Los guantes del tiempo

A solo meses de su retiro definitivo, Juan Carlos Olave dialogó con El Milenio. Con 41 años, el ahora director deportivo de Belgrano, repasó su apasionante carrera, desde Las Palmas a la dura altura boliviana, pasando por La Plata y el histórico Belgrano del ascenso.


Por Ignacio Parisi | ignacioparisi@elmilenio.info 

Colaboración: Francisco Del Río y Carolina Pesasi


¿Cuánto se necesita para ser un emblema en el fútbol? ¿Es la cantidad de partidos jugados? ¿Son los triunfos? ¿La capitanía? No hay respuestas, ni fórmulas. Juan Carlos Olave es quizás el emblema más grande de la historia de Belgrano, tiene 382 partidos en la primera “Celeste”, interminables victorias y cientos de encuentros con la cinta en su brazo. Podríamos decir que es un emblema por todo eso, que debería ser suficiente, pero aún así no alcanza.

Tiene algo, esa estirpe de héroe popular, la locura característica de todo arquero y un dejo de futbolista de otro tiempo. Es algo extraño, las clinas largas, los botines negros clásicos, el buzo característico siempre. Su estilo provocador dentro de las líneas de cal fue parte de su modo de vivir el juego. Irreverente y arriesgado, siempre entendió el folklore, pero nunca renunció a su estirpe de barrio por más amigos del campeón que pudiesen aparecer.

Llegó al Club Atlético Las Palmas de la mano de su abuelo, uno de los fundadores de la institución azul y roja, y allí desde pequeño comenzó a buscar su lugar en la cancha. Primero como volante, luego como defensor lateral, para finalmente llegar al arco “por decantación” según afirma el mismo Olave. “Un día me probaron de arquero pensando que podía tener condiciones para el puesto y aquí estoy”, cuenta Juan Carlos mientras se ríe de los anteriores puestos que ocupó en el césped de su club.

En pasos cortos pero continuos, Juan Carlos Olave transitó el sueño de ser futbolista arriesgando todo lo que tenía en el camino. Pocos partidos había alcanzado a disputar desde su debut en la primera de Las Palmas cuando llegó a Belgrano. Su primer paso por Alberdi en 1995 fue poco fructífero, el joven arquero contó con nulas chances, y años más tarde decidió jugarse uno de sus tantos plenos, emigrando a Bolivia.

En torno a ese viaje, admite: “Para mí fue una etapa enriquecedora, jugué en el Bolivar, el club más importante de Bolivia. Fui como tercer arquero y terminé jugando la Copa Libertadores. Más allá de lo deportivo fue una experiencia de vida tremenda, fui con mi esposa, en ese momento éramos novios y fue impresionante para los dos. Era la primera vez que teníamos que valernos solos ante el mundo, ganábamos muy poco, vivíamos con lo justo, pero era mucho más grande la ilusión de ser jugador de fútbol que cualquier necesidad que pudiéramos pasar”.

Luego de volver de Bolivia y habiendo probado las mieles del fútbol profesional, el “Juanca” no abandonó nunca más la idea de quedarse debajo de los tres palos cada día de su carrera. Así fue como redobló esfuerzos para consolidarse definitivamente como arquero de primera división. “Pasé de jugar ante 70.000 personas en los cuartos de final de la Copa Libertadores, a no tener equipo”, sostenía Juan Carlos hace un tiempo.

Sin embargo, el pibe que creció admirando las voladas míticas del “Mono” Navarro Montoya y Ángel David Comizzo, no claudicaría ante los arrebatos del fútbol. En cambio, el joven que solía repartir diarios en los barrios decidió regresar al fútbol amateur y probarse en cuanto equipo pudiera abrirle una pequeña oportunidad.

Así fue como, luego de un tiempo de grandes incertidumbres, el pelilargo golero llegó a la primera de Belgrano, antes consolidándose y emigrando a Gimnasia y Esgrima de La Plata, club que adoptó como propio mientras la mitad de la ciudad de las diagonales le devolvía sus grandes actuaciones con afecto.

A los 31 años y con las valijas cansadas, Olave volvió a Belgrano, lugar al que prometió regresar para devolver al pirata a la primera división. Con 31 años, el público y el periodismo avizoraba un retiro antes que una revancha, pensando que al arquero le quedaba poco hilo en el carretel. El afán de victoria y el liderazgo notable de Olave demostrarían lo contrario.

