“En el arte hay que buscar lo que te satisfaga”

Periodista, crítico de cine, docente y ensayista son algunos de los títulos que definen a Enrique Lacolla, uno de los intelectuales más destacados de nuestra provincia. Cafés y libros mediante, en esta charla hablamos con él sobre dos de sus temas preferidos: el cine y la literatura. Lev Tolstoi, Thomas Mann, Luchino Visconti y hasta Quentin Tarantino dicen presente en sus palabras.


Por Mirco Sartore | periodico@elmilenio.info

No se apura para hablar, camina tranquilo y mira directo a los ojos. La vida de los periodistas es siempre alborotada y casi nunca hay tiempo, pero eso ya no le pasa a Enrique Lacolla (Buenos Aires, 1935).  A lo a largo de 81 años cumplió los servicios de periodista, escritor, crítico de cine, y docente. Es uno de los intelectuales más reconocidos de Córdoba y durante 33 años formó parte del staff de La Voz del Interior, hasta que en 2008, en el marco del conflicto del campo, el diario decidió recortar drásticamente sus colaboraciones, imponiéndole además restricciones de opinión, lo que lo determinó a cortar sus relaciones con el medio. Pero esto no signó la fecha de caducidad de su carrera, sino un nuevo comienzo con el blog Perspectivas, en donde analiza la actualidad política y económica argentina y latinoamericana y, cada tanto, se da el lujo de pasearse con su otro amor: el cine.

En el living de su casa y resguardada por sus fotos de sus viajes a París y Praga (“Desde 2001 no viajo debido al corralito primero y luego al peso de los años”) está la biblioteca principal de Lacolla. Allí están las novelas, obras de teatro y libros de cuentos que leyó durante tantos años y que todavía son una de sus pasiones.  En un rápido vistazo vislumbro a Henry James, Marcel Proust (los siete tomos de En busca del tiempo perdido comprimidos en dos con una letra pequeñísima), André Gide, Jean Paul Sartre y Simone de Beavouir, los cuentos y las obras de teatro de Chejov, Philip Roth, los dos volúmenes de Vida y Destino de Vasilli Grossman, Los desnudos y los muertos de Norman Mailer, Plataforma y Sumisión del controvertido Michel Houllebecq y, por supuesto, Tolstoi y Thomas Mann.

“Soy un lector entusiasta de ambos. A Tolstoi empecé a leerlo a los diez años u once años  (las escenas  de guerra, sobre todo), y lo retomé al final de la adolescencia, con arrobamiento… Con Mann me pasó algo diferente: intenté leer La Montaña Mágica a los 22 o 23 años y lo terminé con esfuerzo, por deber, sin que me atrapase. Luego lo retomé a  los treinta, lo terminé y me deslumbró.  La vida tiene sus cosas y hay libros adecuados para cada momento”.

Periódico El Milenio: En su biblioteca tiene los dos tomos de Vida y Destino de Vasili Grossman, que muchos han dicho que es el Guerra y Paz moderno.

Enrique Lacolla: Cada vez que sale un nuevo libro sobre la guerra lo comparan con la obra de Tolstoi. Nadie hasta hoy ha podido superar las alturas a las que él llegó, y es posible que no se lo consiga nunca a menos que volvamos a una percepción épica del mundo que nos rodea. Cosa difícil en estos momentos.

EM: ¿Cuántos libros tiene?

EL: Nunca los he contado. Debo tener 2000 libros en toda mi casa. Se leía mucho más cuando yo era chico, ya que no había televisión.

La foto de Lacolla en San Petersburgo con el acorazado Aurora de fondo parece dar la bienvenida a su estudio. Allí están los ensayos políticos que rodean su escritorio con su computadora. También aparecen  El Canon Occidental  de Harold Bloom, el propio libro de Lacolla sobre la Primera Guerra Mundial (La Fractura) y sus ensayos sobre cine. Sobre el escritorio está el último libro del periodista español Ignacio Ramonet (el director del Le Monde Diplomantique desde 1991 hasta 2008) El imperio de la vigilancia, donde el ensayista de izquierda da claves de cómo Internet se ha convertido en el medio de espionaje más potente que jamás haya existido.  En la pared, hay una reproducción en pequeña escala de Los fusilamientos del tres de mayo, de Goya:

Mi nieto de cuatro años me pregunta si de verdad a esos personajes los están matando y por qué lo hacen-dice con una sonrisa el periodista.

