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La literatura como forma de vida

Entrevistamos a una de las grandes narradoras argentinas de la actualidad: la cordobesa María Teresa Andruetto, vecina de Sierras Chicas desde hace más de 20 años.

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(Unquillo) – En un paraje de Cabana, Unquillo, lejos del ruido urbano, vive María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954), escritora de novelas para adultos y cuentos para chicos, ganadora en 2012 del Premio Hans Cristian Andersen, el Nobel de la Literatura Infantil y Juvenil. Hija de un partisano que peleó en la Segunda Guerra Mundial y una madre, que le leía a su hermana y a ella de niñas y que la marcó para seguir la carrera de Letras en la universidad.

Hoy en día se dedica a la escritura de sus novelas, cuentos y cada tanto colabora con artículos de opinión, como el que escribió hace poco para Página/12 por la muerte de su amigo, el genial escritor Andrés Rivera, que nos dejó en diciembre del año pasado.

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Durante casi 30 años, Andruetto se dedicó a la docencia en talleres literarios y deja en claro la importancia que existan maestros y bibliotecarios bien formados, para acercar buenos libros a los potenciales lectores.

Es, además, admiradora de la generación pos Borges, encabezada por Ricardo Piglia, Andrés Rivera,  Juan José Saer, Libertad Demitrópulos, Sara Gallardo, Antonio Di Benedetto, ”el inmenso” Daniel Moyano, Haroldo Conti y  Rodolfo Walsh, entre otros.

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El Milenio: Sé que su padre les leía a usted y a su hermana clásicos de la literatura infantil (Mark Twain, Robert Louis Stevenson) y que usted después se interesó por cuentos policiales y hasta la lectura de diccionarios y enciclopedias.

María Teresa Andruetto: Era mi mamá, sobre todo, la que nos leía. Tanto mi padre como mi madre eran lectores. Pero, mi mamá nos leía mucho a nosotras. Creo que ella leía para ella misma y a la vez a mi hermana y a mí. Mi mamá leía en voz alta y nos tenía en la cama, abrazadas a las dos. Tenía menos de siete años por aquel entonces. Después, empecé a leer yo misma. Fui una lectora prematura.

Leía lo que había. En mi casa había libros, pero no eran específicamente para chicos. En esa época, la categoría literatura infantil no estaba muy difundida. Yo vivía en un pueblo donde no había librerías y casi nunca íbamos a la ciudad. Esta era para nosotros Villa María e íbamos sólo tres veces al año, más o menos. Era una vida muy de pueblo.

En mi casa había muchas enciclopedias y diccionarios, que eran el Google de esa época, digamos. Me gustaba leer y leía todo lo que había.

EM: A lo Borges.

MTA: Sí, claro, pero en otro contexto, de lecturas más refinadas en su caso. Los diccionarios, enciclopedias, manuales de pintura y música universales ocupaban la mayoría de las estanterías de la casa de mi infancia. También había clásicos: Shakespeare, La divina comedia, el Martín Fierro… Leía todo aquello con las limitaciones con las que puede hacerlo una niña.

Luego había muchos libros de cooperativismo, que era el sector donde mi padre trabajaba y varios libros de biografías e historias de santos o personajes históricos. Había algunos libros infantiles, sí, como los de la colección Robin Hood: Emilio Salgari, Stevenson… De Twain recuerdo una edición en rústica de la editorial Tor, que era una editorial de la época de mis padres. Me fascinaron tanto Las aventuras de Tom Sawyer como las de Huckleberry Finn; me parecen, todavía, libros muy reveladores para la infancia y para la vida toda.

El tema de la diversidad humana y la incorporación del otro, el hecho que fuesen, tanto Tom Sawyer como Huckleberry Finn, personajes no adocenados, sino que se ubicaban por fuera de las normas, me encantaba. Estaban vivos, eran muy verdaderos y para mí, en la quizás tediosa vida de pueblo, eran fascinantes.