¿Cuánto se necesita para ser un emblema en el fútbol? ¿Es la cantidad de partidos jugados? ¿Son los triunfos? ¿La capitanía? No hay respuestas, ni fórmulas. Juan Carlos Olave es quizás el emblema más grande de la historia de Belgrano. Foto: El Milenio. 

El Milenio: ¿En qué momento te diste cuenta que lo tuyo con el fútbol profesional iba en serio?

Juan Carlos Olave: La verdad es que yo me la jugué por el fútbol.  A los trece años, al pasar de la primaria a la secundaria no conseguía colegio a la mañana y a mis viejos se les complicaba mucho, a nivel económico, mandarme a un secundario privado. Así que el primer año tuve que hacerlo de noche y era muy difícil entrenar de esa forma. Ya en segundo año no se podía y cuando empezaron las clases en vez de ir al colegio me fui a la casa de mi tía durante dos semanas. Un día mi tía me dijo que no les podía seguir escondiendo a mis viejos el hecho de no estar yendo a la escuela, a lo que yo le contesté ‘tía yo quiero jugar al fútbol’. De modo que ella fue a buscarlo a mi padre, le contó la situación y la ilusión que yo tenía de jugar. Así fue como mi viejo decidió anotarme en un colegio privado, haciendo un esfuerzo enorme para que yo pueda entrenar. Le prometí que no iba a dejar de lado la escuela e incluso fui abanderado en tercer año.

No había ningún condicionamiento de mis padres, sino que yo era consciente de lo mucho que hacían por mí, y que por ende tenía que responder en la escuela. Mínimamente merecían mi compromiso.

EM: ¿Hubo algún momento en que peligró ese sueño de jugar al fútbol?

JCO: Sí, cuando volví de jugar en el Bolivar. Venía de participar en Copa Libertadores y terminé de vuelta en la Liga Cordobesa. Cuando uno prueba el fútbol profesional es difícil retroceder y se me cruzó por la cabeza dejar. Terminé jugando un tiempo en Las Palmas, el amor por ese club fue lo que me contuvo. Me dio un desafío más allá del personal y del hecho de que me iba quedando sin oportunidades, para mí salir campeón en el club que me vio crecer era una meta. Me ayudó a no abandonar.

EM: ¿Te acordás cómo fue tu debut en Belgrano?

JCO: Sí. En realidad fue en el año 2000, yo era tercer arquero en ese plantel. Fue sobre el final del campeonato. Un día llego al entrenamiento bien temprano, porque me gustaba hacerlo y al mismo tiempo llega el técnico, que en ese momento era Carlos Ramacciotti y me dice: “Estemos en la categoría que estemos, el año que viene vos vas a ser el arquero de la primera de Belgrano”.

A mí me sorprendió, yo no jugaba, no iba ni al banco. Pero el tipo me dijo que siga entrenando del modo en el que lo hacía, que de esa forma el premio llega y yo iba a ser el arquero del primer equipo.

Tenía 25 años en ese entonces y debuté contra Boca en La Bombonera, ante un equipo que venía de ser campeón continental y les ganamos 3 a 1. Belgrano hizo un gran partido ese día y terminamos redondeando un buen primer torneo.

Llegó al Club Atlético Las Palmas de la mano de su abuelo, uno de los fundadores de la institución azul y roja, y allí desde pequeño comenzó a buscar su lugar en la cancha. Foto: Mundo D.

EM: El puesto de arquero no admite muchas pruebas y errores. ¿Sentías la necesidad de responder rápido ante la confianza que había depositado en vos el director técnico?

JCO: Sentía la presión. Tenía 25 años y no es una edad usual para debutar, la mayoría lo hace antes. A mí se me estaba dando esa oportunidad en la primera del fútbol argentino y debía explotarla al máximo, pero también sentí la confianza plena del entrenador y eso es fundamental. Cuando alguien confía así en vos, más allá de tu inexperiencia y de los riesgos que eso conlleva lo afrontás mejor. Yo sabía que me la tenía que jugar a fondo, porque estaba en el límite, entre ser arquero o volver a trabajar con mi viejo.

EM: Pronto se dio tu traspaso a Gimnasia de La Plata. ¿Cómo lo viviste?

JCO: En esa instancia los dueños de mi pase decidieron venderme, pero yo elegí a donde ir. Tenía opciones para jugar, en Independiente, Colón de Santa Fe o San Lorenzo, pero opté por Gimnasia de La Plata porque ahí estaba el técnico que me hizo debutar en la primera de Belgrano. Además, por la ciudad y la gente, yo había tenido la oportunidad de jugar en “El Bosque” y el público me había tratado muy bien.