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Ese entretenimiento llamado Cine

EM: Lacolla, usted habla de dictadura de la obra maestra cuando se traslada una gran obra de la Literatura al Cine.

EL: Me parece que una gran obra representa un desafío, que es un factor intimidante para una persona que quiere llevarla a un nuevo lenguaje, en especial si tiene por ella un gran respeto. Para trasladarla, casi sería mejor que careciera de ese respeto y que se manejase con mayor libertad. Pero es muy difícil. Las obras de Tolstoi, por ejemplo, son casi imposibles de llevar al cine: es un tipo de narrativa clásica, que si bien se puede abordar de buena manera, como hizo Bondarchuck, es un material demasiado abundante y complejo para tratarlo en un largometraje por largo que este sea. En cambio, realizadores que se aproximan con un postura menos reverente a la obra maestra, quizá puedan dar una versión menos fiel a su forma pero más libre para conquistar su esencia. Es el caso de Joe Wright en su versión de Anna Karenina. Otra gran novela que me pareció magníficamente llevada al cine y creo que inclusive su historia fue narrada de un modo más arrollador que en el original es El Gatopardo de Luchino Visconti, que toma la novela de Lampedusa y la sintetiza de una manera magistral, dejando lo esencial, dándole una intensidad simbólica que la novela no alcanza. En este sentido el final de que le da  Visconti es absolutamente deslumbrante.

EM: Pero, en general, en una traducción lineal la obra literaria siempre pierde algo.

EL: Depende. En el caso de la película de Visconti, no. Pero es una de las poquísimas excepciones que hay en ese sentido. Quizás más manejables son las adaptaciones de cuentos, que son historias más breves que pueden ser resueltas  con mayor solvencia en un espacio de tiempo limitado como lo es un largometraje. Es el caso de La dama del perrito, de Yuri Jeifitz, que adapta el cuento de Chejov, es una reversión cinematográfica perfecta del estilo del cuento original. Tiene una poesía, un uso de la música y de los silencios que es sensacional que se equiparan a la esencia de Chéjov.

EM: El cuento fue mejorado por el lenguaje cinematográfico.

EL: No diría que hubo una mejora. Lo que pasa es que la imagen y la música hablan más directa e inmediatamente al alma que la prosa. Hay intimidad más que reverencia respecto a Chéjov en la película de Jeifitz.

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EM: En una entrevista, el escritor Alan Moore decía que hay formas de arte superiores a otras. Para él, el teatro, la literatura, el comic, eran superiores al cine. Como crítico dedicado más al cine que a otras disciplinas artísticas, ¿tiene una opinión similar usted?

EL: Las grandes artes-literatura, pintura, escultura, teatro, cine- se equiparan, no es que una disciplina sea mejor que las otras, sino que es cuestión de vocación, sensibilidad y gustos. Se pueden conseguir grandes obras en cualquiera de ellas.

EM: En un artículo de su blog de hace un año, usted hablaba de que el cine estadounidense se ha convertido en un apéndice de la CIA y citaba los casos de El Francotirador de Clint Eastwood y Argo de Ben Affleck. ¿Cuál es el estado del cine con marca de autor en aquel país?

EL: Se mantiene vivo, lo cual es un reflejo de los elementos vitales que subsisten en la sociedad norteamericana, aunque están abrumados por la presencia masiva de la industria cultural. Esta sin embargo cada tanto deja pasar contribuciones interesantes, como es el caso de algunas series televisivas. Pero, en términos generales, se trata de una producción adocenada, orientada ideológicamente y embrutecedora. Pero la autoría subsiste, inclusive en el caso de un tipo como Clint Eastwood que participa de una visión de mundo que a mí no me gusta porque es asimilable a la visión convencional que tienen los norteamericanos respecto a sí mismos. De todos modos, por esto mismo y por la sinceridad y el vigor narrativo de Eastwood  aflora en sus películas una capacidad de crítica que en Million Dolar Baby, por ejemplo, excede los parámetros planteados por la industria. Pero una película como El francotirador a mí me resultó simplemente insoportable.