Después estaba otra vertiente que era la literatura de los inmigrantes italianos: Pinocho, Corazón… También había otra fuente de lectura, menos noble llamémosla, que eran las revistas. Había distintos tipos de revistas: unas provenían de la carnicería; de allí sacaba la revista “Así”, que era una revista de crímenes de la época. A mí me fascinaban la truculencia y el relato de varios crímenes  que tuvieron su eco en aquellos tiempos. Eran cuestiones terribles que hoy serían considerados crímenes de género, femicidios, lo que en aquel momento se consideraban crímenes pasionales.

Todo eso fue cuando era niña. En la adolescencia eso cambió. Antes, yo tenía una lectura indiscriminada, no hacía distingos de calidad entre Dante y los relatores de los asesinatos célebres. Pero, ya cuando entré al secundario, en la biblioteca del colegio encontré la  literatura argentina y allí empecé a leer a Borges, Cortázar, Sábato, Denevi, las Ocampo… Eran los autores que leía en esa época, sin saber mucho sobre ellos, pero sí con la conciencia que eran escritores importantes.

Mi padre era un lector pragmático. Le gustaba leer para saber, algo muy de partisano (risas), mientras que a mi mamá le gustaba la poesía y la ficción. Yo me identificaba mucho con mi mamá y entonces empecé la carrera de Letras. Fue una muy buena elección.

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EM: ¿Cuánto influyó la facultad en su formación como lectora?

MTA: Muchísimo. A los diecisiete años ya estaba dentro del primer año de la carrera, lo cual implicó muchas cosas: salir del pueblo a la ciudad. No te puedo ni empezar a describir lo que era la  Córdoba de por aquel entonces para mí, cuando yo prácticamente sólo conocía la vida de campo. Es muy distinto al cambio de hoy, porque en esa época no había Internet ni salíamos a la ciudad. Yo ingresé en el año ´71 a la universidad y me encontré con toda la efervescencia política y literaria de la época. Leí muchísimo y descubrí millones de autores que no había oído nombrar nunca. La facultad me cambió el modo de leer. Empecé a leer situando los libros en su tradición literaria y en un contexto social y político determinado.

EM: Avancemos de tema: en su literatura de adultos están muy presentes la mujer, la Memoria y la Dictadura. En La mujer en cuestión, Los manchados y Lengua madre están muy marcados estos temas. ¿Por qué los ha elegido?

MTA: Yo creo que ellos me eligieron a mí. Yo tenía 21 años cuando sucedió el golpe de Estado del ´76 y antes estuve en la militancia estudiantil, en el centro de estudiantes de Filosofía, después vinieron los años de exilio interno y más tarde, otros de miseria y dificultad para el trabajo. Todo eso hasta la recuperación democrática en el ´83. Esos años, que son entre mis veinte y treinta, son los años de formación de una persona. Son el tiempo donde uno arma una pareja, es madre, busca un trabajo, lo consigue o no. Son años muy fuertes en la vida de una persona. Estoy muy atravesada por la Dictadura, tengo un marido que estuvo preso, que no era mi marido entonces, sino un amigo. Esa ha sido nuestra época. Entonces, eso aparece en mis libros. No es que haya una voluntad de ponerla en papel. A mí no me interesa la Dictadura ni los jerarcas de la misma, sino lo que está debajo, la cosa más intima, más chica, de los comportamientos sociales de la sociedad con la que sostuvimos la Dictadura. Qué mecanismos hay y hubo entre nosotros que nos hicieron sostener eso.

EM: Casi como una micro-política.

MTA: Exacto. Me interesa mucho la política de lo privado, de lo íntimo y el lugar donde lo primero se junta con lo segundo. Ideológicamente eso me gusta bastante y aparece en mis obras, aunque nunca tenga como un proyecto  previo sobre qué y qué clase de novela voy a escribir. Más bien, aparece una escena y la sigo hasta ver a dónde me lleva. En el caso de la figura de la mujer, sólo puedo decir que yo soy mujer y que tengo conciencia de ciertos condicionamientos de las mujeres.