Creo que siempre fui un jugador que necesitó del lazo afectivo con la gente, con el club y en Gimnasia me encariñé rápidamente con los hinchas. Deportivamente me fue muy bien ahí, tal es así que me abrió las puertas para ir a jugar a Europa durante dos años.


“Un día me probaron de arquero pensando que podía tener condiciones para el puesto y aquí estoy”


EM: ¿Fue complejo jugar en España?

JCO: No me fue bien en lo futbolístico, al menos no como yo esperaba. Fue duro, sobre todo al principio porque estaba muy lejos, yo soy muy familiero y desde allá apenas si podía venir una vez cada seis meses a Córdoba. Me costó la adaptación y no pude rendir de la manera en la que pretendía. También hay hermosos recuerdos, mi hija nació allá, es un país espectacular para vivir. El fútbol es muy tranquilo, uno está acostumbrado al fervor de los estadios argentinos y allá es muy diferente. Me volví apenas tuve la oportunidad de hacerlo.

EM: ¿Qué diferencias notaste a nivel futbolístico con respecto al puesto de arquero en Europa?

JCO: Allá el arquero sudamericano no gusta demasiado. Los arqueros de acá son más arriesgados, más protagonistas del juego, en Europa prefieren lo sobrio. Nosotros somos más desfachatados, tenemos otra forma de jugar e incluso de vestir, somos de la escuela del ‘arquero volador’, o más espectacular en la atajada por ponerlo de alguna forma. Allá buscan mucha seguridad en la atajada y esa seguridad es relativa. Cada estilo tiene sus virtudes y falencias. No por casualidad, los arqueros argentinos que se han destacado en España son arqueros más tradicionales, por eso yo tampoco encajé en ese fútbol. Tenía que cambiar mi forma de vivirlo, de jugarlo.

EM: ¿Cómo transitaste tu última y larga etapa en Belgrano?

JCO: Me acuerdo que cuando nos íbamos en el auto con mi esposa para empezar a jugar en Gimnasia de La Plata iba pensando en todo lo que dejaba. Me había costado tanto alcanzar mi sueño de jugar en Belgrano y me había durado tan poco, pero el fútbol es así, te va llevando.

Me sentía en deuda y le dije a mi mujer que a los 32 años yo tenía que estar de nuevo con la camiseta de Belgrano, a lo que ella me contesta ‘hicimos 200 km y ya te querés volver’?. Era lo que sentía y los primeros seis meses lo pensaba todos los días. Cada partido que jugaba Belgrano en Buenos Aires iba a verlo.

A los 31 años se dio la posibilidad de volver. El universo se va acomodando. Fue en la B Nacional y en ese tiempo yo tenía chances de jugar en clubes de primera, no obstante quería ayudar a ascender a Belgrano. A mí, anteriormente me había tocado descender con el club y era una espina que tenía clavada. No me importaba en qué categoría estuviese Belgrano, mi sueño era recomponerlo y la única forma era volviendo a primera.

A los 31 años y con las valijas cansadas, Olave volvió a Belgrano, lugar al que prometió regresar para devolver al pirata a la primera división.

EM: A partir de ahí, hubo una serie de campeonatos en los que estuvieron muy cerca pero no alcanzó.

JCO: Totalmente. El primer año jugamos la promoción con Racing y estuvimos muy cerca de ganarla. El segundo año volvimos a jugar una promoción, esta vez contra Rosario Central y de nuevo estuvimos muy cerca en el resultado, pero no fue suficiente. Belgrano fue protagonista siempre desde ese 2007 hasta el partido contra River en 2011.

EM: ¿Qué les brindó el “Ruso” Zielinski para dar un paso más?

JCO: Tranquilidad, ante todo. Creo que vio un equipo desesperado luego de perder dos chances tan claras de volver a primera división. No teníamos paciencia y Zielinski nos dio eso, nos convirtió en un equipo muy inteligente y estratégico. Comenzamos a sumar, perdimos sólo dos partidos en toda su campaña y llegamos en el mejor momento a la final con River.

EM: ¿Fue extraño enterarse que la promoción sería contra River?