EM: ¿Y por qué cree que un cineasta como Eastwood que es capaz de hacer obras como Mystic River o Gran Torino llega a hacer obras como El Francotirador? ¿Es una imposición de Hollywood?

EL: No, es algo que está en su propia naturaleza. Nada más que eso.

EM: ¿Se ha alejado Lacolla del cine actual?

EL: No tengo un seguimiento sistemático como lo hacía antes, obligado por motivos laborales. Pero frecuento el cine actual. Me interesa Tarantino, me gusta Eastwood. De los europeos no recuerdo figuras que me atraigan actualmente.

EM: ¿Cuáles son sus referencias cinematográficas?

EL: Visconti sin sombra de duda. También Federico Fellini, Ingmar Bergman, Orson Welles, muchos de los cineastas de la serie negra estadounidense-los neorrealistas italianos, Andrzej Wajda, entre los europeos orientales,  y sin duda Kurosawa. Por supuesto que no me estoy remitiendo al pasado más o menos remoto, no me remito a Eisenstein, Kuleshov, Pudovkin o Vértoff ; estoy hablando de la época posterior a la  Segunda Guerra Mundial.

EM: ¿Cuándo fue la primera vez que entró a una sala de cine?

EL: Si no me falla la memora, fue con mi padre cuando él me llevó a ver Sueño de una noche de verano, una adaptación de la obra de Shakespeare. Yo debía tener más o menos tres años y me llevó a verla en Tres Arroyos, la ciudad donde nací. Mi recuerdo se limita a unas imágenes de  un blanco y negro muy rico y al duende que interpretaba Mickey Rooney. Después en Buenos Aires no iba mucho al cine, no me dejaban ir solo, y eso me generó un apetito que después traté de saciar viendo indiscriminadamente cine en cuanta ocasión tenía.

EM: ¿Siempre cine estadounidense?

EL: Cine europeo también. Cuando vi por primera vez a los neorrealistas italianos me parecieron maravillosos. También veía a los franceses. Pero cine norteamericano sin duda. Hablando de esto me acuerdo de títulos al azar como Gun Crazy  de Joseph H. Lewis, una película estupenda, intrincada y feroz para su tiempo.

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EM: ¿Cuándo comenzó a ver el cine como arte? ¿Cuándo dejó de ser sólo entretenimiento para usted?

EL: Para mí siempre fue entretenimiento. La literatura y el cine siempre fueron entretenimientos. No se trataba que fuera arte y que lo asumiera con el sentido de un deber intelectual. Yo lo asumía todo como entretenimiento, que me llegaba en menor o mayor medida. Cuando comencé a tomar conciencia de la singularidad de cada obra habré tenido quince, dieciséis años.

EM: Me interesa que diga que el cine y la literatura siempre fueron entretenimiento, primero que nada. Hay que entrar al arte sin una actitud reverencial, entonces.

EL: En el arte hay que buscar lo que te satisfaga. El arte tiene que ser entretenimiento.

EM: Volvamos atrás. Me dijo que le gusta Tarantino. ¿Qué sintió al ver por primera vez un cine como el suyo?

EL: Lo vi por primera vez en Resevoir Dogs. Me pareció una cosa feroz. Después ha visto con placer a casi todo su cine. En especial Bastardos sin gloria y Django. Tarantino es legítimo en la medida que expresa a la sociedad norteamericana expresada en su propia clave y con un talento narrativo descomunal. En Bastardos sin gloria eso se da con el personaje de Brad Pitt, pero la película también ensaya una desmitificación de los estereotipos de la Segunda Guerra Mundial, perceptible a través del personaje del coronel Hans Landa, deliciosamente interpretado por  Christoph Waltz.

EM: Hablamos de Taratino y de Eastwood. Cineastas autores. ¿Qué es lo más importante para un cineasta? ¿Qué lo hace especial?

EL: En primer lugar tiene que tener un sólido dominio de la técnica. Después debe tener una gran comprensión de la psicología de sus personajes y una gran habilidad para manejar a los actores. Por último, tiene que tener lo que identificque como un creador original: un mundo propio, algo que está vinculado a un determinado tipo de vivencias y al cual él se ocupa de desarrollar desde diversos ángulos.

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