Reminiscencias del pasado

Con su estilo arábigo-español, el Castillo Monserrat, ubicado en la ciudad de Unquillo, representa una de las joyas arquitectónicas más importantes de la región. A continuación un recorrido desde la historia y el presente, de la mano de Carlos Merino, actual dueño de la casona.

El imponente frente del castillo cuenta con tres pisos a los que se suman las torres.
El imponente frente del castillo cuenta con tres pisos a los que se suman las torres. Ph. Lucia Arguello | luciaarguello@elmilenio.info

Por Ignacio Parisi ECI-UNC | ignacioparisi@elmilenio.info 

Caminando por las verdes calles que todavía se encuentran en Unquillo, podemos vislumbrar como escondido un pedazo de la historia incrustado en las Sierras Chicas, como una ventana al pasado. Se trata del Castillo Monserrat, obra de la arquitectura del siglo XX, construido entre 1920 y 1930.

Desde afuera, de las altas rejas negras que lo separan de la calle, ya se deja entrever una estructura que escapa a cualquier parámetro con su imponencia. Por el portón aparece Carlos Merino, quien es en realidad mucho más que el actual dueño del castillo. En la larga y empinada caminata que separa la entrada de la puerta que ingresa a la casa y el salón principal, ya aparecen algunas piezas de este rompecabezas cultural plagado de figuras indescifrables.

Alrededor, un vasto paisaje en donde asoma a lo alto la caballeriza, desde allí se puede ver el Terrón, y gran parte de las Sierras Chicas, pero sí de paisaje se trata se vuelve difícil elegir sólo uno. La vista desde la enorme terraza del castillo vuelve a todo lo que lo rodea pequeño, el aire se cuela entre las columnas de una torre ubicada en una de las esquinas de la terraza.

“Cuando llegamos nosotros, es decir mi esposa y yo, estaba todo abandonado, todo a oscuras. Una vez que la adquirimos empezamos a buscar antecedentes de la casa. Quien tuvo la idea, el señor Monserrat, mandó a construir este lugar entre el 20 y el 30. Fue una persona de negocios que comercializaba con Europa; él tenía un banco, con una central en Rosario. En esa época la aristocracia de Buenos Aires y Rosario acostumbraba venir a veranear a esta zona, y con ese fin construían estas casonas”, asegura Merino.

El castillo está inspirado en algunas de las más lujosas casonas del sur de España, Andalucía, y más precisamente Sevilla; con su estilo moro dibujado en cada uno de los detalles que lo componen.

Ph. Lucia Arguello
Ph. Lucia Arguello

El hall central se alza enorme en el corazón del castillo, con aberturas gigantes y techos altísimos que pasan a un segundo plano ante los fantásticos vitrales que aparecen como ventanas. En los mismos se pueden apreciar dibujos con citas que van desde el ángel San Miguel y los escritos del apocalipsis, hasta otros con mensajes del Martín Fierro.

En el piso y en las puertas se pueden apreciar distintos escudos en representación de las grandes familias de España y al final del salón principal un excepcional vitral que muestra algún paisaje andaluz.

Uno de los vitrales más fascinantes se encuentra al final del salón principal.
Uno de los vitrales más fascinantes se encuentra al final del salón principal. Ph. Lucia Arguello | luciaarguello@elmilenio.info

“Esto es una mezcla, acá hay vitrales que no tienen tanto que ver con la cultura árabe sino con la francesa. Se mezclaron estilos y se utilizó casi en la totalidad de lo que termina siendo la parte final decorativa, productos de distintos países de Europa”, indica el actual dueño. No existen referencias de quién fue el arquitecto, pero si los registros estiman que llevó alrededor de 10 años construirlo, se puede entender la duración por la complejidad de la obra. Cada uno de los pisos está diseñado para cada espacio particular de la casa, y cada uno de los simétricos dibujos se encuentran en perfecta consonancia con el resto, tomando como premisa que el todo es siempre más que la suma de las partes.

“Esto está pensado como una totalidad, no hay nada librado al azar, ni nada que haya sido agregado de manera espontánea. Hay muchos trabajos de hierro forjado, piezas elaboradas con técnicas antiguas. A veces nos cuesta valorar lo artesanal, y aquí hay mucho de eso, técnicas que se han ido perdiendo, todas las piezas que están unidas a calor de fragua, son detalles que ya no existen en la actualidad”, expresa Merino.

Las versiones del porqué de la construcción siguen rondando sin poder ser confirmadas. Mientras algunos creen que el motivo del misterioso Monserrat estuvo relacionado con una posible enfermedad respiratoria de su hija,  que se veía favorecida por el clima de la zona,  otros sostienen que la razón para semejante emprendimiento fue una mujer francesa, amante de Monserrat. A esto Merino agrega: “Las historias indican que él falleció y luego se suscitaron muchos problemas porque esta amante francesa se vino a vivir con el padre y aparecieron conflictos con los herederos”. La realidad marca que no existen demasiados registros de la época que ayuden a reconstruir de manera exacta lo sucedido.

Guardián de la historia

Carlos Merino no es solamente el dueño de este hermoso castillo, es -junto a su esposa- probablemente la persona que durante más tiempo vivió en este extraño y bello espacio. “Cuando vine en el año 2000 era una cosa misteriosa, uno vuelve de alguna manera a cuando era chico y se preguntaba cómo sería vivir en un castillo. Había murciélagos, había de todo, afortunadamente lo que es la casa principal no fue víctima del vandalismo como si quizás, las dependencias exteriores como la casa del personal que cuida el parque o incluso el caso de otras casonas de la zona que han sido devastadas. Nos vinimos un tiempo después, un verano que nos quedamos acá”.

“Acá siempre descubro algo, cuando pienso que conozco todo me encuentro con algo nuevo”, afirmó Carlos Merino, habitante del castillo.
“Acá siempre descubro algo, cuando pienso que conozco todo me encuentro con algo nuevo”, afirmó Carlos Merino, habitante del castillo.

Merino junto con su esposa le han brindado al castillo algo así como una segunda vida, realizando un enorme trabajo de restauración en cada rincón, no sólo del castillo en sí, sino de todo un inmenso terreno en el que abundan los árboles y las plantas autóctonas, dándole una plenitud notable al ambiente. “Lo que  más me gusta de este lugar es la variedad, no sólo del castillo sino el afuera, yo amo mucho la naturaleza y acá la disfruto. Siempre cambiante, nunca está igual. Acá nosotros le damos valor a nuestra vegetación, le damos tanta importancia a eso como al castillo”, asegura sonriente Merino.

En cuanto a la experiencia de habitar un lugar que por momentos parece tan alejado del presente y la realidad, Merino explica que el hecho de trabajar tanto en el mantenimiento lo hizo recorrer cada recoveco del castillo y familiarizarse con cada detalle. “Al principio es raro, el tema de los ruidos, saber qué pasa en cada lugar, recorrerla. Hay una acústica muy distinta a todo, y  tiene muchas cosas para ver. Siempre me preguntan por los fantasmas, y yo digo que si hay no los veo, porque ya me acostumbré a todo”, bromea.

Más de 15 años lleva su familia habitando un espacio que tiene mucho más para contar que lo que se puede apreciar a simple vista. “Acá siempre descubrís algo, cuando uno piensa que ya sabe todo se encuentra con algo nuevo. Uno no es un experto pero va aprendiendo, según la manera en la que están forjadas las cosas te dan pistas, indicios de cuando fueron hechos”, concluye Merino. A veces hay que viajar miles de kilómetros para conocer la historia, y a veces la historia está a la vuelta de la esquina.

Recorré el castillo a través de la siguiente galería | 

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