JCO: Lógicamente, nosotros no pensábamos encontrarnos con River en una promoción, preferíamos no enfrentarlos, pero desde el momento en que supimos que era nuestro rival no dudamos ni un instante de nuestras posibilidades. Siempre nos tocaron equipos grandes, pero en vez de lamentarnos pensábamos en el ruido que podíamos llegar a hacer ganando esos dos partidos. Por eso hablo de la convicción increíble que tenía ese equipo.

EM: ¿Cómo fueron los momentos previos a jugar ese partido?

JCO: La verdad es que la ansiedad que sufrimos esa semana previa fue insoportable, no podíamos estar un segundo sentados. Estábamos muy enfocados en lo deportivo, pero todo el mundo hablaba de eso y es difícil manejarlo. Llegamos a Buenos Aires y en la televisión titularon ‘Llegó Belgrano a Argentina’. Teníamos un montón de sensaciones que necesitábamos volcar en la cancha. Salimos en el colectivo para el Monumental y nos olvidamos al médico nuestro en el hotel. El primer tiempo la pasamos muy mal, lo aguantamos como pudimos, pero sabiendo que River nos estaba superando. El segundo tiempo salimos a darles guerra y convencidos de que podíamos defender nuestra ventaja.

EM: ¿Qué les dijo Zielinski en el vestuario?

JCO: El “Ruso” siempre está tranquilo, nos habló de la gran oportunidad que teníamos y de que estaba en nuestras manos tomarla. Recuerdo cuando yo estaba dando la arenga como siempre en un momento me frena Mariano Campodónico y le salieron algunas palabras del corazón. Nos dijo: ‘Déjenme decirles algo, nosotros no venimos a ver qué pasa, venimos a ser protagonistas y me importa nada los 106 años de historia de River, porque esta tarde los mandamos a la B’. Todas eran expresiones de desahogo, son sentimientos que sólo se calman cuando entrás a la cancha. Esa previa es incontenible, solo queda vivirla.


La verdad es que yo me la jugué por el fútbol.  A los trece años, al pasar de la primaria a la secundaria no conseguía colegio a la mañana y a mis viejos se les complicaba mucho, a nivel económico, mandarme a un secundario privado. Así que el primer año tuve que hacerlo de noche y era muy difícil entrenar de esa forma.


EM: Habías estudiado junto con Julio Constantín y el cuerpo técnico que ante un penal para River, Mariano Pavone patearía hacia un palo en particular, sin embargo, te tiraste hacia el poste contrario y lo atajaste. ¿Qué pasaba por tu cabeza?

JCO: Es cierto. Suponíamos que River iba a tener un penal en el Monumental. Lo hablábamos con Julio Constantín, decíamos que Pavone siempre tiraba los penales a la izquierda del arquero, fuerte, de frente y a media altura. Yo pensé en amagar a tirarme al palo derecho y tirarme al izquierdo, pero a último momento decidí lo opuesto: amagué y me tiré al lado derecho. De esa misma forma Angel Comizzo, arquero de River le había tapado un penal a Belgrano, mucho tiempo antes.

El arquero fue distinguido con una plaqueta y ovacionado por el público en su partido despedida ante Central.

EM: ¿Qué le dejó ese equipo a Belgrano más allá de lo deportivo?

JCO: Creo que construimos un equipo con identidad, pudimos devolver a Belgrano al lugar que merecía, porque peleábamos cada campeonato en la B Nacional, porque institucionalmente habíamos crecido mucho y nos habíamos ganado el espacio para demostrar todo eso en Primera División.

EM: ¿Tenía algo especial Belgrano cuando se enfrentaba a los cinco grandes?

JCO: No le teníamos miedo a nadie, creíamos en nosotros. Cuando muchos nos bastardeaban, nuestro equipo nunca dejó de creer en lo que proponía en la cancha. No queríamos ser un equipo vistoso, sino un equipo práctico que identificara al hincha y eso fue lo que ocurrió durante muchos años. Si hay algo de lo que estamos orgullosos es de haber construido una identidad de juego, porque logramos una conexión con el hincha que iba mucho más allá de los resultados. Ellos estaban siempre con nosotros porque sabían lo que daba ese plantel por Belgrano.

EM: ¿Qué análisis hacés del presente de Belgrano? ¿Qué te parece que falta?

JCO: Falta tiempo. Belgrano hoy es un equipo en construcción. Esa etapa tan linda que pasamos desde que ascendimos, se fue diluyendo por cuestiones lógicas, hay un cambio generacional muy grande. Hicimos un gran movimiento en el plantel, de 26 jugadores cambiamos 16. Ahora es necesario construir un grupo nuevo, un vestuario nuevo y todo eso lleva tiempo. También se generaron muchos cambios de director técnico, cosa que no había sucedido en seis años.

