grande que el parapente para aterrizar, porque genera mayor velocidad y espacio para planear. También es preciso tener una línea final larga donde apoyarse, similar a lo que ocurre con un avión.

EM: Es inevitable la comparación del ala delta con el parapente…

SM: Sin dudas, son deportes hermanos. Yo practico ambos y hay una conexión directa, porque generalmente planeamos en los mismos lugares y necesitamos condiciones parecidas para la práctica.

El parapente tiene la ventaja de la practicidad. En la actualidad se consiguen equipos que ni siquiera superan los 2 kg. En el ala delta, usamos materiales que en conjunto pesan entre 25 y 30 kg. Además, las medidas son distintas, el ala delta mide cinco metros y está constituido de varas metálicas plegables.

“El ala delta y el parapente me llena el alma. ¿Acaso no soñamos todos alguna vez con volar?”

EM: ¿Hasta qué altura se puede llegar?

SM: Hace un mes, un francés llegó a aterrizar en la cima del Aconcagua, que tiene 6900 metros de altura. En general no llegamos a tanto, ni con ala delta ni con parapente. Solemos alcanzar alrededor de 3500 metros en verano.

Cuando hay nubes no lo hacemos. Siempre hay que tener visibilidad. Por eso también volamos con radios, es nuestra mejor manera de cuidarnos.

EM: Volviendo a las condiciones necesarias para volar, ¿existen diferencias con el parapente?

SM: Si bien son bastante similares, el ala delta te brinda una ventaja ante el viento, en caso de que este sea un poco más fuerte. Al tener una estructura más pesada y rígida, el margen ante la velocidad del aire es mayor al que tiene el parapente. Es un equipo que penetra mejor el viento, el parapente no puede volar con ráfagas fuertes.

EM: ¿El ala delta es más riesgoso?

SM: Es un poco más complejo. El impacto del ala delta es mayor, desarrolla otra velocidad. Al principio pueden ocurrir algunos tropezones por la falta de fluidez en cuanto al manejo del artefacto y del viento.

“Córdoba es una de las mejores provincias del país para practicar estas disciplinas. Las condiciones aerológicas y climáticas son muy auspiciosas”

EM: ¿Qué haría falta mejorar, en relación a las condiciones de la zona, para volar de una manera más segura?

SM: Creo que hay una explosión en torno a estos deportes bastante interesante en la zona, pero en algunas cuestiones es necesario un respaldo estatal. Por ejemplo, ahora en La Calera, que es una zona hermosa de vuelo, se está tramitando el pedido de lo que llamamos “cajones aéreos”. Son espacios libres para volar con la garantía de no cruzarnos ningún avión. Si eso se termina de gestionar, abre un espacio más grande, nos brinda la posibilidad de planear más alto, además de generar lugares más seguros para aterrizar y trasladarnos.

EM: ¿Qué desafíos presenta volar en la montaña?

SM: Es difícil. Lo que varía constantemente es el comportamiento del aire. En el llano, el viento se manifiesta de una manera mucho más estable. En cambio, cuando hay montañas, el aire choca contra ellas y genera ondas, turbulencias. Es ahí donde aparece el desafío de manejarse correctamente ante las direcciones que va tomando el viento.

Todas estas cuestiones se aprenden mediante cursos. Requiere una preparación muy particular volar en la montaña, es extremadamente diferente a volar sin obstáculos. Aunque esto último es relativo, porque la montaña no siempre es un obstáculo, sino que también nos brinda la posibilidad de volar mucho más alto.

Nosotros hemos volado en sierras grandes, incluso alcanzamos 1500 metros por encima del Cerro Champaquí. Esas son las oportunidades que nos da la montaña, pero hay que saber aprovecharlas y estar realmente preparado.


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EM: ¿Hay espacios específicos que te permitan buscar esas oportunidades?

SM: Existen lugares con mucha altura para el despegue. Acostumbramos ver aves, como las águilas, que parecen estar girando y pensamos que encontraron comida. Sin embargo, no es ese el motivo de sus movimientos. Se debe en realidad a que encuentran una onda de aire caliente que sube.

Lo mismo hacemos nosotros con el ala delta o el parapente. Nos metemos dentro de esa corriente y para no salir de ella nos quedamos girando. Ese aire tiene una circunferencia, a veces más pequeña, otras veces más grande. Eso te permite subir hasta una determinada altura y desde ahí trasladarte en distancias muy interesantes.

EM: ¿Qué te deja la posibilidad de practicar estos deportes?

SM: Me llenan el alma. ¿O no soñamos todos con volar alguna vez? Antes llamaban locos a quienes lo hacían. No eran ningunos locos, solo querían volar.

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