Ya había rebeldías no concretadas en mi mamá. Pertenezco a una familia donde hubo mujeres fuertes, pobres, que tuvieron que sostener su hogar por enfermedad del marido, por viudez… eran mujeres muy posicionadas. Siempre vi una fuerza muy grande en la mujer, mucho antes que se convirtieran en un asunto más público. Después, he tenido momentos muy difíciles en la vida, sobre todo con cuestiones relacionadas con la salud, la miseria, el criado de niños, las enfermedades y siempre veo que son las mujeres las que están allí, al frente, sosteniendo la situación. Esto no se aplica solamente a las Madres y Abuelas en la lucha por sus hijos y nietos desaparecidos, sino también a las Madres del Paco, las madres de los accidentados, las madres de las chicas abusadas…

EM: Tienen una fortaleza que el hombre no conoce.

MTA: Sí, que aprenden a lo largo de los años. La cuestión de las mujeres aparece en mis obras con una fuerza muy grande. Pero tampoco es nueva. Hace poco, leí un libro de Pascal Quignard que se llama El sexo y el espanto y, entre muchas cosas, aparece una revuelta de matronas en Roma, como 200 años antes de Cristo, que salieron a la calle a luchar por sus  derechos.

EM: Quiero que hablemos sobre literatura cordobesa. Usted es una referente de la misma,  junto con escritoras como Eugenia Almeida, Cristina Bajo y un escritor como Federico Falco.

MTA: Sí, también están Liliana Alardone, Luciano Lamberti y muchos otros, con mayor o menor repercusión.

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EM: ¿Cómo ve a nuestra literatura? ¿Cómo la definiría?

MTA: Espléndida sería la palabra. Obviamente, hay de todo, pero creo que la literatura cordobesa vive un momento muy interesante, con escritores que estamos aquí y otros que están fuera de Córdoba. Antes de que vinieses, vi que Adrián Caetano hará una película sobre “Bajo este sol tremendo” de Carlos Busqued, que si bien es chaqueño de origen, vivió y escribió esa novela aquí. No me olvidaría jamás del Jorge Barón Biza, que es alguien referencial, aunque sea un autor prácticamente de una sola obra (El desierto y su semilla), como lo es también Carlos Busqued.

Después hay otros, de distintas estéticas. A mí me gusta mucho la obra de Augusto Porporato, que no es tan conocido, o, más bien, recién empieza a serlo. Después, en otra línea, están Sergio Galtieri, Martín Cristal y Flavio Lo Presti. Son distintos estilos y hablamos nada más de narrativa, sin entrar en la poesía y el ensayo. Para sintetizarlo: es cierto que algunos tenemos una repercusión más por fuera de Córdoba o Argentina que otros, pero una cosa es la repercusión y otra la obra. La primera puede depender del bombo editorial, de las posibilidades de trasladarte a otros lugares o algún premio como fue mi caso y es lo que me colocó por fuera de la provincia, pero puede no estar y la obra ser muy, muy interesante. Está el caso de Antonio Di Benedetto para ilustrarlo: él tenía en los 70 la misma obra que hoy entra con una repercusión nacional e internacional enorme, pero en esa época no lo leían más que los propios mendocinos y algún otro lector perdido por ahí.

Esto me interesa que lo pongas en escrito: a la literatura cordobesa la veo en un momento en que está muy fuerte y es muy interesante y que eso tampoco vino porque sí. Se dio porque hay un crecimiento editorial importante, en la narrativa sobre todo.

La literatura es una forma de arte que necesita de la industria editorial, y la narrativa, entre todas las formas de literatura, lo necesita más todavía. Hoy en día hay más de 50 editoriales en Córdoba. El crecimiento de esta industria editorial alternativa, permitió y permite el crecimiento y sostén de la literatura  cordobesa. También creo que ha sido muy importante, en la construcción de los escritores de hoy, la existencia de talleres y talleristas. No solamente porque por allí transitaron mucho las obras cordobesas, lo cual abre el camino a lecturas y demás, sino porque en esos espacios se contribuyó a construir un lector de la literatura de Córdoba.

EM: Le pregunto por uno de estos nuevos escritores cordobeses. Él mismo se definió como un outsider de las letras modernas cordobesas y argentinas y la vida en torno a ellas. Hablo de Hernán Lanvers, el autor de la saga África. ¿Qué le parece como escritor?