La misma paciencia que no teníamos cuando no podíamos ascender es la que nos falta ahora para que el equipo se vuelva a armar. Desde mi punto de vista estamos logrando plasmar algunas facetas del viejo Belgrano, el equipo tiene cada vez más solidez defensiva, cuestión que no tuvo el año pasado. Este plantel es más rico en cuanto a lo técnico que aquel Belgrano que alcanzó el ascenso, lo que falta es agregarle ese plus que supimos tener, pero eso va a ir surgiendo a medida que se termine de conocer este nuevo grupo de jugadores.

“Creo que construimos un equipo con identidad, pudimos devolver a Belgrano al lugar que merecía”.

EM: ¿Cómo vivís esta nueva etapa fuera de la línea de cal?

JCO: Ahora lo estoy extrañando un poco. Al principio no, apenas dejé estaba muy saturado del fútbol. A mí también me costó afrontar todos los cambios que hubo en el equipo estos últimos años. Yo, físicamente, podría haber seguido jugando, pero en el último tiempo se fueron muchos compañeros que formaban nuestro grupo y ante todos estos cambios que menciono ya no tenía la fuerza como para volver a comenzar de cero. Fue un proceso muy largo el último, diez años en esta etapa final y la verdad que estaba un poco desgastado. Preferí irme del fútbol antes de que el fútbol me saque.

EM: ¿Seguís entrenando?

JCO: Sí, además de mi trabajo en la escuela de arqueros yo entreno solo. En este momento pienso un poco en eso, al fútbol no lo abandonás nunca. Me voy a sentir jugador toda la vida, hoy pasó casi un año del último partido en Belgrano y siento nostalgia, pero ya no se puede volver atrás.

EM: ¿Pensás en una carrera como técnico en un futuro?

JCO: Soy técnico, me recibí en el año 2013, pero no sé si quiero hacer una carrera de técnico. Es una tarea muy ingrata y difícil la del entrenador, lo que sí sueño es ser director técnico de Belgrano y de Las Palmas. Es un objetivo personal, ocupar ese lugar en los clubes que yo amo. Quizás más adelante me pica el bicho de querer hacer ‘una carrera’ como entrenador, pero en este momento pienso que ya hice un gran esfuerzo por el fútbol y no quiero andar trasladando a mi familia de un lado para el otro por mi trabajo.

Cuando uno es técnico, el trabajo es mucho más discontinuo, no los metería a ellos en esa vorágine. Es una profesión muy castigada y a mí personalmente ese escarnio público no me hace mucho, pero sé que a mis seres queridos les afecta. Un entrenador puede durar en su cargo dos meses en la actualidad. Yo ya no me iría sin mi familia a ningún lado.

Foto: El Milenio. 

Olave entendió el privilegio que sostiene y que sostuvo durante tantos años. Hacer lo que tantos quisieran conlleva una responsabilidad pesada, y Juan Carlos lo hizo a su manera, sin despegar nunca los pies de la tierra. La tribuna lo extraña y él extraña pisar el pasto, caminar los tres palos, surcar el aire en busca de apagar algún grito de gol. El fútbol tiene esas cosas y Olave lo sabe, el tiempo desgasta y la vida útil del jugador es demasiado corta. 

Hace pocos días tuvo su tarde de despedida y fue por los puntos, como se retiran los grandes. El arquero decidió que su última vez sería defendiendo los colores del club de su abuelo, de aquellos que lo vieron crecer. Las Palmas necesitaba los tres puntos en el Federal B y Olave puso el pecho en el equipo donde también juega su hijo. Se fue con el arco en cero y una victoria emocionante.

Dar paso a la leyenda no es nada fácil y el “Juanca” sin embargo lo hace con total naturalidad. Se quita los guantes, y el ex canillita contempla ahora el cuadro del Belgrano del 2011. Le patea un penal a un niño en su escuela de arqueros y se queda contándole algún secreto, de esos que sólo los 500 partidos que lleva en su espalda pueden contar. Las próximas generaciones sabrán que hubo un equipo en Córdoba que puso de rodillas a los grandes de Buenos Aires. Las tribunas del país sabrán que ese equipo tuvo un emblema, y ese emblema fue Juan Carlos Olave.

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