MTA: Es un bestseller, pero no es la literatura que a mí me interesa como lectora. Digamos, en el mundo de los libros- que es distinto al de la Literatura con mayúsculas- hay ficciones y géneros más estereotipados, hay ficciones que parecen libros de autoayuda y hay un núcleo que apunta más a lo que consideramos  propiamente literario. ¿Qué es eso? Es una zona donde la palabra se pone en cuestión y donde  transita más fuertemente la ambigüedad. Además, es una zona donde es más difícil tener muchos lectores. Es una construcción más lenta. Pero quiero aclarar esto: no cualquiera puede escribir un libro que sea un bestseller.

EM: Creo que usted misma lo dijo hace poco a los ingresantes de la Facultad de Letras.

MTA: Sí, estuvimos con Flavio Lo Presti. Uno puede decir que es muy fácil hacer algo que sea leído por la mayoría de la gente, pero no cualquiera puede hacerlo. Creo que para que eso funcione, él o la que escribe ese tipo de libros tiene que estar convencido de lo que escribe y no hacerlo sólo para vender, además, que debe de tener un arsenal de recursos para poder llevarlo a cabo.

Lanvers sí sería un outsider de lo que uno considera más propiamente literario, pero más outsiders son los escritores de este mundo más literario con respecto a las ventas, que es una zona donde Lanvers ocupa un lugar más central. Las editoriales saben muy bien lo que hacen: yo estoy en el mismo grupo editorial que Lanvers, pero mis obras están en un subsello diferente al suyo. Hay estrategias y lugares de promoción distintos. Así es el mundo del libro. Lo que pasa es que los libros son el soporte de una forma de arte con la palabra que denominamos literatura y a la vez es una mercancía y soporte de otros tipos de texto. La misma novela de Lanvers es una mercancía: tiene que ser vendida, promocionada. Así, el libro tiene esa ambigüedad como objeto.

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EM: Tengo muchas ganas de discutir lo siguiente con usted: a título personal, pienso que el disfrute que se da con obras de literatura como Ficciones o El Aleph de Borges es más intelectual que el que se da con una obra de un bestseller como Stephen King, que es más emocional. ¿Así también lo ve usted?

MTA: Primero que nada, me saco bastante el sombrero ante Stephen King. En él hay un bestseller, pero hay una escritura y un mundo creado muy, muy interesantes, cosa que no es muy común en todos los bestsellers. Por eso: no es que ser bestseller sea un pecado, hay que diferenciar esto también. A veces, los libros se vuelven muy vendidos por circunstancias externas al mismo. No haría una comparación de “porque se vende poco es bueno y porque se vende mucho es malo”. El tema es más complejo.

En respuesta a tu pregunta: allí entramos en otra cosa. Primero, no creo que Borges sea solo intelectual, a mí también me emocionan muchos momentos de su literatura. Como Piglia y Rivera, también él es un escritor que he leído de arriba abajo mil veces, desde que empecé a leerlo en mi adolescencia. Después lo leí de diferentes maneras e hice seminarios en la universidad donde lo leí con mucha profundidad, hice algún trabajo sobre su obra y después lo he releído toda mi vida. Incluso en el año ´76, en el cual yo hice una suerte de exilo interno al irme al sur, como no me podía llevar tantas cosas, me llevé la edición verde que sacó Emecé de sus obras completas, que me regalaron mis compañeras, de una casa en donde vivíamos veinticuatro mujeres.

Así que, en el ´76, casi te diría que sólo leí y releí ese libro de Borges que eran sus obras completas hasta esa fecha, porque él estaba vivo todavía. Hay cuentos de él que he leído muchísimas veces, para enseñarlos, para aprender yo misma cómo se construían los cuentos. No es para mí un escritor sólo cerebral y es más: creo que no hay intelecto puro y que no hay emoción que no contenga algo de intelecto.

Cada escritor es una combinación distinta de esos elementos. A mí me gustan autores de una y otra manera: unos muy viscerales y otros más racionales. Además, una tercera cosa para complejizar: lo intelectual también emociona. El saber de un texto filosófico me emociona en mi caso: ver la pasión puesta allí, en el pensamiento, verla en la racionalidad es emocionante.

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